jueves, 10 de marzo de 2016

Operación Masacre-selección (Rodolfo Walsh)


Agrega el declarante que la comisión encomendada
era terriblemente ingrata para el que habla, pues salía de
todas las funciones específicas de la policía.

COMISARIO INSPECTOR
RODOLFO RODRÍGUEZ MORENO


PRÓLOGO

La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se habla­ba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana.

En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorpren­dido una medianoche el cercano tiroteo con que empezó el asalto al comando de la segunda división y al departamento de policía, en la fracasada revolución de Valle. Recuerdo có­mo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué feste­jo era ése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo, y cuan­do entré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revo­lución o no, a él no le iban a quitar el arma, que era un nota­ble Mauser del año 1901.

Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante debía es­tar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos ho­ras más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me po­nía nervioso, y esa noche más que otras. Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estába­mos en mi casa. Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía.
Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: “Viva la patria” sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”.

Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido eje­cutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?

Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela “seria” que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es perio­dismo. La violencia me ha salpicado las paredes, en las ven­tanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba.

Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
–Hay un fusilado que vive.

No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia di­fusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pi­do hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.
Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuan­do oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.
Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto.

Así nace aquella investigación, este libro. La larga noche del 9 de junio vuelve sobre mí, por segunda vez me saca de “las suaves, tranquilas estaciones”. Ahora, durante casi un año no pensaré en otra cosa, abandonaré mi casa y mi traba­jo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, du­rante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, lleva­ré conmigo un revólver, y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente: Livraga bañado en sangre caminando por aquel interminable callejón por donde salió de la muerte, y el otro que se salvó con él disparando por el campo entre las balas, y los que se salvaron sin que él supie­ra, y los que no se salvaron.

Porque lo que sabe Livraga es que eran unos cuantos y los llevaron a fusilar, que eran como diez y los llevaron, y que él y Giunta estaban vivos. Ésa es la historia que le oigo repetir ante el juez, una mañana en que soy el primo de Livraga y por eso puedo entrar en el despacho del juez, donde todo res­pira discreción y escepticismo, donde el relato suena un po­co más absurdo, un grado más tropical, y veo que el juez duda, hasta que la voz de Livraga trepa esa ardua colina detrás de la cual sólo queda el llanto, y hace ademán de desnudarse para que le vean el otro balazo. Entonces estamos todos aver­gonzados, me parece que el juez se conmueve y a mí vuelve a conmoverme la desgracia de mi primo.

Ésa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, pa­ra que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterar­se. Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de repor­teros y fotógrafos como en las películas. En cambio se en­cuentra con un multitudinario esquive de bulto.
Es cosa de reírse, a doce años de distancia porque se pue­den revisar las colecciones de los diarios, y esta historia no existió ni existe.

Así que ambulo por suburbios cada vez más remotos del periodismo, hasta que al fin recalo en un sótano de Leandro Alem donde se hace una hojita gremial, y encuentro un hom­bre que se anima. Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de película. Y la historia sale, es un tremolar de hojitas amarillas en los kioscos, sale sin firma, mal diagramada, con los títulos cambiados, pero sale. La miro con cariño mientras se esfuma en diez millares de manos anónimas.

Pero he tenido más suerte todavía. Desde el principio es­tá conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enri­queta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo “hice”, “fui”, “descubrí”, debe en­tenderse “hicimos”, “fuimos”, “descubrimos”. Algunas cosas importantes las consiguió ella sola, como los testimonios de los exiliados Troxler, Benavídez, Gavino. En esa época el mundo no se me presentaba como una serie ordenada de ga­rantías y seguridades, sino más bien como todo lo contrario. En Enriqueta Muñiz encontré esa seguridad, valor, inteligen­cia que me parecían tan rarificados a mi alrededor.

Así que una tarde tomamos el tren a José León Suárez, llevamos una cámara y un pianito a lápiz que nos ha hecho Livraga, un minucioso plano de colectivero con las rutas y los pasos a nivel, una arboleda marcada y una (x), que es donde fue la cosa. Caminamos como ocho cuadras por un ca­mino pavimentado, en el atardecer, divisamos esa alta y obscura hilera de eucaliptos que al ejecutor Rodríguez Moreno le pareció “un lugar adecuado al efecto”, o sea al efecto de tronarlos, y nos encontramos frente a un mar de latas y espe­jismos. No es el menor de esos espejismos la idea de que un lugar así no puede estar tan tranquilo, tan silencioso y olvi­dado bajo el sol que se va a poner, sin que nadie vigile la his­toria prisionera en la basura cortada por la falsa marea de me­tales muertos que brillan reflexivamente. Pero Enriqueta dice “Aquí fue” y se sienta en la tierra con naturalidad para que le saque una foto de picnic, porque en ese momento pasa por el camino un hombre alto y sombrío con un perro grande y sombrío. No sé por qué uno ve esas cosas. Pero aquí fue, y el relato de Livraga corre ahora con más fuerza, aquí el cami­no, allá la zanja y por todas partes el basural y la noche.

Al día siguiente vamos a ver al otro que se salvó, Miguel Ángel Giunta, que nos recibe con un portazo en las narices, no nos cree cuando le anunciamos que somos periodistas, nos pide credenciales que no tenemos, y no sé qué le deci­mos, a través de la mirilla, qué promesa de silencio, qué clave oculta, para que vaya abriendo la puerta de a poco, y va­ya saliendo, cosa que le lleva como media hora, y hable, que le lleva mucho más.
Es matador escuchar a Giunta, porque uno tiene la sensa­ción de estar viendo una película que, desde que se rodó aquella noche, gira y gira dentro de su cabeza, sin poder pa­rar nunca. Están todos los detallecitos, las caras, los focos, el campo, los menudos ruidos, el frío y el calor, la escapada en­tre las latas, y el olor a pólvora y a pánico, y uno piensa que cuando termine va a empezar de nuevo, como es seguro que empieza dentro de su cabeza ese continuado eterno, “Así me fusilaron”. Pero lo que más aflige es la ofensa que el hombre lleva adentro, cómo está lastimado por ese error que come­tieron con él, que es un hombre decente y ni siquiera fue pe­ronista, “y todo el mundo le puede decir quién soy yo”. Aun­que eso ya no es seguro, porque hay dos Giuntas, éste que habla torrencialmente mientras se pasa la gran película, y otro que a veces se distrae y consigue sonreír y hacer un chis­te como antes.

Parece que aquí va terminar el caso, porque no hay más que contar. Dos sobrevivientes, y los demás están muertos. Uno puede publicar el reportaje a Giunta y volver a aquella partida que dejó suspendida en el café hace un mes. Pero no termina. A último momento Giunta se acuerda de una creen­cia que él tiene, no de algo que sabe, sino de algo que ha ima­ginado o que oyó murmurar, y es que hay un tercer hombre que se salvó.
Entretanto la gran divinidad de la picana y sus metralletas empieza a tronar desde La Plata. La hojita del reportaje flota en los pasillos de la Jefatura de Policía, y el teniente coronel Fernández Suárez quiere saber qué bochinche es ése. El re­portaje no estaba firmado, pero al pie de los originales figu­raban mis iniciales. En el diarito trabajaba un periodista con las mismas iniciales, aunque a él le tocaron en otro orden: J. W. R. Una madrugada se despierta para contemplar una inte­resante concentración de fusiles y otros implementos silogís­ticos, y su espíritu experimenta esa gran emoción previa a una verdad por revelarse. Lo sacan en calzoncillos y lo tras­ladan en un vuelo a La Plata y a la Jefatura, lo sientan en un sillón y enfrente está sentado el teniente coronel, que le dice, “Y ahora por favor, hágame un reportaje a mí. El periodista aclara que no es a él a quien corresponden esos honores, mien­tras por lo bajo se acuerda de mi madre.

La rueda sigue girando, hay que ir por esos andurriales en busca del tercer hombre, Horacio di Chiano, que se ha vuel­to lombriz y vive bajo tierra. Parece que ya nos conocen en muchas partes, los chicos por lo menos nos siguen, y un día una nena nos para en la calle.
–El señor que ustedes buscan –nos dice–, está en su casa. Les van a decir que no está, pero está.
–¿Y vos sabes por qué venimos?
–Sí, yo sé todo.
Bueno, Casandra.
Nos dicen que no está, pero está, y hay que ir venciendo las barreras protectoras, las cautelosas deidades que custo­dian a un enterrado vivo, esta pared, esta cara que niega y desconfía. Se pasa del sol de la calle a la sombra del porch, se pide un vaso de agua y se está adentro, en la obscuridad, se pronuncian palabras-ganzúa, hasta que la más oxidada del manojo funciona, y don Horacio di Chiano sube la es­calera tomado de la mano de su mujer, que lo trae como un chico.
Así que son tres.
Al día siguiente llega al periódico una carta anónima y di­ce que “lograron fugar: Livraga, Giunta y el ex suboficial Gavino”.
Así que son cuatro. Y Gavino, dice la carta, “pudo meter­se en la embajada de Bolivia y asilarse a aquel país”.
En la embajada de Bolivia no encuentro pues a Gavino, pero encuentro a su amigo Torres, que sonríe, cuenta con los dedos, me dice: “Le faltan dos”, y me habla de Troxler y Benavídez.
Así que son seis.
Y ya que estamos, ¿no serán siete? Puede ser, me dice To­rres, porque había un sargento, con un apellido muy común, algo así, como García o Rodríguez, y nadie sabe qué ha sido de él.
A los dos o tres días vuelvo a ver a Torres y le disparo a quemarropa:
–Rogelio Díaz.
Se le ilumina la cara.
–¿Cómo hizo?
Ya no recuerdo cómo hice. Pero son siete.
Entonces puedo sentarme, porque ya he hablado con so­brevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados, pró­fugos, delatores presuntos, héroes anónimos. En el mes de mayo, tengo escrita la mitad de este libro. Otra vez el pa­seo en busca de alguien que lo publique. Por esa época los hermanos Jacovella han sacado una revista. Hablo con Bru­no, después con Tulio. Tulio Jacovella lee el manuscrito, y se ríe, no del manuscrito, sino del lío en que se va a meter, y se mete.

Lo demás es el relato que sigue. Se publicó en “Mayoría”, de mayo a julio de 1957. Después hubo apéndices, corola­rios, desmentidas y réplicas, que prolongaron esa campaña hasta abril de 1958. Los he suprimido, así como parte de la evidencia que usé entonces y que reemplazo aquí por otra más categórica. Frente a esta nueva evidencia, creo que la polémica queda descartada.

Agradecimientos: al doctor Jorge Doglia, ex jefe de la di­visión judicial de la policía de la provincia, exonerado por sus denuncias sobre este caso; al doctor Máximo von Kotsch, abogado de Juan C. Livraga y Miguel Giunta; a Leónidas Barletta, director del periódico “Propósitos”, donde se publi­có la denuncia inicial de Livraga; al doctor Cerruti Costa, di­rector del desaparecido periódico “Revolución Nacional”, donde aparecieron los primeros reportajes sobre este caso; a Bruno y Tulio Jacovella; al doctor Marcelo Sánchez Sorondo, que publicó la primera edición en libro de este relato; a Edmundo A. Suárez, exonerado de Radio del Estado por dar­me una fotocopia del libro de locutores de esa emisora, que probaba la hora exacta en que se promulgó la ley marcial; al ex terrorista llamado “Marcelo”, que se arriesgó a traerme in­formación, y poco después fue atrozmente picaneado; al in­formante anónimo que firmaba “Atilas”; a la anónima Casandra, que sabía todo; a Horacio Manigua, que me dio albergue; a los familiares de las víctimas.



PRIMERA PARTE: LAS PERSONAS




1.         CARRANZA

Nicolás Carranza no era un hombre feliz, esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de en­trar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba, y en la tumba de Nicolás Carran­za ya está reseca la tierra.
Por un momento, sin embargo, pudo olvidar sus preocu­paciones. Tras el azorado silencio inicial, un coro de voces chillonas se alzó para recibirlo. Seis hijos tenía Nicolás Ca­rranza. Los más pequeños se habrán prendido a sus rodillas. La mayor, Elena, habrá puesto la cabeza al alcance de la ma­no del padre. La ínfima Julia Renée –cuarenta días ape­nas– dormitaba en su cuna.

Su compañera, Berta Figueroa, alzó los ojos de la máqui­na de coser. Le sonrió con mezcla de pena y alegría. Siempre era igual. Siempre llegaba así su hombre: huido, nocturno, fugaz. A veces se quedaba una noche, después desaparecía las semanas. Por ahí le hacía llegar un mensaje: estaba en ca­sa de tal amigo. Y entonces era ella quien iba a su encuentro, dejando los chicos a alguna vecina, y pasaba con él unas ho­ras transidas de temor, de zozobra, de la amargura de tener que dejarlo y esperar el lento paso del tiempo sin noticias suyas.
Era peronista Nicolás Carranza. Y estaba prófugo.

Por eso, cuando en furtivos regresos como éste algún chi­co del barrio le gritaba al encontrarlo: “¡Adiós, don Carran­za!”, él... apresuraba el paso y no contestaba.
–¡Eh, don Carranza! –lo seguía la curiosidad.
Pero don Carranza –silueta baja y maciza en la noche– se alejaba rápidamente por la calle de tierra, levantando has­ta los ojos las solapas del sobretodo.
Y ahora estaba sentado en el sillón del comedor, hama­cando en las rodillas a Berta Josefa, de dos años, y a Carlos Alberto, de tres, y acaso a Juan Nicolás, de cuatro –toda una escalera de pibes tenía, don Carranza–, hamacándolos e imitando el fragor y el silbato de los trenes que manejaban hombres como él, gente de esa barriada ferroviaria.
Después conversó con la preferida, Elena, de once años –alta y espigada para su edad, grandes ojos pardos–, le contó algo de sus andanzas mezclado con algo de fábula ri­sueña, y la interrogó con preocupación, con miedo, con ter­nura, porque, la verdad, se le hacía un nudo en el corazón ca­da vez que la miraba, desde que estuvo presa.
Presa durante varias horas, aunque parezca cuento, la tu­vieron en Frías (Santiago del Estero) el 26 de enero de 1956. El padre la había dejado allí el 25 con familiares de la madre, aprovechando uno de sus viajes regulares en la línea al Nor­te del Belgrano, donde trabajaba como camarero, y había se­guido de largo. En Simoca, provincia de Tucumán, lo detu­vieron por una denuncia de distribuir panfletos que nunca llegó a probarse.
A las ocho de la mañana siguiente la sacaron a Elena de la casa de sus parientes, la llevaron sola a la comisaría y la interrogaron durante cuatro horas. ¿Llevaba panfletos su padre? ¿Era peronista su padre? ¿Era un delincuente su padre?
Se enloqueció don Carranza cuando supo la noticia.
–A mí, que me hagan cualquier cosa. Pero a una criatura...
Rugía y sollozaba.
Se les disparó en Tucumán.
Y seguramente desde entonces asomó un brillo peligroso en la mirada de este hombre de rostro firme y despejado, que antes era de ánimo alegre, aficionado a las diversiones y ami­go preferido de todos los chicos del barrio, propios y ajenos.
Cenaron todos juntos esta noche del 9 de junio en esa ca­sa del barrio obrero de Boulogne. Después acostaron los chi­cos y quedaron solos, él y Berta.
Ella le habló de sus penas, de sus preocupaciones. ¿El fe­rrocarril no les quitaría la casa, ahora que él estaba cesante y prófugo? Era una buena casa, de material, con flores en el jardín, y allí entraban todos, hasta un par de muchachas fa­briqueras que había tomado como pensionistas para ayudar­se. ¿Con qué iban a vivir ella y los chicos si se la quitaban?
Le habló de sus temores. Siempre ese temor de que lo agarraran una noche cualquiera y lo golpearan en cualquier comisara hasta dejarlo idiota. Y le repitió el eterno ruego:
–Entrégate. Si te entregas, a lo mejor no te pegan. Y de la cárcel se sale, Nicolás...
Él no quería. Se refugiaba en afirmaciones duras, secas, definitivas:
–No he robado. No he matado. No soy un delincuente.
La pequeña radio, sobre la repisa del aparador, transmitía una música popular. Tras un largo silencio Nicolás Carranza se levantó, descolgó el sobretodo de la percha y lentamente se lo puso.
Ella volvió a mirarlo con expresión resignada.
–¿Dónde vas?
–Tengo que hacer. A lo mejor vuelvo mañana.
–No dormís acá.
–No. Esta noche no duermo acá.
Entró en el dormitorio y fue besando a todos los chicos, uno por uno: Elena, María Eva, Juan Nicolás, Carlos Alber­to, Berta Josefa, Julia Renée. Después se despidió de su mujer.
–Hasta mañana.
Le dio un beso, salió a la vereda y dobló a la izquierda. Cruzó la calle B., apenas unos pasos y se detuvo frente a la casa 32.
Llamó a la puerta.

2. GARIBOTTI

Casa de muchachones bravos y ambiente acaso tempes­tuoso ésta de los Garibotti, en el Barrio Obrero de Boulogne. El padre, Francisco, era una estampa de hombre: alto, musculoso, cara cuadrada y enérgica, de ojos un poco hosti­les, bigote fino que rebasa ampliamente las comisuras de los labios.
Hermosa mujer también la madre, aunque de rasgos duros y plebeyos. Alta, resuelta, de boca algo desdeñosa y ojos que no sonríen.
Los hijos también son seis, como los de Carranza, pero ahí termina la semejanza. Varones, los cinco mayores, desde Juan Carlos que va a cumplir dieciocho, hasta Norberto, que tiene once.
Delia Beatriz, de nueve, mitiga un poco ese ambiente ce­rradamente varonil. Morena, de flequillo, ojos risueños, el pa­dre se ablanda frente a ella. Una foto en una vitrina la muestra de guardapolvo blanco, junto al pizarrón escolar.
Toda la familia está representada en las paredes. Pegadas a una gran cartulina y dentro de un marco amarillean remo­tas instantáneas de Francisco y Florinda –son jóvenes y se ríen en un parque–, fotos de carnet del padre y de los chicos y hasta algunos rostros fugaces de parientes o amigos. Tam­bién han estado aquí, como en lo de Carranza, los infaltables “retrateros” y han dejado, tras un doble marco “bombé”, una profusión de azules y dorados que pretenden representar a dos de los muchachos, no adivinamos cuáles.
La pasión decorativa o recordatoria culmina en la previs­ta litografía de Gardel, recortado en negro, el sombrero casi tapándole la cara, el pie apoyado en una silla, pulsando la guitarra.
Pero es una casa limpia, sólida, discretamente amoblada, una casa donde puede vivir bien un obrero. Y “la empresa” les cobra menos de cien pesos de alquiler.
De ahí tal vez que Francisco Garibotti no quiera meterse en líos. Sabe que las cosas andan mal en el gremio –inter­ventores militares y compañeros presos–, pero todo eso pa­sará algún día. Hay que tener paciencia y esperar.
Treinta y ocho años tiene Garibotti, y dieciséis de servi­cio en el Ferrocarril Belgrano. Ahora trabaja en la línea local.
Esa tarde ha dejado el servicio alrededor de las cinco y se ha venido directamente a casa.
De los hijos varones, a quien prefiere es tal vez al segun­do. Se llama como él: Francisco, con el agregado de Osmar. Tiene dieciséis años este muchacho de mirada seria, que tam­bién está por entrar en el ferrocarril.
Hay verdadera camaradería entre ambos. Al padre le gus­ta tocar la guitarra y el muchacho canta. Es lo que hacen esa tarde.
Obscurece pronto estos días de junio, en pleno invierno.
Cuando quieren acordar, ya es de noche. La madre pone la mesa para la cena. En la cocina crepita una sartén.
Ya casi ha terminado de cenar Francisco Garibotti –un bife con huevos fritos comió esa noche– cuando llaman a la puerta.
Es don Carranza.
¿Qué viene a hacer Nicolás Carranza?
–Vino a sacármelo. Para que me lo devolvieran muerto –recordará Florinda Allende con rencor en la voz.
Hablan un rato los dos hombres. Florinda se ha retirado a la cocina. Presiente que al marido le ha entrado la comezón de salir esta noche de sábado, y ella va a pelear su derecho, pero en su dominio, sin la presencia del vecino.
No tarda en entrar Francisco.
–Tengo que salir –dice, sin mirarla.
–íbamos al cine –le recuerda ella.
–Sí, es cierto. A lo mejor tenemos tiempo de ir más tarde.
–Habías quedado en salir conmigo.
–Vuelvo en seguida. Hago una diligencia y vuelvo.
–No sé qué diligencia tendrás que hacer.
–Después te explico. La verdad –aclara anticipándose al reproche–, a mí también me tiene un poco cansado éste... Con sus cosas ...
–No parece.
–Mira, es la última vez que le llevo el apunte. Espérame un rato.
Y como para reafirmar que sale apenas por un momento, que tiene toda la intención de volver lo antes posible, grita ya desde la puerta mientras termina de ponerse el sobretodo:
–Si llega Vivas, decile que me espere. Que voy a hacer una diligencia y vuelvo.
Salen los dos amigos. Caminan varias cuadras por la lar­ga calle Guayaquil, doblan a la derecha, rumbo a la estación.
Allí toman el primer local que va a Florida. Son apenas unos minutos de tren.
No hay testigos de lo que hablan. Sólo podemos formular conjeturas. Es posible que Garibotti vuelva a repetir a su amigo el consejo de Berta Figueroa: que se entregue. Es po­sible que Carranza a su vez quiera hacerle algún encargo pa­ra el caso de que él llegue a faltar de su casa. Quizá esté en­terado del motín que se acerca y se lo mencione. O le diga simplemente:
–Vamos a casa de un amigo a escuchar la radio. Van a pasar una noticia...
También caben explicaciones más inocentes. Una partida de naipes o la pelea de Lausse que se va a transmitir luego por radio. Algo hubo de todo eso. Lo indudable es que Gari­botti ha salido de mala gana y con el propósito de volver pronto. Si después no lo hace es porque han logrado conquis­tar su curiosidad, o su interés, o su inercia. No lleva armas encima y en ningún momento las tendrá en sus manos.
También Carranza va desarmado. Se dejará arrestar sin resistencia. Se dejará matar como un chico, sin un solo mo­vimiento de rebeldía. Pidiendo inútilmente clemencia hasta el balazo final.
Bajan en Florida. Doblan a la derecha y cruzan las vías. Caminan seis cuadras por la calle Hipólito Yrigoyen. Atra­viesan Franklin. Se detienen –Carranza se detiene– ante una finca con dos portoncitos de madera pintados de celeste que dan a un mismo jardín.
Entran por el de la derecha. Se internan por un largo pa­sillo. Llaman a una puerta.
De Garibotti no volveremos a tener referencias ciertas. Para que alguna recojamos de Carranza antes del silencio de­finitivo, tendrán que pasar muchas horas.
Y muchas cosas incomprensibles.

3. DON HORACIO

Florida , sobre el F. C. Belgrano, está a 24 minutos de Re­tiro. No es lo mejor del partido de Vicente López, pero tampo­co es lo peor. El municipio regatea el agua y las obras sanita­rias, hay baches en los pavimentos, faltan letreros indicadores en las esquinas, pero el pueblo vive a pesar de todo.
El barrio en que van a ocurrir tantas cosas imprevistas es­tá a unas seis cuadras de la estación, yendo al oeste. Ofrece los violentos contrastes de las zonas en desarrollo, donde confluyen lo residencial y lo escuálido, el chalet recién ter­minado junto al baldío de yuyos y de latas.
El habitante medio es un hombre de treinta a cuarenta años que tiene su casa propia, con un jardín que cultiva en sus mo­mentos de ocio, y que aún no ha terminado de pagar el crédi­to bancario que le permitió adquirirla. Vive con una familia no muy numerosa y trabaja en Buenos Aires como empleado de comercio o como obrero especializado. Se lleva bien con los vecinos y propone o acepta iniciativas para el bien común. Practica deportes –por lo general el fútbol–, conversa los temas habituales de la política, y bajo cualquier gobierno pro­testa sin exaltarse contra el alza de la vida y los transportes imposibles.
Sobre este esquema se da una gama no muy amplia de va­riaciones. La vida es tranquila, sin altibajos. Aquí, en reali­dad, nunca ocurre nada.
En invierno las calles quedan semidesiertas a hora tem­prana. Las esquinas están mal iluminadas y hay que cruzar­las con precaución para no enfangarse en los charcos provocados por la falta de desagües. Donde hay un puentecito o una hilera de piedras para facilitar el cruce, es obra de los ve­cinos. A veces el agua obscura llega de un cordón a otro, y más que verse se adivina por el reflejo de alguna estrella o de los macilentos faroles que languidecen en los porches hasta altas horas. Sólo en la avenida San Martín se nota algún movi­miento: un colectivo que pasa, un letrero de neón, el frío res­plandor celeste del ventanal de un bar.
La casa donde han entrado Carranza y Garibotti, donde se desarrollará el primer acto del drama y a la que volverá por último un fantasmal testigo, tiene dos departamentos: uno al frente y otro al fondo. Para llegar a éste, hay que recorrer un largo pasillo, limitado a la derecha por una pared medianera y a la izquierda por un alto cerco de ligustrina. Es tan angos­to el corredor, en cuyo extremo se divisa una puerta metálica de color verde, que sólo se puede caminar en fila india. Con­viene retener el detalle; tiene cierta importancia.
El departamento del fondo está alquilado a un hombre sobre quien volveremos a último momento. En el del frente vive con su familia el dueño de toda la finca, don Horacio di Chiano.
Don Horacio es un hombre de pequeña estatura, moreno, de bigotes y anteojos. Tiene alrededor de cincuenta años y ha­ce diecisiete que está empleado como electricista en la Ítalo. Sus aspiraciones son simples: jubilarse y luego trabajar un tiempo por cuenta propia, antes de retirarse definitivamente.
Su casa trasciende clase media apacible y satisfecha. Des­de los muebles de serie hasta los platos ornamentales que en las paredes reiteran distraídas sentencias –”Errar es humano, perdonar es divino”– o alguna audacia ingenua: “El amor hace pasar el tiempo, el tiempo hace pasar el amor”, hasta la imagen devota que ha colocado en un rincón la esposa, o la única hija, Nélida, silenciosa muchacha de veinticuatro años. Lo único notable es cierta abundancia de cortinados, de almohadones, de alfombras. La señora Pilar –cabellos blancos y modales apacibles– es tapicera.
Este sábado es para don Horacio idéntico a otros centena­res de sábados. Ha permanecido de guardia en su empleo. Su trabajo consiste en reparar desperfectos en las instalaciones de los abonados. A las cinco de la tarde recibe el último re­clamo, procedente de Palermo. Sale hacia allá, arregla la ins­talación y vuelve a Central. Para entonces ya es de noche. A las 20.45 comunica telefónicamente su salida a la oficina de Balcarce y emprende el regreso a su casa.
Nada hay de nuevo en esta rutina. Es la misma de años y años. Tampoco el mundo es distinto cuando él toma el tren en la estación Retiro del Belgrano. Los diarios de la noche no traen noticias de mayor importancia. En los Estados Unidos han operado al general Einsenhower. En Londres y Washington se comentan las notas de Bulganin sobre el desarme. San Lo­renzo derrota a Huracán en un encuentro anticipado del cam­peonato de fútbol. El general Aramburu realiza uno de sus periódicos viajes, esta vez a Rosario. El interventor federal lo recibe con efusiones líricas: “... ha llegado la hora de traba­jar en paz, de fructificar en paz, de soñar en paz y de amar en paz...”. El Presidente responde con una frase que al día si­guiente va a repetir, pero en circunstancias distintas: “No te­man los temerosos. La libertad ha ganado la partida”. Más tarde da a los periodistas que lo acompañan paternales con­sejos sobre la forma de decir la verdad. Nada nuevo, real­mente, sucede en el mundo. Lo único de algún interés son los cálculos y comentarios previos a la gran pelea de box que por el título sudamericano se realiza esa noche en el Luna Park.
El arribo de don Horacio a su casa coincide con el de otro vecino, que vive cincuenta metros más lejos, sobre la misma calle Yrigoyen. Es Miguel Ángel Giunta. Se detienen un mo­mento a conversar. No hay real amistad entre ellos –hace menos de  un año que se conocen–, pero sí una relación cor­dial de vecinos. Por la mañana suelen tomar juntos el mismo tren. Don Horacio lo ha invitado más de una vez a entrar en su casa. Giunta no halló hasta ahora la oportunidad de acep­tar, pero esta noche se renueva el ofrecimiento:
–¿Por qué no viene a escuchar la pelea después de la cena?
Giunta titubea.
–No le prometo nada. Pero puede ser.
–Traiga a su señora –insiste don Horacio.
En realidad, ése es el motivo por el que vacila Giunta. Esa tarde, al salir, ha dejado a su esposa un poco indispuesta. Si la encuentra mejor, es posible que venga. Quedan en eso los dos hombres. Después cada uno se apresura a entrar en su ca­sa. Ha empezado a apretar el frío. El termómetro marca me­nos de 4 grados y seguirá bajando.
Son las 21.30. En ese momento, a treinta kilómetros de allí, en Campo de Mayo, un grupo de oficiales y suboficiales al mando de los coroneles Cortínez e Ibazeta inician el trági­co levantamiento de junio.
Don Horacio y Giunta lo ignoran. La mayoría del país también lo ignora y seguirá ignorándolo hasta después de medianoche.
Radio del Estado, la voz oficial de la Nación, transmite música de Haydn.

4. GIUNTA

Giunta, o don Lito como lo llaman en el barrio, vuelve de Villa Martelli, donde ha pasado la tarde con los padres. No ha cumplido treinta años Giunta. Es un hombre alto, atildado, rubio, de mirada clara. Expansivo, gráfico en los gestos y el lenguaje, tiene una dosis considerable de humor y aun de ironía escéptica. Pero lo que en el acto se desprende de él es una impresión de honradez sólida, de sinceridad. De todos los testigos que sobrevivan al drama, ninguno resulta­rá tan convincente, a ninguno le resultará tan fácil y natural evidenciar su inocencia, mostrarla concreta y casi tangible. Bastará hablar una hora con él, oírle recordar, ver la indigna­ción y el evocado espanto que paulatinamente le brotan de adentro, le asoman a los ojos y hasta le erizan el cabello, pa­ra deponer toda incredulidad.
Hace quince años que trabaja Giunta como vendedor en una zapatería de Buenos Aires. Importa señalar dos cualida­des menores, recogidas en el oficio. Por un lado, cierta “psi­cología” práctica que en oportunidades le permite adivinar deseos e intenciones de sus clientes, no siempre fáciles, y por extensión, de otras personas. Luego, una envidiable facultad de fisonomista, adiestrada en el transcurso de los años.
No sospecha –mientras cena en esa casa apacible, adqui­rida con su esfuerzo, rodeado del afecto de los suyos–, que esas cualidades le ayudarán horas más tarde a salir del tran­ce más amargo de su vida.

5. DÍAZ: DOS INSTANTÁNEAS

Al departamento del fondo, entretanto, van llegando algu­nas personas. En un momento habrá alrededor de quince hombres jugando a los naipes en torno a dos mesas, escu­chando la radio o conversando. Algunos se irán y vendrán otros. En ciertos casos será difícil establecer con precisión la cronología de estos arribos y partidas. Y no sólo la cronolo­gía. Hasta la identidad de uno o dos de los protagonistas que­dará finalmente borrosa o ignorada.
Sabemos, por ejemplo, que alrededor de las 21 aparece un hombre llamado Rogelio Díaz, pero no sabemos con exacti­tud quién lo trae ni a qué viene. Sabemos que es un subofi­cial (sargento sastre, dicen algunos), retirado de la Marina, pero no sabemos por qué se ha –o lo han– retirado. Sabe­mos que vive muy cerca de allí, en Munro, pero ignoramos si es esa simple proximidad lo que explica su presencia. Sa­bemos que está casado y tiene dos o tres chicos, pero más tar­de nadie podrá indicarnos el paradero exacto de su familia. ¿Está comprometido con el movimiento revolucionario? Puede ser. También puede ser que no.
Lo único preciso, lo único en que coinciden quienes recuer­dan haberlo visto, es en su aspecto físico, un hombre corpulen­to, provinciano, muy moreno, de edad indefinible (“Usted sa­be que a los negros es difícil conocerles la edad...”), alegre conversador, que en un momento estará jugando con entusias­mo al chinchón, y en otro momento muy distinto –cuando ya todos temen– roncará apacible y estruendosamente en un banco de la Unidad Regional San Martín, como si no tuviera el más leve peso en su conciencia. En estas dos instantáneas puede resumirse toda la vida de un hombre.*



* Cuando mencioné por primera vez a Díaz en mis notas para “Revolución Nacional” su existencia y supervivencia eran más bien una hipótesis, que afortunadamente pude lue­go comprobar. La persona que me lo había nombrado, sólo recordaba su apellido, y aun de eso no estaba seguro. Interrogando a un número bastante grande de testigos secunda­rios, deduje que efectivamente existió un sargento Díaz. Curiosamente, nadie recordaba su nombre de pila y casi todos lo daban por muerto. Hasta que en un semanario encontré una lista de presos en Olmos, donde figuraba un tal “Díaz Rogelio”. Mis informantes recorda­ron entonces que ése –Rogelio– era su nombre de pila. Mientras se publicaba este libro en la revista “Mayoría”, recogí los siguientes datos adicionales sobre él. Efectivamente era sargento sastre, santiagueño, estuvo en 1952 en el Batallón 4 de Infantería de Marina (en Dársena Norte), después pasó a la Escuela Naval de Río Santiago.


6. LIZASO

Más nítida, más apremiante, más trágica, aparece la ima­gen de Carlitos Lizaso. Tiene veintiún años este muchacho alto, delgado, pálido, de carácter retraído y casi tímido. Per­tenece a una familia numerosa de Vicente López.
En su casa la política ha sido siempre un tema dominan­te. Don Pedro Lizaso, el padre, fue radical en una época. Luego simpatiza con el peronismo. En 1947 lo designan co­misionado municipal, por poco tiempo. Más tarde se opera en él una evolución adversa. A partir de 1950 está alejado del peronismo y ha de irse alejando cada vez más. Es práctica­mente un opositor cuando se produce la revolución de se­tiembre.
–Teníamos la secreta esperanza de que todo iba a cam­biar, de que se conservaría lo bueno que hubiera quedado y se destruiría lo malo –dirá luego un amigo suyo–. Pero después...
Después ya se sabe lo que ocurre. Una ola revanchista sa­cude al país. Don Pedro Lizaso, envejecido, enfermo y desi­lusionado, vuelve a ser opositor.
Estos cambios se reflejan en sus hijos varones. En setiem­bre de 1955, cuando la revolución estremece a todos y los que no combaten están pegados a la radio, escuchando las noticias oficiales y las que se filtran del otro bando –¡singu­lar recuerdo! nadie los fusilará por eso–, alguien le pregun­ta a Carlos:
–¿Por quién pelearías?
–No sé –responde, desconcertado–. Por nadie.
–Pero si te obligaran, si tuvieras que elegir.
Medita un segundo antes de contestar.
–Creo que por ellos –responde al fin.
Ellos son los revolucionarios.
Desde entonces ha pasado mucha agua bajo el puente. Carlos Lizaso parece haber olvidado semejantes disyuntivas. Lo exterior de su vida es que ha abandonado sus estudios se­cundarios para ayudar al padre en su oficina de martillero. Trabaja duramente, tiene aptitud para ganar dinero, aspira a una posición y está en camino de lograrla a pesar de su ju­ventud. En sus momentos de descanso, se distrae para jugar al ajedrez. Es un jugador fuerte, que interviene con éxito en algunos torneos juveniles.
No es difícil reconstruir sus movimientos esa tarde del 9 de junio. Primero visita a una hermana. Más tarde se va a ca­sa de su novia, con quien permanece alrededor de una hora. Son más de las nueve cuando se despide y se marcha. Toma un colectivo y baja en Florida. Camina un par de cuadras, se detiene ante la casa de portones celestes, se aventura por el largo corredor...
¿Qué sabe de la revolución que estalla en ese mismo mo­mento? Una vez más la contradicción, la duda. Por una par­te, es un muchacho tranquilo, reflexivo. No lleva armas enci­ma ni sabe manejarlas. Se ha exceptuado del servicio militar y nunca ha tenido un simple revólver en sus manos.
Por otra parte, adivinamos su actitud mental ante el pro­ceso político. Un detalle la confirma.
Después que él se marcha, su novia encuentra en su casa un papel escrito con la letra de Carlos:
“Si todo sale bien esta noche...”.
Pero todo saldrá mal.

7. ALARMAS Y PRESENTIMIENTOS

Hay un hombre, por lo menos, que parece presentirlo. Una, dos, tres veces pasará por la casa para buscar a Lizaso, para llevárselo, para arrancarlo a la muerte, aunque ese extre­mo no pase todavía por la mente de nadie. Y será inútil.
Este hombre –que más tarde se volcará al terrorismo y se hará llamar “Marcelo”– representa un curioso papel en los acontecimientos. Es amigo de la familia Lizaso y de otros protagonistas. Por Carlitos siente una paternal solicitud, un cariño que el tiempo y la desgracia tornarán amargo. Este hombre sabe lo que está ocurriendo. De ahí que tema, que quiera llevarse al muchacho. Pero siempre lo encontrará en­tretenido, animado, conversando, y se dejará disuadir por la repetida promesa:
–Dentro de diez minutos voy...
“Marcelo” no se queda conforme. Antes de marcharse por última vez se dirige al hombre a quien estima responsable de la equívoca situación que parece advertir en el departamen­to. Lo conoce. Lo lleva aparte y hablan en voz baja.
–¿Sabe algo toda esta gente?
–No. La mayoría no sabe nada.
–¿Y qué hacen aquí?
–Qué sé yo... Van a escuchar la pelea.
–Pero usted –insiste “Marcelo” irritado–, ¿por qué los tiene aquí?
–¿Quiere que los eche? Yo no soy el dueño de casa.
La discusión llega a ser agria. “Marcelo” la corta brusca­mente:
–Haga lo que quiera. Pero a ese muchacho –señala con la cabeza a Lizaso, que conversa en un grupo alejado– no me lo lleva a ninguna parte, ¿me oye?
El otro se encoge de hombros.
–Quédese tranquilo. No lo llevo a ninguna parte. Ade­más, ya no hay nada esta noche.

8. GAVINO

“Ya no hay nada esta noche”, repite Norberto Gavino pa­ra sus adentros. Hace rato que la radio tendría que haber da­do la noticia. Por un momento piensa que “Marcelo” tiene razón. Pero después se olvida. Si no hay nada, tampoco hay peligro para nadie. Muchos han venido simplemente de visi­ta, gente a quien él ni conoce, sería ridículo decirles: “Váyanse, estoy por hacer una revolución”.
Porque no hay duda de que Gavino, aunque a estas horas se encuentre desconectado y no sepa a qué atenerse, está en el levantamiento.
Hombre de unos cuarenta años, de estatura mediana pero atlético, suboficial de gendarmería en una época, más tarde vendedor de terrenos, temperamento vivo, precipitado, pro­penso a la jactancia –y a los peligrosos descuidos que ella acarrea en una existencia como la suya–, Gavino venía conspirando desde bastante tiempo atrás. Y a comienzos de mayo un lamentable episodio lo confirmó en ese camino. Su esposa, completamente ajena a esas actividades, fue encarce­lada como rehén. Gavino supo que sólo cuando él se entrega­se la dejarían en libertad. Y a partir de ese momento, sólo pensó en la revolución.
Estaba prófugo, desde luego, y se creía buscado por auto­ridades militares y policiales. Con sobrada razón. Todo lo acontecido esa noche, la información periodística aparecida en días posteriores y otros indicios lo confirman.* No halló nada mejor para eludir el cerco, que refugiarse en el departa­mento de su amigo Torres.
Y allí aguardaba ahora, nerviosamente, la noticia que no llegaría a escuchar.

9. EXPLICACIONES EN UNA EMBAJADA

Y así llegamos al personaje que explica gran parte de la tragedia –Torres, el inquilino del departamento del fondo.
Juan Carlos Torres lleva dos o tres vidas distintas.
Para el dueño de casa, por ejemplo, es el simple inquili­no, que paga puntual su alquiler y no crea problemas, aunque a veces desaparece unos días y cuando vuelve no dice dónde ha estado. Para el vecindario es un muchacho tranquilo, bas­tante popular, que acostumbra organizar en su casa “asados” y reuniones a las que asiste gente del barrio y en las que no se habla de política. Para la policía, en la época posterior al levantamiento, es un individuo peligroso y escurridizo, vana e incansablemente buscado...
Yo lo encontré, por fin, muchos meses más tarde, asilado en una embajada latinoamericana, caminando de un lado pa­ra otro en su forzoso encierro, fumando y contemplando a través de un ventanal la ciudad tan próxima y tan inaccesible. Volví a verlo varias veces. Alto y flaco, de abundante cabellera negra, nariz aguileña, ojos obscuros y penetrantes, me impresionó aun allí adentro como un hombre decidido, par­co y extremadamente cauteloso.
–Yo no tengo por qué mentirle –me dijo–. Cualquier cosa perjudicial que usted me saque, diré que es falsa, que a usted ni lo conozco. Por eso no me importa que publique mi nombre verdadero o no.
Sonrió sin animosidad. Le expliqué que comprendía las reglas del juego.


* A mediados de 1958, Gavino me escribió desde Bolivia para manifestar su discon­formidad con el breve retrato que trazo de él, y cuya fuente son otros testigos. Asimismo rechaza responsabilidad en la muerte de Lizaso, pero yo nunca le atribuí esa responsabi­lidad. Parece claro que Lizaso sabía algo de la revolución de Valle, y fue allí por su pro­pia voluntad.
–A esos muchachos no tenían por qué fusilarlos –pro­siguió entonces–. A mí, vaya y pase, porque yo “estaba” y en mi casa secuestraron documentación. Nada más que docu­mentación, no armas como dijeron después. Pero yo me es­capé. Y Gavino también se escapó...
Hizo una pausa. Quizá pensaba en los que no se habían escapado. En los que no tenían nada que ver. Le pregunté si se había hablado de la revolución.
–Ni remotamente –dijo–. A los que en realidad estába­mos, que éramos Gavino y yo, nos bastaba una mirada para entendernos. Pero ni él ni yo sabíamos si íbamos a actuar o dónde. Esperábamos un contacto que no se produjo. Yo me enteré cuando Gavino me pidió la llave del departamento, porque lo buscaba la policía. Éramos amigos, y se la di. Es posible que algún otro haya venido porque estaba en la onda y quería saber algo más.
Su tono se volvió sombrío.
–La desgracia fue que también cayeron otros muchachos del barrio, que vieron reunión en la casa y entraron a escuchar la pelea o jugar a las cartas, como de costumbre. En mi casa entraba cualquiera, aun sin conocerme. Hasta dos “tiras” llega­ron esa noche y nadie se dio cuenta. La verdad es que al mis­mo Livraga, ése que nombran los diarios, yo no lo conocía ni recuerdo haberlo visto. La primera vez que lo vi fue en foto.
Un interrogante flotaba pesado entre nosotros. Juan Car­los Torres se adelantó a contestarlo.
–No les dijimos nada –explicó pesarosamente– porque la realidad es que hasta ese momento no había nada. Mientras no tuviéramos noticias concretas, era una noche como cual­quiera. Yo no podía ponerlos sobre aviso, decirles que se fue­ran, porque iba a despertar sospechas, y no acostumbro a ha­blar más de lo necesario.
“Unos minutos más, y cada uno se habría ido a su casa. Entonces no habría ocurrido nada.”
Unos minutos más. En este caso, todo girará alrededor de unos minutos más.

10. MARIO

En el número 1812 de la calle Franklin vive Mario Brión. Es un chalet con un jardín, casi en una esquina, a menos de cien metros de la casa fatídica.
Brión tiene treinta y tres años esa tarde del 9 de junio. Es un hombre de estatura mediana, rubio, con una calvicie inci­piente, de bigotes. Cierta expresión melancólica se despren­de quizá de su rostro ovalado.
Un muchacho serio y trabajador, dicen los vecinos. Una vida común, sin relieves brillantes, sin deslumbres de aven­tura, reconstruimos nosotros. A los quince años se emplea de oficinista, sin abandonar sus estudios, sigue cursos de in­glés, que llegará a hablar con cierta soltura, se recibe de pe­rito mercantil. Parece haberse fijado un plan de vida de eta­pas precisas y las va cumpliendo. Con sus ahorros compra un terreno, edifica una casa. Sólo entonces decide casarse, con su primera novia. Más tarde les nace un hijo: Daniel Mario.
Del padre, un español que supo ganarse la vida en duros oficios, ha heredado un difuso amor a la lectura. Es una sor­presa encontrar en su biblioteca a Horacio, a Séneca, a Shakes­peare, a Unamuno y Baroja, junto a las frías colecciones con­tables. También hay allí esos libros de inevitable procedencia americana y de títulos diversos, que pueden resolverse en uno –”Cómo triunfar en la vida”–, y ellos indican, por encima de los dudosos resultados prometidos, cuáles eran las aspira­ciones de Mario: trabajar, progresar, proteger a su familia, te­ner amigos, ser estimado.
No le hubiera costado trabajo lograrlo. En la empresa donde estaba se le había ofrecido ya una jefatura de sección. Ganaba bien: ninguna comodidad faltaba en su casa. Suya era cuanta iniciativa útil nacía en el vecindario. Un caminito pavimentado que une la esquina de su casa con la avenida San Martín lo recuerda. Él recolectó el dinero, él reunió a los vecinos para trabajar domingos y feriados.
Mario Brión –dice la gente– es un muchacho alegre, amable con todos, un poco tímido. No fuma ni bebe. Sus úni­cas diversiones consisten en ir al cine con su esposa, o en ju­gar al fútbol con sus amigos del barrio.
Esa noche ha cenado tarde, como de costumbre. Después ha salido a comprar el diario. También lo hace siempre. Le gusta leer el diario, en un sillón, mientras escucha algún dis­co o algún programa de radio.
En el camino se encuentra con un amigo o con un cono­cido. No sabremos con quién.
–Quieren que vaya a oír la pelea –anuncia a su esposa, Adela, cuando vuelve–. No sé si ir...
Está indeciso. Al fin se resuelve. Después de todo, él tam­bién pensaba escucharla.
Da un beso a su hijo Danny –que ya tiene cuatro años– y se despide de su mujer.
–Apenas termine, vuelvo.
No se pone sobretodo a pesar del frío. Sólo lleva una gruesa tricota blanca.
Camina hasta Yrigoyen y se adentra por el largo pasillo. Un testigo de último momento lo verá parado cerca del re­ceptor de radio, sonriente y con las manos en los bolsillos, un poco aislado, un poco ausente de los otros grupos que char­lan o juegan a las cartas.

11. “EL FUSILADO QUE VIVE”

El número 1624 de la calle Florencio Varela, en Florida, marca un hermoso chalet de estilo californiano. Podría ser la residencia de un abogado o de un médico. La ha construido con sus manos don Pedro Livraga, hombre silencioso, ya en­trado en años, que en su juventud ha sido peón de albañil y que luego, en paulatina maestría del oficio, ha terminado en constructor.
Tres hijos tiene don Pedro. La mayor está casada. Los dos varones, en cambio, viven con él. Uno de éstos es Juan Car­los.
Flaco, de estatura mediana, tiene rasgos regulares, ojos pardo-verdosos, cabello castaño, bigote, le faltan unos días para cumplir veinticuatro años.
Sus ideas son enteramente comunes, las ideas de la gen­te del pueblo, por lo general acertadas con respecto a las co­sas concretas y tangibles, nebulosas o arbitrarias en otros terrenos. Tiene un temperamento reflexivo y hasta calculador.
Pensará mucho las cosas y no dirá lo que no le convenga.
Esto no excluye una curiosidad instintiva, una impacien­cia de fondo, no manifiesta en los actos menudos pero sí en la forma en que va tratando de adaptarse al mundo. Ha aban­donado sus estudios secundarios al terminar el primer año. Después, durante varios, ha sido oficinista en la Aeronáutica. Ahora trabaja de colectivero. Más tarde, ya “resucitado”, acom­pañará a su padre en trabajos de construcción.
Buen observador es, pero acaso confía demasiado en sí mismo. En el transcurso de la singular aventura que está por sobrevenirle, algunas cosas las captará con extraordinaria pre­cisión y hasta será capaz de trazar diagramas y planos muy exactos. En otras, se equivocará e insistirá terco en el error.
Ante el peligro se mostrará lúcido y sereno. Y pasado el peligro, demostrará un coraje moral que debe señalarse como su principal virtud. Será el único, entre los sobrevivientes o los familiares de las víctimas, que se atreva a presentarse pa­ra reclamar justicia.
¿Sabe algo, esa tarde del 9 de junio, de la revolución que estallará después? Ha llegado a su casa antes de terminar su turno de trabajo, y esto podría parecer sospechoso. Pero el caso es que se le ha descompuesto el colectivo que maneja –el número 5 de la línea 10 con recorrido en Vicente Ló­pez–, y la empresa confirmará ese detalle.
¿Sabe algo? Él lo negará terminantemente. Y añadirá que carece de todo antecedente policial, judicial, gremial o polí­tico. Y esa afirmación también será probada y confirmada.
¿Sabe algo a pesar de todo? Son muchos en el Gran Bue­nos Aires los que están en la onda, aunque no piensen inter­venir. Sin embargo, de los numerosos testimonios recogidos, no hay uno solo que indique a Livraga como comprometido o enterado.
Son más de las diez de la noche cuando Juan Carlos sale de su casa. Dobla a la derecha y luego toma por la avenida San Martín en dirección a Franklin, donde hay un bar que frecuenta. Hace frío y las calles están poco transitadas.
Cierta indecisión lo domina. No sabe si quedarse jugando una partida de billar o si ir a un baile al que ha prometido su asistencia.
La casualidad decide por él. La casualidad que le sale al paso en la persona de su amigo Vicente Rodríguez.

12. “ME VOY A TRABAJAR...”

Es una torre de hombre este Vicente Damián Rodríguez, que tiene 35 años, que carga bolsas en el puerto, que pesado y todo como es juega al fútbol, que guarda algo de infantil en su humanidad gritona y descontenta, que aspira a más de lo que puede, que tiene mala suerte, que terminará mordiendo el pasto de un potrero y pidiendo desesperado que lo maten, que terminen de matarlo, sorbiendo a grandes tragos la muer­te que no acaba de inundarlo por los ridículos agujeros que le hacen las balas de los máuseres.
Hubiera querido ser algo en la vida Vicente Rodríguez. Está lleno de grandes ideas, de grandes ademanes, de gran­des palabras. Pero la vida es feroz con gente como él. Sola­mente ganarla será un permanente cuesta arriba. Y perderla, un interminable trámite.
Se ha casado, tiene tres chicos y los quiere, pero es claro, hay que darles de comer y mandarlos al colegio. Y esa casa pobrísima que alquila, rodeada de ese paredón sucio, con ese terreno inculto donde picotean las gallinas, no es lo que él imaginaba. Nada es como él imaginaba.
La sensación de poder que le dan sus músculos vigorosos nunca puede verla cabalmente trasladada al mundo objetivo. En alguna época, es cierto, actúa en su sindicato y hasta lle­ga a delegado, pero luego todo eso se derrumba. Ya no hay sindicato ni hay delegado. Entonces comprende que él es na­die, que el mundo pertenece a los doctores. El signo de su de­rrota es muy claro. En su barrio hay un club, en el club una bi­blioteca. Acudirá allí, en busca de esa fuente milagrosa –los libros– de donde parece fluir el poder.
No sabemos si alcanza a leerlos, pero del paso de Rodrí­guez por la época de canibalismo que vivimos, sólo quedará –aparte de la miseria en que deje a su mujer y sus chicos– una foto opaca con un sello borroso que dice precisamente “Biblioteca”.
Rodríguez ha salido de su casa –Yrigoyen 4545– alrede­dor de las nueve. Y ha salido con mal pie. A su mujer le dice:
–Me voy a trabajar.
¿Es una mentira inocente para encubrir una salida más? ¿Oculta algo más serio, es decir su propósito de intervenir en el movimiento? ¿O realmente va a trabajar? Es cierto que ha transcurrido más de una hora, pero la calle por donde cami­na conduce a la estación, y allí puede tomar un tren que en veinticinco minutos lo conduzca al puerto, donde podría op­tar a un turno extraordinario de trabajo.
Será difícil determinarlo. En este caso como en otros. Por un lado, Rodríguez es opositor, peronista. Por otro, es un hombre comunicativo, locuaz, a quien le resulta muy difícil callar algo importante. Y a su mujer, con quien lleva trece años de casados, no le ha dicho nada. Ni siquiera una insi­nuación. Le ha dicho solamente: “Me voy a trabajar”, y se ha despedido en forma normal, sin ningún signo de impaciencia o nerviosidad.
Por otra parte, conviene observar su actitud ulterior. Es de absoluta pasividad cuando lo llevan a la muerte en el carro de asalto. Un sobreviviente que lo conocía bien, observará más tarde:
–Si el Gordo hubiera querido, los desparramaba a trom­padas a esos milicos...
Cabe suponer que jamás pensó que lo iban a matar, ni aun a último momento, cuando eso era evidente.
Conversan un momento los dos amigos. Livraga le ha prestado días antes una valija destinada a llevar los equipos del club de fútbol en el que ambos juegan.
–¿Cuándo pasas a buscarla? –pregunta Rodríguez.
–Si querés, vamos ahora.
–De paso, podemos escuchar la pelea.
Son muchos los que hablan de esa pelea. Por el título su­damericano de los medianos van a combatir a las once el campeón Lausse –que acaba de cumplir una campaña triun­fal en los Estados Unidos– y el chileno Loayza.
Livraga es aficionado al boxeo y no tiene inconveniente en aceptar el ofrecimiento. Se dirigen pues a la casa de Ro­dríguez. No sabemos la excusa que éste piensa dar a su mu­jer, y de todas maneras no tiene importancia, porque no lle­gará a darla. Se detiene cincuenta metros antes, frente a la finca de portones celestes, observa que hay luz en el departa­mento del fondo y dice:
–Espérame un momento.
Entra, pero no tarda en volver.
–Podemos escuchar la pelea aquí. Tienen la radio pren­dida. –Y aclara:– Son unos amigos.
Livraga se encoge de hombros. Tanto le da.
Se internan por el largo pasillo.

13. LAS INCÓGNITAS

¿Hay alguien más en el departamento del fondo? Sin du­da están Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso, Gavino, Torres, Brión, Rodríguez y Livraga. “Marcelo” ha estado tres veces y no volverá. Algunos amigos de Gavino han venido y tam­bién se han retirado temprano. Sabemos por lo menos de un vecino, conocido de Brión, que como él ha llegado a escu­char la pelea y que a último momento se siente descompues­to, se va, y se salva.
El desfile no termina allí. Alrededor de las once menos cuarto se presentan dos desconocidos que –si no fuera tan trágico lo que va a suceder– plantean una situación de co­media. Torres cree que son amigos de Gavino. Éste, que son amigos de Torres. Sólo más tarde, comprenderán que son pesquisas. Permanecen unos momentos, circulando entre los grupos, explorando la situación. Cuando se hayan alejado, informarán que no hay armas en el local y que la entrada es­tá expedita.
Necesaria precaución. Porque la configuración del terreno es tal, que desde la puerta metálica que da acceso al departa­mento, un hombre armado con un simple revólver dominaría todo el pasillo y dificultaría durante minutos enteros la entra­da de cualquier enemigo potencial. Si el arma fuese una pis­tola ametralladora, la posición podría mantenerse horas.
Sin embargo cuando llegue la policía –que en ese mismo momento está requisando un colectivo en la parada de Puen­te Saavedra–, nadie ofrecerá la menor resistencia. No se dis­parará un solo tiro.
Pero, ¿hay alguien más, aparte de los ya mencionados? Será difícil encontrar a un testigo que recuerde a todos; los que podrían hacerlo están ausentes o muertos. Sólo podemos guiarnos por indicios. Torres, por ejemplo, afirmará que ha­bía dos hombres más. Del primero supo que era suboficial del ejército. Del segundo, ni siquiera eso.
Otros testimonios indirectos vuelven a mencionar al su­boficial. Y precisan: sargento. Las descripciones son confu­sas, divergentes. Parece que llegó a último momento... Nadie sabe quién lo trajo... Casi nadie lo conocía... Alguien sin em­bargo, volverá a verlo, o creerá verlo, horas más tarde, en el momento en que recibe un tiro y se desploma.
¿Y el otro? Ni siquiera sabemos si existió. Ni cómo se lla­maba, ni quién era. Ni si está vivo o muerto.
Con respecto a estos dos hombres, nuestra búsqueda ha concluido en un callejón sin salida.
Faltan pocos minutos para las once. La radio está transmi­tiendo los preliminares de la pelea de box. En el grupo que juega a las cartas hay un silencio cuando el locutor anuncia la presencia en el cuadrado del campeón Lausse y del chile­no Loayza.
Al departamento del frente, entretanto, ha llegado Giunta alrededor de las diez y media. La tranquilidad que reina en la casa de don Horacio es perfecta. La señora Pilar conversa unos momentos con ellos antes de retirarse a descansar. Su hija Nélida prepara unos mates para el invitado, mientras don Horacio enciende el receptor.
Si acaso sintoniza un instante Radio del Estado, la voz ofi­cial de la Nación, comprobará que ha terminado de transmitir un concierto de Bach y a las 22.59 inicia otro con Ravel...
A esa hora, en la Comisaría 2a de Florida, han terminado de concentrarse veinte hombres, para un misterioso procedi­miento.
–Algo gordo –piensa el comisario Pena cuando se en­tera de quién va a conducir a los hombres.
La palabra revolución no ha sido todavía pronunciada. Y mucho menos por Radio Splendid, que filtra el rumor de multitud en el Luna Park y la voz tensa del locutor Fioravanti, transmitiendo las primeras incidencias del match.
Es un combate corto y violento, que desde la segunda vuelta queda prácticamente definido. En total, dura menos de diez minutos. Al promediar el tercer round, el campeón de­rriba a Loayza por toda la cuenta.
El dueño de casa y Giunta se miraron con una sonrisa de satisfacción.
Giunta tomaba una copa de ginebra y se disponía a mar­charse. Desde el dormitorio, la señora Pilar pidió a su espo­so una bolsa de agua caliente. Don Horacio fue a la cocina, llenó la bolsa y regresaba con ella cuando se oyeron violen­tos golpes a la puerta. Parecían asestados con la culata de una pistola o de un fusil.
En el silencio nocturno resonó el grito:
–¡La policía!


SEGUNDA PARTE

LOS HECHOS


14. ¿DONDE ESTA TANCO?

Tan desconcertado está don Horacio, que no atina a dejar la bolsa. Corre, hace girar la llave en la cerradura, y antes que termine de sacar la cadena, la puerta es impulsada con vio­lencia desde afuera, salta el cerrojo y él se ve impelido, ro­deado, desbordado por el tropel de policías y particulares provistos de armas largas y cortas, que en pocos segundos inundan todas las dependencias y cuyas voces no tardarán en oírse en el patio y en el pasillo, que conduce al fondo. Todo sucede con velocidad de relámpago.
Alto, corpulento, moreno, de bigotes, impresionante de autoridad, es el que manda el grupo. En la mano derecha em­puña una pistola 45. Habla a gritos, con voz ronca y pastosa que por momentos parece de borracho. Viste pantalones cla­ros y chaquetilla corta, color verde oliva: es el uniforme del Ejército Argentino.
Don Horacio ha retrocedido, espantado. Sólo atina a le­vantar los brazos, sin soltar todavía la bolsa de agua caliente que ya le quema los dedos. El jefe del grupo se la arranca de un manotazo.
–¿Dónde está Tanco? –grita.
El dueño de casa lo mira sin comprender. Es la primera vez que oye el nombre del general rebelde, cuya dramática fuga, escapando al paredón, se conocerá días más tarde. El jefe lo hace a un lado de un empellón y se encara con el otro, con Giunta.
Giunta está simplemente petrificado. Ha permanecido en su silla, con la boca abierta, los ojos desmesurados, sin atinar a moverse. El jefe se acerca a él y deliberadamente, delica­damente, le apoya la pistola en la garganta.
–¡No te hagas el piola! –le dice con voz sorda–. ¡Le­vanta las manos!
Giunta levanta las manos. Y por segunda vez escucha esa pregunta indescifrable, que ha de seguir repitiéndose como una pesadilla. Dónde está Tanco. ¿Dónde está Tanco?
Su atónito silencio le gana un puñetazo que casi lo voltea de la silla. También ese golpe de izquierda –protegido por la alevosía del arma que esgrime la derecha– volverá a ver­se. Parece un recurso preferido del hombre que lo usa.
La escena ha sido rápida, electrizante. Igualmente rápida es la secuela, concretada en un crepitar de órdenes:
–¡A ese viejo y a este otro, sáquenlos y llévenlos al auto!
Ni tiempo tienen de protestar. Los sacan y los introducen en el automóvil Plymouth de la comisaría de Florida. Esta­cionados sobre la misma acera se encuentran un colectivo ro­jo y una camioneta policial celeste, con radio móvil.
Del patio de la finca, entretanto, ha escapado un hombre –Torres–, y otro –Lizaso– parece haberlo intentado sin éxito.
El patio pertenece al departamento del frente, pero tiene comunicación indirecta con el fondo, por una puertita que se abre sobre el pasillo, en el cerco de ligustrina.
El episodio es confuso, no hay dos relatos que coincidan. La síntesis que se desprende de todos ellos es que Torres, acompañado de Lizaso, se encaminaba al departamento de don Horacio, por el camino habitual para él, a pedir el uso del teléfono, lo que también era bastante habitual. Fue entonces cuando oyeron y acaso vieron la llegada de la policía.
Torres no titubea. El patio tiene una tapia no muy alta. La salva de un salto y huye a través de las fincas vecinas. En su desesperada carrera, atraviesa cercas y tejados, se desgarra las ropas, se causa profundas heridas en una mano y en el cuello –nunca sabrá cómo–, corre cuadras y cuadras en zigzag, to­ma por fin un colectivo, hasta que sangrante y exhausto en­cuentra refugio. En cierto modo, era el primer sobreviviente.
Sobre Carlitos Lizaso hay tres versiones. La primera dice que logró llegar hasta una fábrica de caños próxima, donde el sereno no le permitió esconderse, y de ese modo provocó su captura. La segunda, que fue apresado en el patio mismo al derrumbarse la tapia bajo su peso. La última, que ni siquiera intentó evadirse. Lo único cierto es que fue detenido.
En el departamento del fondo, mientras tanto, se ha repe­tido la escena de sorpresa y brutalidad. La policía entra sin hallar oposición. Nadie mueve un dedo. Nadie protesta ni se resiste. El vigilante Ramón Madialdea declarará más tarde que aquí se secuestró “un revólver con cachas de nácar”. Esa arma (si existió) era la única que había en la casa.
Los hacen salir a la calle, de a uno. Y allí los está esperan­do el jefe, que no tarda en repartir nuevos gritos, trompadas y culatazos a medida que los suben en el colectivo. A Livraga le martilla fuertemente el estómago con el cañón de la pis­tola, gritando:
–¿Así que vos ibas a hacer la revolución? ¿Con esa facha?
A Carlitos Lizaso le ha dicho lo mismo. A todos les va preguntando el nombre. La mayoría no le significan nada, se adivina en el gesto desdeñoso, en el “¡Anda, seguí!” con que los empuja hacia el colectivo. Pero el de Gavino parece toda una revelación para él. Se le ilumina la cara de alegría.
Lo sujeta fuertemente por el cuello y de un golpe le intro­duce el cañón de la pistola en la boca.
–¡Así que vos sos Gavino! –aulla–. ¡Así que vos...!
El dedo le tiembla sobre el gatillo. Los ojos le resplan­decen.
–Decime dónde lo tenes –ordena inapelable–. ¡Dónde está Tanco! ¡Pronto, en seguida, porque te mato, aquí mismo te mato! ¡Mira, no me cuesta nada!
El cañón de la pistola tabletea entre los dientes de Gavi­no. Del labio partido le brota un hilo de sangre. Tiene los ojos vidriados de miedo.
Pero no le dice dónde está Tanco. O es un héroe, o real­mente no tiene la menor idea sobre el paradero del general rebelde...*
A Giunta y Di Chiano los bajan del auto y también los cargan en el colectivo. A último momento se agregan tres hombres más, detenidos en las inmediaciones.



* La reconstrucción de esta escena está basada en testimonios indirectos. Meses más tarde el propio Gavino, en declaración firmada que obra en mi poder, la confirmó con es­tas palabras “... siendo en su mayoría golpeados, especialmente el suscripto, por el señor jefe de Policía, quien me aplicó varios culatazos en la cabeza, boca y tetilla izquierda, hasta hacerme caer al suelo, emprendiéndome él y varios vigilantes a puntapiés, gritan­do a viva voz, decí dónde está Tanco o te mato. Cuando se cansaron de golpearme, el se­ñor Jefe me levantó de los cabellos arrancándome gran cantidad, diciendo: Así que vos sos el famoso Gavino, esta noche te fusilamos. A continuación me revisó los bolsillos, quitándome mi cédula de identidad y unos 500 pesos, que nunca me fueron devueltos”.
Uno es el se­reno de la fábrica de caños. Otro, un chofer que acertaba a pasar por allí. El tercero, un joven que se despedía de su no­via en la puerta de la casa de ésta...
El colectivo, que es el número 40 de la línea 19, se pone en marcha guiado por su conductor habitual, Pedro Alberto Fernández, a quien se lo han requisado 45 minutos antes. Los prisioneros no saben dónde van, ni –salvo uno o dos– por qué los llevan.
Pero alguno alcanzará a oír un revelador fragmento de conversación entre los vigilantes.
“Ése”, el hombre que dirigía el procedimiento, el militar vestido de uniforme, el imparcial dispensador de culatazos y trompadas, a quien todos trataban respetuosamente de “señor”, mientras que a la distancia lo ubican con un apodo más fami­liar, ese hombre era el jefe de Policía de la Provincia de Bue­nos Aires, teniente coronel (R) Desiderio A. Fernández Suárez.

*

La señora Pilar y su hija creen estar viviendo una pesadi­lla que no termina. La casa sigue invadida de hombres que revisan muebles y cajones, que interrogan, que hablan a gri­tos. De afuera llegan todavía las órdenes secas como balazos.
Están llamadas, sin embargo, a presenciar un raro interlu­dio. Es el señor jefe de Policía que vuelve, que toma el telé­fono y que habla con voz cambiada. Son apenas unos frag­mentos de conversación y un nombre de mujer los que alcanzan a escuchar:
–... Con todo éxito... Magnífico... Parece que en el sur también se levantaron... Decile a Cacho que se cuide... Sí, con todo éxito...
Terminada la conversación, colabora en el registro de la casa. Nélida pretende alejarse del dormitorio donde el señor jefe de Policía busca entre prendas de ropa interior fabulosos planes revolucionarios, o quizás al mismo Tanco. Pero él la hace volver, “para que después no diga que le falta algo”.
La primera etapa de la “Operación Masacre” ha sido rápida. Son apenas las 23.30. En ese preciso momento, Radio del Es­tado, la voz oficial de la Nación, cesa de transmitir música de Ravel y comienza a pasar el disco 6489/94 de Igor Stravinsky.

15. LA REVOLUCIÓN DE VALLE

Lejos de allí, el verdadero alzamiento arde ya furiosamente.
En junio de 1956, el peronismo derrocado nueve meses antes realizó su primera tentativa seria de retomar el poder mediante un estallido de base militar con algún apoyo civil activo.
La proclama firmada por los generales Valle y Tanco fun­daba el alzamiento en una descripción exacta del estado de cosas. El país, afirmaba, “vive una cruda y despiadada tira­nía”; se persigue, se encarcela, se confina; se excluye de la vida cívica “a la fuerza mayoritaria”; se incurre en “la mons­truosidad totalitaria” del decreto 4161 (que prohibía siquiera mencionar a Perón); se ha abolido la Constitución para liqui­dar el artículo 40 que impedía “la entrega al capitalismo in­ternacional de los servicios públicos y las riquezas natura­les”; se pretende someter por hambre a los obreros a la “voluntad del capitalismo” y “retrotraer el país al más crudo coloniaje, mediante la entrega al capitalismo internacional de los resortes fundamentales de su economía”.
Dicho en 1956, esto era no sólo exacto: era profético. La proclama de Valle estaba singularmente desprovista de hipo­cresía. No contenía la habitual invocación a los valores occi­dentales y cristianos ni los denuestos contra el comunismo, aunque tampoco pasaba por alto el asalto a los sindicatos por “elementos reconocidos como agitadores al servicio de ideo­logías o intereses internacionales”.
Frente a este análisis, la parte programática resultaba ende­ble. Sacrificaba, quizás inevitablemente, el contenido ideológico al impacto emocional. Proponía en suma un retorno crítico al peronismo y a Perón a través de medios transparentes: elec­ciones en un plazo no mayor de 180 días, con participación de todos los partidos. En lo económico el programa contradecía típicamente la crítica previa, al asegurar “plenas garantías pa­ra los capitales foráneos invertidos o a invertirse”, etc.
La proclama ilustraba los dos aspectos que en aquellos tiempos iniciales de la resistencia, caracterizaron al peronismo: una obvia aptitud para percibir los males que sufre en forma directa en cuanto fuerza popular mayoritaria; y una notable ambigüedad para diagnosticar las causas, convertirse en movi­miento revolucionario de fondo y abandonar definitivamente al enemigo las consignas electorales y las bellas palabras.
Por supuesto Valle actuó, y entregó su vida, y eso es mu­cho más que cualquier palabra. La comprensión de su actitud es hoy más fácil que hace diez años; será más fácil aún en el futuro; su figura crecerá justicieramente en la memoria del pueblo, junto con la convicción de que el triunfo de su movi­miento hubiera ahorrado al país la vergonzosa etapa que le siguió, esta segunda década infame que estamos viviendo.
La historia del levantamiento es corta. Entre el comienzo de las operaciones y la reducción del último foco revolucio­nario transcurren menos de doce horas.
En Campo de Mayo los rebeldes encabezados por los co­roneles Cortínez e Ibazeta se han apoderado de la agrupación infantería de la escuela de suboficiales y la agrupación servi­cios de la 1a división blindada; pero la ocupación de la escue­la de suboficiales fracasa después de un corto tiroteo y el gru­po atacante queda aislado.*
A las once de la noche un grupo de suboficiales se sublevan en la Escuela de Mecánica del Ejército, pero deben ren­dirse después de un tiroteo.
En Avellaneda, en las inmediaciones del Comando de la Segunda Región Militar, se producen dos o tres escaramuzas entre rebeldes y policías. Éstos toman algunos prisioneros. Después irrumpen en la Escuela Industrial y sorprenden al te­niente coronel José Irigoyen, con un grupo que pretendía ins­talar allí el comando de Valle y una emisora clandestina. La represión es fulminante. Dieciocho civiles y dos militares son sometidos a juicio sumario en la Unidad Regional de Lanús. Seis de ellos serán fusilados: Irigoyen, el capitán Costa­les, Dante Lugo, Osvaldo Albedro y los hermanos Clemente y Norberto Ros. Dirige este procedimiento el subjefe de Poli­cía de la provincia, capitán de corbeta aviador naval Salvador Ambroggio.


* Puede encontrarse un relato detallado de las operaciones y de la represión subsi­guiente en el libro de Salvador Feria Mártires y verdugos, publicado en 1964.
Los tiros de gracia corren por cuenta del inspec­tor mayor Daniel Juárez. Con fines intimidatorios, el gobierno anunció esa madrugada que los fusilados eran dieciocho.
En La Plata, una bomba lanzada contra una zapatería cén­trica parece ser la señal que aguardan los rebeldes para en­trar en acción. En el regimiento 7, el capitán Morganti suble­va la compañía bajo su comando. Grupos de civiles toman las centrales telefónicas. En las calles céntricas, numerosos transeúntes estupefactos ven pasar varios tanques Sherman, seguidos por camiones cargados con tropas que a toda velo­cidad se dirigen al Comando de la Segunda División y el De­partamento de Policía. En éste hay apenas veinte vigilantes mal armados. Ni el jefe ni el subjefe se encuentran en él. El primero está revisando los muebles de don Horacio di Chiano, en Florida. El segundo, dirigiendo la represión en Avella­neda y Lanús.
Va a comenzar la lucha más espectacular de toda la inten­tona revolucionaria. Se dispararán alrededor de cien mil ti­ros, según un cálculo oficioso. Habrá media docena de muertos y unos veinte heridos. Pero las fuerzas rebeldes, cuya su­perioridad material es a primera vista abrumadora en ese mo­mento, no conseguirían ni el más efímero de los éxitos.
Noventa y nueve de cada cien habitantes del país ignoran lo que está pasando. En la misma ciudad de La Plata, donde el tiroteo se prolonga incesantemente toda la noche, son mu­chos los que duermen y sólo a la mañana siguiente se enteran.
A las 23.56 Radio del Estado, la voz oficial de la Nación, deja de ofrecer música de Stravinsky y pone en el aire la mar­cha con que cierra habitualmente sus programas. La voz del “speaker” se despide hasta el día siguiente a la hora de cos­tumbre. A las 24 se interrumpe la transmisión. Todo ello consta en el Libro de Locutores de Radio del Estado, en uso entonces, en la página 51, rubricada por el locutor Gutenberg Pérez.
No se ha pronunciado una sola palabra sobre los aconte­cimientos subversivos. No se ha hecho la más remota alusión a la ley marcial, que como toda ley debe ser promulgada, anunciada públicamente antes de entrar en vigencia.
A las 24 horas del 9 de junio de 1956, pues, no rige la ley marcial en ningún punto del territorio de la Nación.
Pero ya ha sido aplicada. Y se aplicará luego a hombres capturados antes de su imperio, y sin que exista –como existió, en Avellaneda– la excusa de haberlos sorprendido con las armas en la mano.

16. “A VER SI TODAVÍA TE FUSILAN...”

El colectivo con los prisioneros de Florida, entretanto, se ha dirigido al sudoeste. Cruza el límite del partido de Vicente López y entra en el de San Martín. La actitud de los vigi­lantes de la custodia es correcta o despreocupada. Algunos detenidos conversan entre sí.
–¿Por qué nos llevarán? –interroga uno.
–Y qué sé yo... –contesta otro–. Será por jugar a las cartas.
–Me huele mal. El grandote dijo algo de una revolución.
Los más desconcertados son don Horacio y Giunta. Por­que ellos ni siquiera jugaban a las cartas. Gavino, que no los conoce pero que podría ilustrarlos, guarda silencio. Desme­lenado y aturdido, enjugándose la sangre del labio, él sabe por qué los llevan.
Llegan a San Martín, dejan atrás la estación y la plaza y se detienen en la calle 9 de Julio, frente a un edificio con vi­gilantes armados en la puerta. Algunos ya se ubican. Están en la Unidad Regional de Policía. El viaje ha durado menos de veinte minutos.
Otros veinte minutos, acaso media hora, permanecen sen­tados en el colectivo antes de que los hagan bajar. Ven salir a la gente del cine más próximo. Los transeúntes los miran con curiosidad. No hay señales de agitación en ninguna parte.
A las 0.11 del 10 de junio de 1956, Radio del Estado rea­nuda sorpresivamente su transmisión, con la cadena oficial. Por espacio de veintiún minutos propala una selección de música ligera. Es el primer indicio oficial de que algo serio ocurre en el país.
Entretanto, la casa fatídica de Florida vuelve a cobrarse dos imprevisibles víctimas. Julio Troxler y Reinaldo Benavídez vienen en busca de algún amigo a quien suponen allí. No hacen más que recorrer el pasillo y llamar al departamento del fondo –extrañamente silencioso y obscuro– cuando la puerta se abre de golpe y aparecen un sargento y dos vigilan­tes que les apuntan con sus armas.
Julio Troxler apenas se inmuta, a pesar de la sorpresa. Es un hombre alto, atlético, que en todas las alternativas de esa noche revelará una extraordinaria serenidad.
Veintinueve años tiene Troxler. Dos hermanos suyos están en el Ejército, uno de ellos con el grado de mayor. Él mismo siente quizá cierta vocación militar, mal encauzada, porque donde al fin ingresa como oficial es en la policía bonaerense. Rígido, severo, no transige sin embargo con los “métodos” –con las brutalidades– que le toca presenciar y se retira en pleno peronismo. A partir de entonces vuelca su disciplina y capacidad de trabajo en estudios técnicos. Lee cuanto libro o revista encuentra sobre las especialidades que le interesan –motores, electricidad, refrigeración–. Justamente es un taller de equipos de refrigeración el que instala en Munro y con el que empieza a prosperar.
Troxler es peronista, pero habla poco de política. Cuantos lo trataron lo describen como un hombre sumamente parco, reflexivo, enemigo de discusiones. Una cosa es indudable: conoce a la policía y sabe cómo tratar con ella.
La descripción que podemos dar de Reinaldo Benavídez es aun más somera. Tiene alrededor de treinta años, es de es­tatura mediana, rostro franco y agradable. Por esa época es dueño de un almacén en sociedad, en Belgrano, y vive con los padres. A Benavídez va a sucederle algo increíble, algo que aun ubicado en esa noche de singulares aventuras y ex­periencias, parece arrancado de una exuberante novela. Pero ya volveremos sobre ello.
–Por singular coincidencia –que después va a repetir­se– Julio Troxler conoce al sargento que le ha salido al pa­so y que le apunta con su arma. Tal vez por eso han quedado un instante inmóviles los dos, observándose.
–¿Qué hubo? –pregunta Troxler.
–No sé. Tengo que llevarlos.
–¿Cómo me vas a llevar? ¿No te acordás de mí? –Sí, señor. Pero tengo que llevarlo. Es una orden que tengo.
Se aleja un instante el sargento. Va al departamento del frente, para pedir instrucciones por teléfono. Quedan solos los dos detenidos con los vigilantes. Es cierto que están de­sarmados, pero si se lo proponen pueden tal vez reducirlos y escapar. Horas más tarde, en circunstancias más difíciles, ca­si imposibles, obrarán ambos con prodigiosa decisión y san­gre fría. Ahora se quedan quietos. Es evidente que no sospe­chan nada grave.
Y se dejan llevar no más.
Los puestos policiales están en estado de alarma desde temprano. En la segunda de Florida, el comisario Pena tiene sintonizado un receptor en su despacho.
A las 0.32 en punto, Radio del Estado interrumpe la mú­sica de cámara y transmitiendo en cadena nacional anuncia que se va a dar lectura a un comunicado de la Secretaría de Prensa de la Presidencia de la Nación, promulgando dos de­cretos.
Dice así el dramático anuncio:
“Considerando que la situación provocada por elementos perturbadores del orden público obliga al gobierno provi­sional a adoptar con serena energía las medidas adecuadas para asegurar la tranquilidad pública en todo el territorio de la Nación, así como el normal cumplimiento de las finalida­des de la Revolución Libertadora, por ello, el presidente provisional de la Nación Argentina, en ejercicio del Poder Legislativo, decreta con fuerza de ley:
“Artículo 1o - Declárase la vigencia de la ley marcial en todo el territorio de la Nación.
“Art. 2o - El presente decreto-ley será refrendado por el Excelentísimo señor Vicepresidente Provisional de la Nación, y los señores ministros, secretarios de Estado, en los depar­tamentos de Aeronáutica, Ejército, Marina e Interior.
“Art.- 3o - De forma.
“Fdo.: Aramburu, Rojas, Hartung, Krause, Ossorio Arana y Landaburu”.
El segundo decreto, considerando que la ley marcial “constituye una medida cuya aplicación debe ser reglamen­tada para conocimiento de la población” dispone las normas y circunstancias en que se llevará a la práctica.
Recién ha terminado de escuchar el anuncio el comisario cuando le traen a los dos detenidos. Y lo mismo que el sar­gento, tiene un movimiento de sorpresa al ver a Troxler, a quien conoce y aprecia.
–¿Qué haces vos por acá?
El otro sonríe, encogiéndose de hombros, y explica lo su­cedido sin darle importancia. Seguramente un error... Con­versan unos momentos. Después el comisario recibe una lla­mada telefónica.
–Te piden de la Unidad –y agrega–: Che, a ver si to­davía te fusilan... Hace un momentito pasaron la ley marcial.
Se ríen los dos.
Pero el comisario se queda preocupado.

17. “PÓNGANSE CONTENTOS”

0.45. En la Unidad Regional han bajado a los prisioneros del colectivo. Los llevan por una larga galería y los introdu­cen en una oficina situada a la izquierda, donde hay varios bancos de plaza, de color verde, en los que van tomando asiento. El edificio parece en refacciones. Las paredes de esa habitación están recién pintadas, y todavía quedan por ahí al­gunos elementos de pintura.
Al principio no les ponen vigilancia a los detenidos, que tejen toda clase de conjeturas. Livraga se sienta junto a su amigo Rodríguez y lo primero que hace es preguntarle:
–Gordo, ¿estás metido en algo vos?
Rodríguez se encoge de hombros.
–Sé tanto como vos.
Giunta y don Horacio están perplejos. Lo que más les in­triga es aquella pregunta que han oído varias veces repetida: ¿Dónde está Tanco?
Los tres detenidos fuera de la casa, en los alrededores, se deshacen en explicaciones y lamentos. Uno repite incansa­blemente que él fue a cenar con unos amigos, volvió y al pa­sar por allí lo agarraron. Otro, que estaba en la puerta de la casa de su novia, despidiéndose... El sereno de la fábrica de caños, un viejo que todavía tiene puestas las botas de goma, farfulla un italiano incomprensible.
Mario Brión piensa en su esposa, que ha de estar esperán­dolo, sin saber nada: él nunca ha llegado tan tarde.
¿Se acuerda Carlitos Lizaso de aquel mensaje que dejó a su novia? “Si todo sale bien esta noche...”
Garibotti se lamenta de haberle hecho caso a su amigo Carranza, que está abatido y silencioso a su lado. Vaya a sa­ber ahora cuándo los van a soltar, tal vez a la madrugada o al mediodía siguiente... Carranza, a su vez, recuerda las pala­bras de Berta: “Entrégate, entrégate...”. Bueno, ya está entre­gado. Los demás puede que salgan, pero él... Apenas pidan sus antecedentes, está sonado. Tal vez piensa en aquel día en que se les disparó a los milicos tucumanos. La puerta está sin custodia y aunque la galería es larga, no hay nadie a la vista. Tal vez con un poco de suerte... Pero no, Berta tiene razón. Es hora ya de entregarse y que hagan con él lo que quieran.
Matar no lo van a matar, por unos panfletos y unas conversa­ciones...
Gavino está preocupado. A él tampoco lo van a soltar, ahora que lo tienen. Y sabe bien por qué lo tienen. Le toca­rán uno o dos años de cárcel, hasta que se vaya el gobierno y den una amnistía. En una de ésas lo mandan al sur. Bueno, tal vez mejor así... ahora tal vez suelten a su mujer... y no que lo maten en una noche como ésta. ¿Habrá estallado...?
En ese momento se asoma un oficial y dirigiéndose a los dos o tres que están más cerca, pregunta:
–Muchachos, ¿ustedes son detenidos políticos?
Y ante la respuesta dubitativa, agrega:
–Pónganse contentos. Estalló la revolución y ya no tene­mos comunicación con La Plata.
La Plata es el único lugar donde se combate en regla. El jefe de la sublevación, coronel Cogorno, ataca durante toda la noche el Comando de la Segunda División y la Jefatura de Policía. Las fuerzas atacantes incluyen la compañía del 7, tres tanques al mando del mayor Pratt y dos o tres centenares de civiles.
Los tanques se emplazan frente a la jefatura, pero por al­gún motivo inexplicado sólo consiguen disparar dos cañona­zos contra el edificio. Adentro hay veintitrés hombres: des­pués serán treinta y cinco.
El tiroteo de armas menores, hasta ametralladoras pesa­das, es violentísimo, pero los sitiadores no llegan a lanzar un asalto en regla. A lo mejor esperan algo que nunca se produ­ce. Lo cierto es que el coronel Piñeiro, desde adentro, se aguanta toda la noche.
El Comando de la Segunda División, a dos cuadras de la Jefatura, está proporcionalmente mucho más protegido. Tie­ne alrededor de cincuenta hombres y una ametralladora pesa­da en posición dominante –sobre los fondos de la calle 54, entre 3 y 4– con lo que se mantiene a raya a la compañía su­blevada del 7.
Entre esos hombres que están defendiendo al Gobierno con las armas en la mano, recordaremos a uno que no figuró en los diarios.
Se llama Juan Carlos Longoni. Es (era) inspector de poli­cía, un tipo flaco, cara de piedra, mirada dura y pocas pala­bras. Cesante en el peronismo, lo reincorporan en 1955. Pa­sa a ser ayudante del jefe de la División Judicial, que es el doctor Doglia...
Esa noche Longoni está durmiendo en su casa cuando oye los primeros tiros. Se levanta y sale vistiéndose a la calle. Pa­ra un taxi y se hace llevar a la zona de lucha. En lo más denso del tiroteo, el taxista se desmaya del susto. Longoni lo deja en la Asistencia, sigue solo, y logra meterse en el Comando. Pide un arma y un puesto de combate. Le entregan una Halcón y le dan a elegir el puesto que quiera. Toda la noche pelea.
Ése es el hombre a quien siete meses más tarde el jefe de Policía de la provincia dejará cesante –¡otra vez cesante!– por secundar a Doglia en sus denuncias sobre este caso. El caso de los prisioneros que en la Unidad Regional San Mar­tín seguían aguardando su incierto destino.

18. “CALMA Y CONFIANZA”

1.45. En el despacho del jefe de la Unidad Regional San Martín, inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno, tam­bién está encendida la radio. El decreto de ley marcial se ha vuelto a propalar a las 0.45, 0.50, 1.15, 1.35. Ahora lo están pasando nuevamente.
Hace alrededor de quince minutos se ha difundido el Co­municado N° 1 de la Vicepresidencia de la Nación, donde por primera vez se informa al país con algún detalle sobre lo que está ocurriendo.

En nombre del señor presidente provisional –reza el texto– se comunica al pueblo de la República que a las 23 del día sábado se produjeron levantamientos militares en algunas unidades de la provincia de Buenos Aires.
Inmediatamente el Ejército, la Marina y la Aeronáutica, apoya­dos por la Gendarmería Nacional, la Prefectura y la Policía, ini­ciaron operaciones para sofocar el intento de rebelión. Se ha decretado el imperio de la ley marcial en todo el territorio de la República.
Se recomienda a la población tener calma y confianza en la fuerza y consolidación de la Revolución Libertadora.
Firmado: Isaac F. Rojas, contraalmirante, vicepresidente provi­sional.

Uno de los prisioneros ha pedido permiso para ir al baño; en el trayecto, el vigilante que lo acompaña lo entera de lo que está pasando.
Hay consternación en el grupo cuando este hombre vuel­ve con la noticia que confirma de manera definitiva todos los indicios, las sospechas, los temores que han ido creciendo desde las once de la noche anterior, cuando por primera vez oyeron la palabra “revolución”, en boca del propio jefe de Policía. Gavino se pone pálido.
–¿A qué hora? –insiste–. ¿A qué hora?
–Parece que recién no más –le contestan.
Gavino lanza un suspiro de alivio. Sabe que no pueden hacerle nada. Está detenido antes de la ley marcial y por lo tanto no puede haberla violado.
Mario Brión tiene un presentimiento funesto.
–A ver si todavía nos matan...
Todos lo miran de reojo. Hay un silencio. Después hablan varios al mismo tiempo:
–Yo fui a cenar a casa de unos amigos, y cuando vol­vía..., cuando volvía...
–¿Está prohibido despedirse de la novia? Yo no hice na­da, yo no sé nada, a mí tienen que dejarme salir...
En el inextricable italiano del viejo sereno se destaca aho­ra una palabra, martillada a intervalos regulares “revoluzione... revoluzione...”.
Dos súbitos guardias armados con carabina imponen si­lencio desde la puerta. En todo el vasto edificio se ha produ­cido un cambio apenas perceptible, pero siniestro. La actitud antes despreocupada de los vigilantes se torna hosca, ceñuda. Voces, repiquetear de pasos en la galería adquieren singula­res resonancias. Después, prolongados silencios.
Ajeno a todo, desparramado sobre un banco, como un gran Neptuno negro, el sargento Díaz ronca estertorosamen­te. Su amplio tórax asciende y desciende con pausado ritmo. El sueño le barniza el rostro con una máscara impasible.
Los demás empiezan a mirarlo con fastidio, con espanto.

19. QUE NADIE SE EQUIVOQUE...

2.45. Rodríguez Moreno tiene un mal palpito. ¿Porqué a él, justamente a él, tenían que caerle estos pobres diablos? Y sin embargo, hay como una misteriosa justificación, una fi­delidad del destino en la misión que le va a tocar.
Hombre imponente, duro, de accidentada y tempestuosa ca­rrera es Rodríguez Moreno. La tragedia lo sigue como un perro devoto. Ya antes de 1943, estando al frente de una comisaría de Mar del Plata, aparece complicado, según versiones, en un he­cho escalofriante. Un linyera es golpeado brutalmente en un ca­labozo y arrojado luego a una playa, completamente desnudo en una noche de crudo invierno. Muere de frío. Parece que a Rodríguez Moreno lo procesan y hasta lo encarcelan en Dolo­res. Pero después sale en libertad. Porque era inocente, dicen sus defensores. Por influencias políticas, sostienen sus detrac­tores. El episodio queda obscuro y olvidado.
Y ahora esto. Y más tarde, a fines de 1956, de nuevo en Mar del Plata, donde lo han trasladado como jefe de la Uni­dad Regional, se hablará de un episodio similar. Un carterista chileno muerto a cachiporrazos en un calabozo. ¿Tiene algo que ver Rodríguez Moreno? Dicen que no... Pero el desastre lo sigue. A comienzos de 1957, en un procedimiento dirigido por él, un vigilante cae acribillado a tiros de ametralladora por sus propios compañeros. Un infortunado accidente, dicen los diarios.
Junto a él, esa noche del 9 de junio, está el segundo jefe de la Unidad, comisario Cuello. Un hombre bajo, nervioso, sobre quien circulan también contradictorias versiones.
–Vamos a tomarles declaración –dispone Rodríguez Moreno.
Los detenidos empiezan a desfilar individualmente, en dos tandas. Una va al propio despacho del Jefe. Otra, a la ofi­cina del oficial sumariante.
Juan Carlos Livraga está inquieto. No quiere creer que su amigo Vicente Rodríguez lo haya engañado, pero una intole­rable sospecha le ronda por la cabeza. Por eso, cuando Rodrí­guez vuelve de declarar, se levanta, apresuradamente y pasa antes de que lo llamen. Quiere ser interrogado por la misma persona, averiguar lo que ha dicho su amigo, ampararse en el testimonio de éste.
El interrogatorio es largo, minucioso. Le preguntan si sa­bía algo de la revolución. Contesta que no. Hace un detalla­do relato de su llegada a la casa del procedimiento. Subraya que ha ido sólo a escuchar la pelea. Un empleado condensa todo en un par de líneas escritas a máquina.
Le muestra una pila de brazaletes, de color celeste y blan­co, con dos letras estampadas: P. V. Le preguntan si los ha vis­to antes. Contesta que no. El dactilógrafo escribe otro renglón. Le muestran un revólver. Le preguntan si es suyo. La pregunta asombra a Livraga. El arma no le pertenece, pero lo raro es que ellos no sepan de quién es.
Dos o tres líneas más se agregan a la declaración. La ho­ja, una larga hoja, se curva sobre el rodillo y cae hacia atrás. Livraga observa que contiene otras declaraciones anteriores a la suya. En la posición que se halla, frente al dactilógrafo, alcanza sin embargo a descifrar algunos renglones inverti­dos. Se tranquiliza cuando ve: “Rodríguez ... casualidad ... amigo ... pelea ... ignora ...”. Rodríguez ha declarado lo mis­mo que él. Otros testimonios son similares. A Giunta, el fiso­nomista, lo interroga un oficial “gordito, de pelo enrulado, de bigote a la americana”.
Gavino sabe perfectamente que no le van a creer si dice que él también estaba por casualidad en el departamento de Torres. Busca alguien que lo secunde. Se pone de acuerdo con Carranza. Y ambos declaran que son simpatizantes pero­nistas, que presumían el estallido del motín y fueron a escu­char la noticia por radio.
–¿Qué hacía usted en esa casa? –le preguntan a Di Chiano.
–Qué iba a hacer... Es mi casa.
–¿Qué hacía?
–Estaba con mi familia, escuchando la radio.
–¿Nada más?
–Nada más.
A Troxler y Benavídez los tienen desde su llegada en otra dependencia, sin mezclarlos con los primeros. Sus testimo­nios son los más breves. Al fin y al cabo no han hecho más que ir y llamar a una puerta.
–¿Qué hacen con nosotros? –pregunta uno de ellos.
–Creo que los mandan a La Plata –le responden ambi­guamente.
A las 2.53 la cadena nacional de radiodifusión ha conec­tado con el despacho del vicepresidente de la Nación, con­traalmirante Rojas, y éste en persona lee el Comunicado N° 2, informando que se ha dominado el motín en la Escuela de Me­cánica del Ejército y que se está retomando la Escuela de Suboficiales de Campo de Mayo.
“Que nadie se equivoque –concluye–. La Revolución Libertadora cumplirá inexorablemente sus fines”.
3.45. Han terminado los interrogatorios. Dos oficiales se paran a conversar cerca de la puerta.
–A estos cosos –dice uno, volviendo la cabeza–, si el asunto se da vuelta los largamos en seguida...
Pero el asunto no se da vuelta. Todo lo contrario. En La Plata disminuye el tiroteo. Los rebeldes comprenden la impo­sibilidad de tomar la Jefatura o el Comando: la carrera con el tiempo está perdida. Un avión naval que arroja una bengala provoca corridas y deserciones. Es apenas un anticipo de lo que va a ocurrir cuando las primeras luces permitan el vuelo de máquinas gubernamentales. En Río Santiago se alista la infantería de marina. El propio jefe de Policía se ha puesto fi­nalmente en camino llevando refuerzos.
En la Unidad Regional los prisioneros, nerviosos y soñolien­tos, tiritan en los bancos. El frío es intenso. Desde las 3, el ter­mómetro marca 0 grados. Parece que ya no los van a mover de aquí esta noche. Algunos tratan de acurrucarse para dormitar.
Es entonces cuando empiezan a llamarlos de nuevo, de a uno. El primero que vuelve explica que le han sacado todo lo que llevaba encima: dinero, el reloj, hasta las llaves. Y mues­tra el recibo que le dieron.
Algunos alcanzan a precaverse. Livraga, por ejemplo, que tiene cuarenta pesos, esconde treinta en una media. Le entre­gan recibo por “Un reloj White Star, llavero, diez pesos y un pañuelo”. (Firma el oficial Albarello.)
A Benavídez le reciben “Doscientos diecinueve con cua­renta y cinco, documentos y elementos varios”. A Giunta, quince pesos, un pañuelo y cigarrillos.
El que tiene más dinero es Carlitos Lizaso. Varios testigos lo han visto salir de Vicente López esa tarde con más de dos mil pesos en la billetera. Incluso hubo quien le aconsejó no llevar una suma tan grande consigo. En la Unidad Regional le hacen constar la entrega de sólo setenta y ocho pesos.
¿Acaso ha imitado la actitud de Livraga? Puede ser. Lo cierto es que esos dos mil pesos desaparecerán finalmente, en un bolsillo u otro. Y no será el único caso. Sólo una pequeña parte del botín recogido esa noche –dinero, relojes, ani­llos– volverá a poder de sus dueños.
La atmósfera se hace cada vez más pesada entre los dete­nidos. Una cosa es ya evidente: no piensan soltarlos.

20. ¡FUSILARLOS!

4.45. Parece que Rodríguez Moreno estuviera tratando de ganar tiempo. No ha de resultarle muy agradable salir con semejante noche para matar a diez o quince infelices. Perso­nalmente está convencido de que más de la mitad no tienen nada que ver. Y aun los otros le inspiran dudas. Nerviosos partes se cambian entre él y el jefe de Policía, que ya ha lle­gado a La Plata. Las instrucciones son terminantes: fusilar­los. La alternativa: quedar incluido él mismo en la ley mar­cial. Parece que hasta se habla de mandarle un delegado con tropas.
A las 4.47 se difunde el Comunicado N° 3 de la Vicepresidencia de la República:
“Campo de Mayo se rindió. La Plata, prácticamente domi­nada. En Santa Rosa, el regimiento de caballería se alista para reducir el último foco. Han sido ejecutados dieciocho rebeldes civiles que pretendieron asaltar una comisaría en Lanús”.
La infantería de Marina y la Escuela de Policía levantan el asedio de la Jefatura. Los rebeldes se dispersan. Fernández Suárez llega a la Casa de Gobierno, donde el coronel Bonnecarrere ha tenido que limitarse toda la noche a escuchar el ti­roteo cercano, y se encamina con él a la Jefatura. Están su­biendo la amplia escalinata que da a la plaza Rivadavia cuando Fernández Suárez se dirige a un subordinado y en voz que todos escuchan da la orden:
–¡A esos detenidos de San Martín, que los lleven a un descampado y los fusilen!
Parece que no basta. Fernández Suárez debe acudir perso­nalmente al transmisor.
Rodríguez Moreno recibe la orden. Inapelable. Y se decide.

21. “LE DABA PECADO...”

A último momento, hay tres que tienen suerte. El sereno, “el hombre que fue a cenar” y “el hombre que se despedía de la novia”. Los llaman aparte, les devuelven documentos y efectos personales, los dejan en libertad.
Rodríguez Moreno dirá más tarde que los liberó “por su propia cuenta” y que la orden de fusilamiento los in­cluía.
A los demás los hacen salir a la calle. Frente a la Unidad hay estacionado un carro de asalto, uno de esos camiones azules con carrocería abierta a ambos lados y bancos trans­versales de madera. Detrás, a algunos metros de distancia, espera una camioneta policial. Junto a ella un hombre de ba­ja estatura, enfundado en un impermeable, se restriega ner­viosamente las manos. Es el comisario Cuello.
Los prisioneros reciben orden de subir al camión. Todavía alguno vuelve a preguntar:
–¿Adonde nos llevan?
–Quédense tranquilos –llega la artera respuesta–. Los trasladamos a La Plata.
Ya casi han subido todos. En ese momento sucede una es­cena curiosa. Es Cuello, que en un brusco impulso grita:
–¡Señor Giunta!
Giunta se da vuelta, sorprendido, y camina hacia él.
Ahora hay casi un acento de súplica en la voz baja y re­concentrada de Cuello.
–Pero, señor Giunta... –mueve un poco los brazos, con las manos crispadas–, pero usted ¿estaba en esa casa? ¿Real­mente estaba?
Giunta comprende en un relámpago que le está pidiendo que diga que no. Apenas una sílaba para soltarlo, para arre­glar su situación de cualquier manera. La cara de Cuello le sorprende: tensa, los ojos un poco extraviados, un músculo incontrolable palpitándole en una mejilla (“Él sabía que yo era inocente. Le daba pecado mandarme a morir”, dirá más tarde Giunta en su gráfico lenguaje).
Pero Giunta no puede mentir. Mejor dicho: no sabe por qué tiene que mentir.
–Sí, yo estaba.
El policía se lleva la mano a la cabeza. Es un gesto que dura una fracción de segundo. Pero es extraño... Después re­cobra el dominio de sus nervios.
–Está bien –dice secamente–. Vaya.
Giunta no olvidará la escena. A lo largo de minutos y mi­nutos la irá elaborando sin darse cuenta. Él ya va condiciona­do, inconscientemente prevenido para lo que pueda ocurrir. Tiene el hábito profesional de observar caras, estudiar sus re­flejos y reacciones. Y lo que acaba de ver en el rostro de Cue­llo es todavía informe, nebuloso, pero inquietante.
Ya están todos arriba. Y otra vez surge el enigma: ¿cuán­tos eran? Diez, calculó Livraga. Diez, repetirá don Horacio di Chiano. Pero no los han contado. Once, dirá Gavino. Once, estimarán también Benavídez y Troxler.* Pero es evidente que son más de diez y más de once, porque además de ellos cinco, están Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso, Giunta, Brión y Rodríguez. Doce por lo menos. Doce, calculará Giunta, y lo confirmará Rodríguez Moreno, quien, sin embargo, menciona a alguien “con apellido extranjero, parecido a Carnevali, que luego se asiló en una embajada”. Doce o trece, declara Cuello. Pero Juan Carlos Torres, basándose en testimonios indirec­tos, hablará de catorce. Y el jefe de Policía de la provincia, meses más tarde, también hablará de catorce detenidos en Florida. Si existieron esos dos hombres adicionales, uno de ellos debió ser el anónimo suboficial que menciona Torres.
¿Y los vigilantes? Son trece, según un testimonio. Parece que van al mando de un cabo Albornoz, de la subcomisaría de Villa Ballester, a juzgar por información obtenida de otra fuente. ¿Es el mismo a quien verá más tarde Livraga en sin­gulares circunstancias? No lo sabemos.
Una cosa llama fuertemente la atención. Los policías van armados de simples máuseres. Para la misión que llevan, y en las circunstancias en que la van a cumplir, es casi incompren­sible. ¿Se trata de una oportunidad, una “aliviada” que cons­ciente o inconscientemente va a darles Rodríguez Moreno a los prisioneros? ¿O es que no existen fusiles ametralladoras en la Unidad Regional? Enigma de difícil respuesta. Lo indu­dable es que gracias a esa afortunada circunstancia –y a otras igualmente extrañas que veremos luego– la mitad de los condenados salvarán la vida.
Éstos no saben que están condenados, sin embargo, y esa inaudita crueldad debe subrayarse en la tabla de agravantes y atenuantes. No se les ha dicho que los van a matar. Más aún, hasta último momento habrá quien pretenda engañarlos.
Los vigilantes colocan las cortinas de loneta que cierran la carrocería y el vagón policial, seguido por la camioneta donde viajan Cuello, Rodríguez Moreno y el oficial Cáceres, se pone en marcha en dirección noroeste, por la calle 9 de Ju­lio y su continuación Balcarce, que a su vez se prolonga en la ruta 8. Recorre 2100 metros –unas quince cuadras pobla­das– antes de salir al primer descampado, que tiene unos mil metros de largo. Allí la ruta oblicua hacia el oeste.



*En su declaración, Gavino nombra a los presos, inclusive a “N. N. un hombre jo­ven, de aproximadamente 35 años, rubio y de bigotes”, que debe ser Giunta. Pero omite a Mario Brión. En cambio, la declaración conjunta de Troxler y Benavídez (también en mi poder) nombra a “Mario N.”, pero omite a Giunta. La explicación que se me ocurre es ésta: Gavino, Troxler y Benavídez no conocían con anterioridad a Brión ni a Giunta. Entre estos dos, hay cierto parecido físico. Al verlos en momentos sucesivos dentro de la penumbra del camión, llegaron a identificar el uno con el otro, haciendo de dos personas una sola.
Los prisioneros no tienen oportunidad de observar estos de­talles topográficos. Van como en una celda, en una obscuridad casi completa. Lo único que pueden ver es el rectángulo de ca­mino pavimentado que allá adelante les permite el parabrisas.
Hace un frío cruel. La temperatura se mantiene en cero grados. Los que más sufren son Giunta, que lleva una simple campera, y Brión con su tricota blanca. Están sentados fren­te a frente, sobre la izquierda, Brión en el primer banco do­ble, de espaldas al conductor, y Giunta en el segundo, miran­do hacia adelante. Uno de los broches de la cortina que cierra la puerta está roto, y la tela flamea con golpes secos, dejan­do entrar un helado chorro de viento, cortante como un cu­chillo. Se turnan los dos para sujetarla y hablan en voz baja.
–Yo creo que nos matan, don Lito –dice Brión.
Giunta va masticando el incidente con Cuello, pero trata de consolar a su vecino.
–No piense en esas cosas, don Mario. No oyó que nos llevan a La Plata...
Si pudieran ver, se darían cuenta de que se alejan cada vez más de su presunto destino. Al lado de Giunta va don Horacio. Él también cree que los llevan a La Plata. Enfren­te tiene a Vicente Rodríguez, silencioso y pensativo. Gavino va junto a Carranza. El primero teme. El segundo está con­fiado. Confiado también, seguro, casi optimista dentro de las circunstancias, parece Juan Carlos Livraga. Él es colectivero, conoce bien las rutas, tendría que darse cuenta de que no los llevan adonde dicen. Sin embargo, no observa nada.
En los bancos de atrás viajan Lizaso, Díaz, Benavídez, Troxler... Éste va tenso, alerta, tratando de espiar el mínimo indicio que le permita ubicarse. Conoce bien a los vigilantes, está acostumbrado a tratarlos y mandarlos. ¿Por qué ninguno quiere mirarlo de frente? Algo les habrá visto Julio Troxler para sentirse tan desconfiado.
El camión entra nuevamente en zona poblada. A la iz­quierda hay casas más o menos dispersas en un trecho de mil metros. Luego aparecen también a la derecha. La ruta corta en diagonal lotes y calles a lo largo de mil metros más. Y de pronto se amplía, se bifurca. Troxler casi da un salto. Acaba de reconocer el lugar. Están en el cruce de la ruta 8 y el ca­mino de cintura. Por lo tanto, no sólo no van a La Plata, sino que se dirigen en sentido contrario. Y la ruta 8 conduce a Campo de Mayo. Y en Campo de Mayo...
Un singular incidente interrumpe sus deducciones. El chófer se ha descompuesto. Para el camión, baja, parece que devuelve. Hay consultas con los que vienen en la camioneta.
Uno de los prisioneros –es Benavídez– ofrece su cola­boración.
–Si quieren, manejo yo –dice con toda inocencia–. Yo sé manejar.
No le hacen caso. Sube el chófer. Vuelven a arrancar.
“Y en Campo de Mayo... “, piensa Troxler. Pero se equi­voca. Porque el carro de asalto dobla a la derecha, en ángulo recto, toma el camino de cintura, ¡va hacia el norte!
Es incomprensible.

22. EL FIN DEL VIAJE

Realmente es incomprensible. ¿Qué piensa Rodríguez Moreno? Siguiendo al oeste por la ruta 8, a unas diez cuadras de allí empieza un descampado de cuatro o cinco kilómetros, un verdadero desierto en la noche, que hasta tiene un puente sobre un río... Un escenario perfecto para lo que se planea. Y sin embargo, dobla al norte, hacia José León Suárez, se inter­na en una zona semipoblada, donde sólo hay baldíos de tres o cuatro cuadras de largo.
¿Es estupidez? ¿Es anticipado remordimiento? ¿Puede ig­norar la zona? ¿Es un inconsciente impulso de buscar testigos para el crimen que va a cometer? ¿Quiere brindar una po­sibilidad “deportiva” a los condenados, librarlos al destino, a la suerte, a la astucia de cada uno? ¿Quiere de este modo ab­solverse, delegando el fin de cada cual en manos de la fatali­dad? ¿O quiere todo lo contrario: apaciguarlos, para que re­sulte más fácil darles muerte?
Hay uno por lo menos que no se apacigua. Es Troxler. Y al fin ha conseguido que uno de los guardianes lo mire y le sostenga la mirada. Pero hace algo más ese vigilante anóni­mo. Con la rodilla le da un golpe rápido, deliberado, inequí­voco. Una señal.
Troxler, pues, ya sabe. Pero decide jugar una carta audaz, forzar una decisión o por lo menos poner sobre aviso a los otros.
–¿Qué pasa? –pregunta en voz alta–. ¿Por qué me to­ca?
Pánico se refleja en la mirada del policía. Ya está arrepen­tido de lo que hizo. El cabo lo mira con suspicacia.
–Por nada, señor –contesta atropelladamente–. Fue sin querer.

El camión se ha detenido.
–¡Bajen seis! –ordena el cabo.
Don Horacio es el primero en descender, por la derecha del camión. Lo siguen Rodríguez, Giunta, Brión, Livraga y algún otro, custodiados por igual número de vigilantes. Por primera vez pueden observar los alrededores. Están sobre un camino de asfalto. Hay campo a ambos lados. Frente a ellos, del lado en que bajaron, la cuneta está anegada, y detrás hay un alambrado. El sitio, a pesar de todo, es casi perfecto.
Pero entonces vuelve a surgir una voz de orden desde la camioneta policial estacionada detrás:
–No, aquí no. ¡Más adelante!
Los suben y se reanuda la marcha. Troxler recomienza su angustioso oficio mudo. Ahora trata de captar la mirada de los otros detenidos, combinarse con ellos, alertarlos para un desesperado golpe de mano. Pero es inútil. Los demás pare­cen aturdidos, resignados, idiotizados. Todavía no creen, no pueden creer... Sólo Benavídez da la impresión de responder­le. Está alerta como él, tenso y expectante.
Trescientos metros anda el camión antes de pararse por última vez. Y ésta es la definitiva. Casi treinta minutos ha du­rado el viaje de siete kilómetros.
Bajan los mismos prisioneros. También Carranza y Gavino. Tal vez Garibotti y Díaz. Troxler afirmará luego que arriba quedan con él Benavídez, Lizaso y el suboficial anónimo.* Otros testimonios son confusos, divergentes, contaminados to­davía por el pánico.
A la derecha del camino, obscuro y desierto, nace una callecita pavimentada que conduce a un Club Alemán.


* O acaso “Mario N.”, es decir Brión, cuyo apellido ignoraba Troxler. Pero otros so­brevivientes aseguraron que Mario bajó con ellos. La contradicción –típica de situacio­nes semejantes– permanece insoluble hasta ahora.
De un lado la calle tiene una hilera de eucaliptus, que se recortan al­tos y tristes contra el cielo estrellado. Del otro, a la izquier­da, se extiende un amplio baldío, un depósito de escorias, el siniestro basural de José León Suárez, cortado de zanjas ane­gadas en invierno, pestilente de mosquitos y bichos insepul­tos en verano, corroído de latas y chatarra.
Por el borde del baldío hacen caminar a los detenidos. Los vigilantes los empujan con los cañones de los fusiles. La ca­mioneta entra en la calle y les alumbra las espaldas con los faros.
Ha llegado el momento...

23. LA MATANZA

...Ha llegado el momento. Lo señala un diálogo breve, im­presionante.
–¿Qué nos van a hacer? –pregunta uno.
–¡Camine para adelante! –le responden.
–¡Nosotros somos inocentes! –gritan varios.
–No tengan miedo –les contestan–. No les vamos a hacer nada.
¡NO LES VAMOS A HACER NADA!
Los vigilantes los arrean hacia el basural como a un reba­ño aterrorizado. La camioneta se detiene, alumbrándolos con los faros. Los prisioneros parecen flotar en un lago vivísimo de luz. Rodríguez Moreno baja, pistola en mano.
A partir de ese instante el relato se fragmenta, estalla en doce o trece nódulos de pánico.
–Disparemos, Carranza –dice Gavino–. Yo creo que nos matan.
Carranza sabe que es cierto. Pero una remotísima espe­ranza de estar equivocado lo mantiene caminando.
–Quedémonos... –murmura–. Si disparamos, tiran se­guro.
Giunta camina a los tumbos, mirando hacia atrás, un bra­zo a la altura de la frente para protegerse del destello que lo encandila.
Livraga se va abriendo hacia la izquierda, sigilosamente. Paso a paso. Viste de negro. De pronto, lo que parece un mi­lagro: los reflectores dejan de molestarlo. Ha salido del cam­po luminoso. Está solo y casi invisible en la obscuridad. Diez metros más adelante se adivina una zanja. Si puede llegar...
La tricota de Brión brilla, casi incandescente de blanca.
En el carro de asalto Troxler está sentado con las manos apoyadas en las rodillas y el cuerpo echado hacia adelante. Mira de soslayo a los dos vigilantes que custodian la puerta más cercana. Va a saltar...
Frente a él Benavídez tiene en vista la otra puerta.
Carlitos, azorado, sólo atina a musitar:
–Pero, cómo... ¿Así nos matan?
Abajo Vicente Rodríguez camina pesadamente por el te­rreno accidentado y desconocido. Livraga está a cinco me­tros de la zanja. Don Horacio, que fue el primero en bajar, también ha logrado abrirse un poco en la dirección opuesta.
–¡Alto! –ordena una voz.
Algunos se paran. Otros avanzan todavía unos pasos. Los vigilantes, en cambio, empiezan a retroceder, tomando dis­tancia, y llevan la mano al cerrojo de los máuseres.
Livraga no mira hacia atrás, pero oye el golpe de la mani­vela. Ya no hay tiempo para llegar a la zanja. Va a tirarse al suelo.
–¡De frente y codo con codo! –grita Rodríguez Moreno.
Carranza se da vuelta, con el rostro desencajado. Se pone de rodillas frente al pelotón.
–Por mis hijos... –solloza–. Por mis hi...
Un vómito violento le corta la súplica.
En el camión Troxler ha tendido la flecha de su cuerpo. Casi toca las rodillas con la mandíbula.
¡Ahora! –aulla y salta hacia los dos vigilantes.
Con una mano aferra cada fusil. Y ahora son ellos los que temen, los que imploran:
–¡Las armas no, señor! ¡Las armas no!
Benavídez ya está de pie y toma de la mano a Lizaso.
–¡Vamos, Carlitos!
Troxler les junta las cabezas a los vigilantes y tira uno a cada lado, como muñecos. Da un salto y se pierde en la noche.
El anónimo suboficial (¿o es un fantasma?) tarda en reac­cionar. Se incorpora a medias. Desde la punta del coche un tercer vigilante lo está cubriendo con el fusil. Se oye el tiro. El suboficial hace ¡Aaaah!, y vuelve a sentarse, como estaba. Pero muerto.
Benavídez salta. Siente los dedos de Carlitos que se des­lizan entre los suyos. Con desesperada impotencia compren­de que el chico se le queda, sepultado bajo los tres cuerpos que se le echan encima.
Abajo, los policías oyen el tiro a retaguardia y por una fracción de segundo titubean. Algunos se dan vuelta.
Giunta no espera más. ¡Corre!
Gavino hace lo mismo.
El rebaño empieza a desgranarse.
–¡Tírenles! –vocifera Rodríguez Moreno.
Livraga se arroja de cabeza al suelo. Más allá, Di Chiano también se zambulle.
La descarga atruena la noche.
Giunta siente una bala junto al oído. Detrás oye un impac­to, un gemido sordo y el golpe de un cuerpo que cae. Proba­blemente es Garibotti. Con prodigioso instinto, Giunta hace cuerpo a tierra y se queda inmóvil.
A Carranza, que sigue de rodillas, le apoyan el fusil en la nuca y disparan. Más tarde le acribillan todo el cuerpo.
Brión tiene pocas posibilidades de huir con esa tricota blanca que brilla en la noche. Ni siquiera sabemos si lo in­tenta.
Vicente Rodríguez ha hecho cuerpo a tierra una vez. Aho­ra oye los vigilantes que se acercan corriendo. Trata de le­vantarse, pero no puede. Se ha cansado en los primeros trein­ta metros de fuga y no es fácil mover el centenar de kilos que pesa. Cuando al fin se incorpora, es tarde. La segunda des­carga lo voltea.
Horacio di Chiano dio dos vueltas sobre sí mismo y se quedó inmóvil, como si estuviera muerto. Oye silbar sobre su cabeza los proyectiles destinados a Rodríguez. Uno pica muy cerca de su rostro y lo cubre de tierra. Otro le perfora el pan­talón sin herirlo.
Giunta permanece unos treinta segundos pegado al suelo, invisible. De pronto salta como una liebre, zigzagueando. Cuando presiente la descarga, vuelve a tirarse. Casi al mismo tiempo oye otra vez el alucinante zumbido de las balas. Pero ya está lejos. Ya está a salvo. Cuando repita su maniobra, ni siquiera lo verán.
Díaz escapa. No sabemos cómo, pero escapa.* Gavino co­rre doscientos o trescientos metros antes de pararse. En ese mo­mento oye otra serie de detonaciones y un alarido aterrador, que perfora la noche y parece prolongarse hasta el infinito.
–Dios me perdone, Lizaso –dirá más tarde, llorando, a un hermano de Carlitos–. Pero creo que era su hermano. Creo que él vio todo y fue el último en morir.
Sobre los cuerpos tendidos en el basural, a la luz de los fa­ros donde hierve el humo acre de la pólvora, flotan algunos gemidos. Un nuevo crepitar de balazos parece concluir con ellos. Pero de pronto Livraga, que sigue inmóvil e inadverti­do en el lugar en que cayó, escucha la voz desgarradora de su amigo Rodríguez, que dice:
–¡Mátenme! ¡No me dejen así! ¡Mátenme!
Y ahora sí, tienen piedad de él y lo ultiman.

24. EL TIEMPO SE DETIENE

Horacio di Chiano no se mueve. Está tendido de boca, los brazos flexionados a los flancos, las manos apoyadas en el suelo a la altura de los hombros. Por un milagro no se le han roto los anteojos que lleva puestos. Ha oído todo –los tiros, los gritos– y ya no piensa. Su cuerpo es territorio del miedo que le penetra hasta los huesos: todos los tejidos saturados de miedo, en cada célula la gota pesada del miedo. No moverse. En estas dos palabras se condensa cuanta sabiduría puede ate­sorar la humanidad. Nada existe fuera de ese instinto ancestral.
¿Cuánto tiempo hace que está así, como muerto? Ya no lo sabe. No lo sabrá nunca. Sólo recuerda que en cierto momen­to oyó las campanas de una capilla próxima. ¿Seis, siete cam­panadas? Imposible decirlo. Acaso eran soñados aquellos so­nes lentos, dulces y tristes que misteriosamente bajaban de las tinieblas.
A su alrededor se dilatan infinitamente los ecos de la es­pantosa carnicería, las corridas de los prisioneros y los vigi­lantes, las detonaciones que enloquecen el aire y reverberan en los montes y caseríos más cercanos, el gorgoteo de los moribundos.
Por fin, silencio. Luego el rugido de un motor. La camio­neta se pone en marcha. Se para. Un tiro. Silencio otra vez. Torna a zumbar el motor en una minuciosa pesadilla de mar­chas y contramarchas.



* En lo que respecta a Díaz... los deponentes no recuerdan en qué momento bajó, pero lo cierto es que cuando ellos lo hicieron, Díaz ya no estaba en el camión; es muy posible que... en un descuido de los agentes haya bajado...” Declaración conjunta de Benavídez y Troxler.
Don Horacio comprende, en un destello de lucidez. El ti­ro de gracia. Están recorriendo cuerpo por cuerpo y ultiman­do a los que dan señales de vida. Y ahora...
Sí, ahora le toca a él. La camioneta se acerca. El suelo, ba­jo los anteojos de don Horacio, desaparece en incandescen­cias de tiza. Lo están alumbrando, le están apuntando. No los ve, pero sabe que le apuntan a la nuca.
Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez le tiren lo mismo. Tal vez les extrañe justamente que no se mueva. Tal vez descubran lo que es evidente, que no está herido, que de ninguna parte le brota sangre. Una náusea espantosa le surge del estómago. Alcanza a estrangularla en los labios. Quisiera gritar. Una parte de su cuerpo –las muñecas apoyadas como palancas en el suelo, las rodillas, las puntas de los pies– qui­siera escapar enloquecida. Otra –la cabeza, la nuca– le re­pite: no moverse, no respirar.
¿Cómo hace para quedarse quieto, para contener el alien­to, para no toser, para no aullar de miedo?
Pero no se mueve. El reflector tampoco. Lo custodia, lo vigila, como en un juego de paciencia. Nadie habla en el se­micírculo de fusiles que lo rodea. Pero nadie tira. Y así trans­curren segundos, minutos, años...
Y el tiro no llega.
Cuando oye nuevamente el motor, cuando desaparece la luz, cuando sabe que se alejan, don Horacio empieza a respi­rar, despacio, despacio, como si estuviera aprendiendo a ha­cerlo por primera vez.

Más cerca de la ruta pavimentada, Livraga también se ha quedado quieto, pero infortunadamente para él, en una posición distinta. Está caído de espaldas, cara al cielo, con el brazo de­recho estirado hacia atrás y la barbilla apoyada en el hombro...
Además de oír, él ve mucho de lo que pasa: los fogonazos de los tiros, los vigilantes que corren, la exótica contradanza de la camioneta que ahora retrocede despacio en dirección al camino. Los faros empiezan a virar a la izquierda, hacia don­de él está. Cierra los ojos.
De pronto siente un irresistible escozor en los párpados, un cosquilleo caliente.
Una luz anaranjada en la que bailan fantásticas figuritas violáceas le penetra la cuenca de los ojos.
Por un reflejo que no puede impedir, parpadea bajo el chorro vivísimo de luz.
Fulmínea brota la orden:
–¡Dale a ése, que todavía respira! Oye tres explosiones a quemarropa. Con la primera brota un surtidor de polvo junto a su cabeza. Luego siente un do­lor lacerante en la cara y la boca se le llena de sangre.
Los vigilantes no se agachan para comprobar su muerte.
Les basta ver ese rostro partido y ensangrentado.
Y se van creyen­do que le han dado el tiro de gracia. No saben que ése (y otro que le dio en el brazo) son los primeros balazos que le aciertan.
El fúnebre carro de asalto y la camioneta de Rodríguez Moreno se alejan por donde vinieron.
La “Operación Masacre” ha concluido.


25. EL FIN DE UNA LARGA NOCHE

Los fugitivos se desbandaron por el campo nocturno.
Gavino no ha parado de correr. Salta charcos y zanjas, lle­ga a un camino de tierra, ve casas a lo lejos, se interna por ca­lles que no conoce, tropieza con una vía férrea, la sigue, lle­ga a las inmediaciones de la estación Chilavert, del Mitre, milagrosamente encuentra un colectivo, lo toma...
Es el primero que busca asilo en una embajada latinoamericana, en plena vigencia de la ley marcial. La terrible aven­tura había terminado para él.
No así para Giunta, a quien le esperaba todavía una pesa­dilla inagotable. Apenas llegó a zona poblada, buscó refugio en el jardín de una casa. Adentro había luz encendida y mo­vimiento. Casi todo el vecindario de José León Suárez esta­ba despierto con el tiroteo.
No hizo más que entrar el aterrado fugitivo en el jar­dín, cuando se abrió una ventana y apareció una mujer gri­tando:
–¡Ni se atreva, ni se atreva! –y agregó, dando media vuelta y dirigiéndose al parecer al dueño de casa–: ¡Dale vos, ya que se salvó!
Giunta no espera oír más. El mundo debe parecerle enlo­quecido esta noche. Todos quieren matarlo...
Franquea la cerca de un salto y reanuda su desesperada carrera. Ahora elude las zonas transitadas, camina delibera­damente por calles de tierra.
No puede evitar un encuentro, sin embargo. Son tres mu­chachos parados en un esquina, que lo miran pasar con curio­sidad. Con voz entrecortada les cuenta algo de lo sucedido y les pide dinero, aunque sea unas monedas para tomar cual­quier medio de transporte y alejarse de ese infierno. En esos noctámbulos encuentra un corazón menos duro. Uno le da un peso, otro un billete de diez.
Giunta, como Gavino, llega a la estación Chilavert. Pro­bablemente ninguno de los dos sabía que ése era el nombre de otro fusilado, el vencido de Caseros... Se dirige a la ventanilla y pide un boleto. –¿Para dónde? –pregunta el empleado. Giunta lo mira con asombro. No tiene la menor idea. No sabe siquiera dónde está. Debe ser todo un espectáculo este hombre de ojos desencajados, pelos de punta y rostro cubierto de sudor en esta noche helada, que pide un boleto y no sa­be con qué destino.
–¿Para dónde? –repite el empleado, mirándolo con cu­riosidad.
–Para cualquier parte... ¿Adonde va esta línea?
–A Retiro.
–Eso es. A Retiro. Déme un boleto para Retiro. Recibe el boleto. Se apoya contra una pared. Cierra los ojos y respira hondo. Cuando vuelve a abrirlos, hay en la pla­taforma tres desconocidos que lo miran, lo miran...
Los tres parecen clavar los ojos en un mismo punto. Giun­ta baja la cabeza y descubre sus zapatos embarrados, sus pan­talones desgarrados por la fuga.
Pero ya llega el tren. Sube de un salto. Los desconocidos suben tras él. Giunta empieza a caminar a lo largo de los va­gones. Dos de aquellos hombres se han sentado. Pero el ter­cero lo sigue, casi pisándole los talones.
Giunta obra con enorme lucidez: aminora el paso, deja que el otro prácticamente lo toque y de golpe se sienta –más bien se deja caer como una piedra– en el primer banco que encuentra a la derecha.
El desconocido también se sienta. A la misma altura del coche vacío, en el asiento de la izquierda.
Giunta no mira a su perseguidor. Clava los ojos en la obscura ventanilla, para tratar de descubrir los movimientos de la imagen reflejada en ella. Casi da un brinco. Porque el Otro –¿será casualidad?– hace lo mismo, lo está “relojeando” en su propia ventanilla.
¿No terminará nunca esta noche? Giunta está desespera­do. El tren deja atrás Villa Ballester. El desconocido sigue observándolo con disimulo. Llegan a Malaver. Unos minu­tos, y están en San Andrés.
Una vez más el instinto de Giunta acude en su favor. En un relámpago se decide. Deja que el tren se ponga en mar­cha, que cobre velocidad. Entonces se levanta de un salto, corre a la puerta, la abre de un tirón, baja los escalones de la plataforma y se tira...
Es milagroso que no se mate. Apenas apoya un pie, el suelo le exige brincos gigantescos, que nunca ha dado en su vida. En su carrera de muñeco dislocado –diez metros, veinte metros– va rozando una cerca de ligustrina que le de­ja largos rasguños en un brazo. Pero el tren ya está lejos, se pierde en la obscuridad como un gusano luminoso.
Y Giunta está –o se cree– a salvo.

*

Julio Troxler se ha escondido en una zanja próxima. Es­pera que pase el tiroteo. Ve alejarse los vehículos policiales. Entonces hace algo increíble. ¡Vuelve!
Vuelve arrastrándose sigilosamente y llamando en voz baja a Benavídez, que escapara con él del carro de asalto. Ig­nora si se ha salvado.
Llega junto a los cadáveres y los va dando vuelta uno a uno –Carranza, Garibotti, Rodríguez–, mirándoles la cara en busca de su amigo. Con dolor reconoce a Lizaso. Tiene cuatro tiros en el pecho y uno en la mejilla. Pero no encuen­tra a Benavídez.*
Los cuerpos están tibios todavía. Seguramente no ve a  Horacio di Chiano, que sigue haciéndose el muerto a alguna distancia. Comprende que ya no tiene qué hacer allí y empie­za a caminar en dirección a José León Suárez.
Casi está llegando a la estación, cuando ve venir a Livraga, tambaleándose y cubierto de sangre. En el mismo instan­te un oficial del destacamento de policía próximo iba al en­cuentro del herido, gritando: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”.
–Nos fusilaron..., nos pegaron unos tiros –farfullaba Livraga, entre insultos e incoherencias.



* Troxler refiere que “... encontró sobre el camino... en el lugar que estaba el camión, a Carlos Lizaso, que se encontraba de cubito dorsal, con medio cuerpo sobre la ruta y el resto sobre la banquina ... comprobó que se encontraba sin vida ... cruzó la ruta, encon­trando en el camino que conduce al Club Alemán, sobre el lado izquierdo, a Rodríguez; en el centro de la calle, junto a un gran charco de sangre, a Carranza, y sobre el lado de­recho ... otro cadáver que no pudo identificar...”.
El oficial lo sujetó por las axilas, ayudándolo a caminar hacia el destacamento. En el camino, pasó junto a Troxler.
Y por tercera vez en esta noche, el ex oficial de policía se vio reconocido por uno de sus antiguos colegas.
–¡Hola, Troxler! ¿Cómo te va? –grita el otro al pasar. –Bien. Ya lo ves... –contesta.
Está por seguir de largo cuando ve que se acerca un ca­mión con soldados del Ejército. Como siempre, Julio Troxler hace lo más natural: se dirige a una reducida cola de madru­gadores que esperan un ómnibus de la Costera y se incorpo­ra a ella. No piensa tomar el ómnibus –por otra parte no tie­ne ni cinco centavos–, pero sabe que ahí llama menos la atención.
Parece fatalidad. Porque el camión se para justo frente a la cola. Y sin bajar, un oficial grita:
–Muchachos, ¿ustedes no oyeron unos tiros?
La pregunta parece formulada a todos, pero es a Troxler a quien mira el oficial, es a él a quien se dirige, por un motivo muy sencillo: es el más alto de la fila.
Troxler se encoge de hombros.
–Que yo sepa... –dice.
El camión se va. Troxler abandona su puesto en la fila y empieza a caminar. No tiene con qué tomar un colectivo; un sentido elemental de cautela le impide pedir dinero a un desconocido, o aun permiso para telefonear a sus amigos...
Está exhausto y aterido. Desde la noche anterior no prue­ba bocado. Camina once horas seguidas por el Gran Buenos Aires, convertido en desierto sin agua ni albergue para él, el sobreviviente de la masacre.
Son las seis de la tarde cuando llega a un refugio seguro.

26. EL MINISTERIO DEL MIEDO

El “tiro de gracia” que le aplicaron a Livraga le atravesó la cara de parte a parte, destrozándole el tabique nasal y la dentadura, pero sin interesar ningún órgano vital. Su juven­tud y su buen estado atlético le prestaron un servicio incalcu­lable: en ningún momento perdió el sentido, aunque el rostro se le iba hinchando y le dolía mucho. El intenso frío de la he­lada parecía mantenerlo despierto.
Oye una nueva descarga. Probablemente es la ejecución de Lizaso, la única que parece haber tenido un desarrollo formal. Algunos indicios permiten suponer que los vigilantes lo suje­taron hasta último momento, formaron el pelotón ante él e hi­cieron fuego en la forma reglamentaria. El infortunado mucha­cho no atinó a un gesto de fuga. O lo más probable, en el trance decisivo prefirió enfrentar valerosamente a sus ejecutores. Lo cierto es que recibió la descarga de frente, en pleno pecho.
Cuando escucha los vehículos policiales que se alejan, Li­vraga espera. Todavía no se mueve. Sólo cuando han trans­currido varios minutos trata de incorporarse. Apoya el brazo derecho en el suelo, tiene otro balazo.
A partir de entonces empieza un calvario infinito en que el miedo y el sufrimiento físico se sucederán y llegarán a identificarse. Habrá un momento en que Livraga lamentará haberse salvado.
Logra incorporarse. Camina. Se interna en el basural, por donde viera escapar a Giunta, buscándolo.
Hay algo de insen­sato y de patético en esta búsqueda. Es como si ya no pu­diera creer más en nadie de este mundo, como si el único en quien pudiese confiar fuera aquel hombre que ha pasado por la misma experiencia. (Mucho más tarde encontrará por fin a Giunta –en Olmos.)
Después de un largo rodeo a campo traviesa, vuelve a la ruta.
Va dejando un largo reguero de sangre. Se acerca a un poblado. Hay algunas luces. Ve el letrero de una estación fe­rroviaria: José León Suárez.
Una persona trata de interrogar­lo, pero él sigue, sin responder. Está exhausto. Va a caer. Al­guien alcanza a tomarlo entre sus brazos.
Es un oficial de policía.
En ese momento debió pensar Livraga en una pesadilla infinita donde fuera cíclicamente arrestado, fusilado, arresta­do, fusilado...
Sin embargo, se había encontrado al fin con un ser humano.
El oficial –a quien ya hemos visto saludando a Troxler– ni siquiera le preguntó por qué estaba herido.
Lo cargó apresu­radamente en un jeep, puso un vigilante a su lado para que lo cuidase y, colocándose ante el volante, salió disparando rum­bo al hospital más próximo.
En la ruta pasaron ante los cadáveres.
El oficial detuvo la marcha y ordenó al agente que bajara a investigar.
–Están muertos –anunció el policía.
El oficial se volvió hacia Livraga.
–Decime la verdad, pibe, ¿qué pasó?
En vez de contestar, Livraga vomitó una bocanada de san­gre.
El oficial no titubeó más.
Dejando al agente parado en la ruta, apretó el acelerador a fondo.

27. UNA IMAGEN EN LA NOCHE

Don Horacio ignora cuánto tiempo estuvo haciéndose el muerto. ¿Media hora, una hora? Su noción del tiempo era de­finitivamente otra.
Sólo sabe que no se movió del sitio don­de había caído hasta que empezó a aclarar. Y para entonces debían ser las siete y media. El sol del 10 de junio salió a las 7.57.
Alzó la cabeza y vio el campo todo blanco.
En el horizon­te se divisaba un árbol aislado. Nueve meses más tarde com­probó con sorpresa que no era un solo árbol, sino el ramaje de varios, cortado por una ondulación del terreno, que produ­cía esa ilusión óptica. Incidentalmente, el detalle probó a quien esto escribe –por si alguna duda me quedaba– que don Horacio había estado allí.
El único sitio desde donde se observa ese extraño espejismo, es el escenario del fusila­miento.*
A un costado del “árbol fantasma”, al borde del pueblo de José León Suárez, vio la capilla cuyas campanadas escuchó cuando le iban a dar el tiro de gracia...
Se puso de pie y echó a correr dificultosamente en esa di­rección. Estaba entumecido. El frío era brutal. A las 8.10 se registrarían tres décimas bajo cero.
En el camino se encontró con una zanja fangosa, insalva­ble para él. Tuvo que arrancar una chapa de zinc de una pila de basura y ponerla sobre el fondo, a modo de puente.
Salió del baldío y se internó en el pueblo. Caminó unas ocho cuadras. Le parecieron dos. Por una calle transversal vio venir un colectivo. Le pareció rojo. Era amarillo. Creyó que era el número 4. Era el número 1.
Subió.
–¿Adonde va? –preguntó, como Giunta.
–A Liniers.
En un bolsillo chico del pantalón había salvado de la vo­racidad policial una pequeña suma de dinero. Con ella pudo pagar su boleto. Parece fábula, le dieron un boleto capicúa...
Bajó en Liniers. Entró en un bar. Pidió café. No había, es­taban calentando la máquina. Fue a otro bar. Allí le dieron un café doble y una caña doble.
Sólo entonces le pareció que el alma le volvía al cuerpo.

*

¿Cómo escapó el sargento Díaz? Sólo podemos conjetu­rarlo. Lo cierto es que dos meses después de la masacre esta­ba con vida, escondido en una casa de Munro. Allí lo detuvo el comisario de Boulogne. Lo mandaron a Olmos. Es el úni­co sobreviviente con el que nunca pude comunicarme.
¿Y el “suboficial X”? ¿Existió? ¿Quién era el hombre al que Troxler y Benavídez vieron balear en el camión? ¿Uno de los doce que ya conocemos, pero desconocido para ellos? La incógnita subsiste hasta hoy.
Cinco muertos seguro dejó la masacre, un herido grave y seis sobrevivientes.

*

Había salido el sol sobre el tétrico escenario del fusila­miento. Los cadáveres estaban dispersos en  las inmediaciones  de la ruta. Algunos  habían caído  en una zanja, y la sangre



*Me había intrigado mucho ese rasgo topográfico, que don Horacio mencionaba y que yo nunca lograra observar en mis tres o cuatro visitas el basural. Hasta que fui un día con él. Y de pronto, tras buscarlo ambos un buen rato, lo vi. Era fascinante, algo digno de un cuento de Chesterton. Desplazándose unos cincuenta pasos en cualquier dirección, el efecto óptico desaparecía, el “árbol” se descomponía en varios. En ese momento supe –singular demostración– que me encontraba en el lugar del fusilamiento.
que tenía el agua estancada parecía convertirla en un alucinante río donde flotaban hilachas de masa encefálica. Tiempo des­pués vaciaron allí un camión de alquitrán y otro de cal...
Por todas partes había cápsulas de máuser. Durante muchos días los chicos de la zona las vendieron a los visitantes curiosos. En varias casas lejanas quedaron impactos de balas perdidas.
Los primeros en detenerse junto al camino aquella maña­na fueron los desprevenidos pobladores que iban a sus ocu­paciones. Después se corrió la voz por el pueblo y una mu­chedumbre espantada y sombría se fue congregando en torno al pavoroso espectáculo.
En voz baja circulaban las más absurdas versiones.
–Eran estudiantes –aseguraba uno.
–Sí, iban a asaltar Campo de Mayo... –decía otro.
Los más guardaban silencio. Los hombres se descubrían, alguna mujer se persignaba.
Luego todos vieron acercarse por el camino un automóvil nuevo, largo y reluciente, que frenó de golpe ante el grupo. Una mujer asomó la cabeza por la ventanilla.
–¿Qué sucede? –preguntó.
–Esa gente... Que la han fusilado –le contestaron.
Ella tuvo un gesto irónico.
–¡Muy bien hecho! –comento–. Tendrían que matarlos a todos.
Hubo un silencio estupefacto. Después algo describió una parábola y fue a reventar en una nubecita de tierra contra la bruñida carrocería. Al primer cascote siguió otro, y luego un diluvio. Rugiendo enfurecida, la multitud rodeó el automóvil. El chófer atinó a apretar el acelerador a fondo.
Hasta las diez de la mañana permanecieron los muertos a la intemperie. A esa hora vino una ambulancia y los llevó al policlínico San Martín, donde fueron arrojados sin miramientos a un galpón. Rodríguez estaba acribillado, Garibotti tenía un solo tiro, en la espalda. Carranza, muchos, inclusive en las piernas...
El sereno del depósito estaba acostumbrado a ver cadáve­res. Cuando llegó esa tarde, sin embargo, hubo algo que le impresionó vivamente. Uno de los fusilados tenía los brazos abiertos a los flancos, y el rostro caído sobre el hombro. Era un rostro ovalado, de cabello rubio y naciente barba, con una mueca melancólica y un hilo de sangre en la boca.
Tenía una tricota blanca, era Mario Brión y parecía un Cristo.*
El hombre se quedó un momento atontado. Después, le cruzó los brazos sobre el pecho.

28. “TE LLEVAN”

El oficial de policía condujo a Livraga al policlínico San Martín, donde le hicieron las primeras curas. Juan Carlos no perdió el conocimiento: durante horas, médicos y enfermeras le oyeron repetir su historia. Después lo llevaron a la Sala de Recuperación, situada en el tercer piso.


* Textuales palabras del sereno al padre de Mario muchos meses después.
Las enfermeras, arriesgando sus puestos –y acaso más: aún regía la ley marcial–, protegen al herido en todas las formas imaginables. Una llama por teléfono, clandestinamente, al padre de Juan Carlos y le dice que venga a verlo en segui­da, porque está “descompuesto”. Otra esconde sus ropas; sa­be que Livraga dice la verdad y presume que el suéter perfo­rado de bala en el brazo puede ser una prueba. Otra oculta el recibo de la Unidad Regional San Martín, que más tarde iba a servir de cabeza de proceso.
La madre de Juan Carlos está recién operada en un hospi­tal, y no la enteran de la noticia. Don Pedro Livraga, en cam­bio, acude en seguida a ver a su hijo, acompañado de dos pri­mos y del cuñado de éste. Y estas cuatro personas firman en el libro de entradas foliado del policlínico una declaración en la que consta que han visto con vida a Juan Carlos y que su estado, aunque de cierta gravedad, no permite suponer en ab­soluto un desenlace fatal.
Acertada precaución, porque esa tarde, o esa noche –pa­ra Livraga el tiempo es ya la mera sucesión del dolor– un cabo de la policía provincial viene a asumir su custodia, y al hallarse frente a él, lo mira y remira fijamente como si no quisiera creer que está vivo.
A Livraga le resulta vagamente familiar la cara del poli­cía. No podría jurarlo, pero le parece que lo ha visto antes. ¿Acaso es el cabo Albornoz, que mandaba el pelotón? La pregunta no tiene mayor importancia.
Pero el cabo –un hombre moreno– es lengua larga. Co­menta con las enfermeras:
–A éste lo van a llevar de nuevo. No se lo digan, pobre.
Las enfermeras se lo dicen. Y recomienza el suplicio.
El policía, entretanto, busca algo. El recibo. Pide las ro­pas de Livraga. No se las dan. Se vuelve fastidioso, exige di­rectamente ese papelito que es la prueba del crimen. Nadie sabe nada.
Nadie, salvo don Pedro Livraga, que al volver esa noche a su casa lo encuentra misteriosamente en un bolsillo de su sobretodo.
Y lo guarda, hasta que seis meses más tarde llega a manos del juez.
Entretanto, la vida de Juan Carlos está suspendida del más tenue de los hilos. No hay la menor duda de que la policía provincial quiera acabar con él, el testigo. Pero antes debe re­solver el “pequeño” problema de los otros sobrevivientes, buscados con encarnizamiento. Si puede capturarlos a todos, volverá a ejecutarlos, tomando mayores precauciones... Pero si uno solo escapa a la red, será inútil eliminar a los demás.
Livraga ya no resiste, ya no protesta. Cuando esa noche lo ponen en una camilla y una enfermera le dice llorando: “Pibe, te llevan”, ya está vencido. Tanto penar para morirse uno.
Lo sacan tapado con una sábana, como a un muerto. Lo suben a un jeep y lo llevan.

*

En San Andrés, Giunta tomó un colectivo que lo condujo a casa de su hermano, en Villa Martelli, donde encontró re­fugio y desahogó sus nervios contando la increíble historia.
Por la noche durmió en casa de los padres, y el lunes 11 de junio acudió a su trabajo. Pensaba que su odisea había ter­minado. Cuando esa tarde volvió a Florida, sin embargo, su mujer le informó que había pasado la policía a buscarlo. Ella les dijo que estaba en casa de sus padres.
Giunta, que hasta ese momento se había portado con toda lucidez, ahora comete una tontería. Quiere presentarse a acla­rar su situación. Fue a entregarse a la casa paterna. Sabía que allí lo espera­ban, y en efecto, no alcanzó a entrar porque lo detuvieron antes.
Lo que ocurrió a partir de entonces es todo un capítulo en la historia de nuestra barbarie.
Primero lo llevaron a la seccional de Munro, y de ahí a la Unidad Regional. Lo encerraron con llave en una especie de cocina. Con él entró un guardián armado que lo hizo sentar en un rincón y lo estuvo apuntando interminablemente con una pistola.
–¡Si avanzas un paso, te levanto la tapa de los sesos! –le informaba a intervalos regulares–. ¡Si hablas, te levanto la tapa de los sesos! ¡Si haces un gesto, te levanto la tapa de los sesos!
Su vocabulario era más bien limitado, pero convincente. De a ratos, sin embargo, lo incitaba:
–Anda, movete, así te puedo pegar un tiro.
El prisionero no ensayaba el menor ademán. De tanto en tanto el otro parecía cansarse y enfundaba el arma. Pero des­pués volvía a su divertido juego. Lo empujaban deliberadamente a la locura. En los cam­bios de guardia se producían conversaciones en voz baja, calculadas para parecer secretas y al mismo tiempo para que el detenido alcanzara a oírlas:
–Esta noche “sale”... –murmuraba uno.
–¿Para dónde! –contestaba otro con una risita.
–Dos veces no se salva ninguno.
No le daban de comer, salvo algún sandwich, con interva­los de horas. Cuando quiso dormir, tuvo que tenderse en las heladas baldosas. Gritos que llegaban de afuera le cortaban el penoso sueño.
–¡Cuidaaado, que se escaaapa! ¡Cierren todas las ven­tanas!
Parece que lo incitaban a la fuga. Al fin y al cabo no era tan difícil. No estaba en un verdadero calabozo. Giunta no se dejó tentar.
Acaso lo incitaban al suicidio. En una oportunidad lo pa­saron a otro cuarto del primer piso, con ventanal al patio.
–Y no se le ocurra escaparse por ahí –le dijo un oficial, señalando la accesible ventana–. Porque si no se mata del golpe... En fin, es una opinión.
Desde el primer momento trataron de recuperar el recibo que le entregaron en la misma Unidad la madrugada del 10. Cuando fracasaron las amenazas, apelaron a la seducción. Un oficial joven trataba de persuadirlo con buenas razones:
–Mira, tu situación ya está aclarada, pero necesitamos ese recibo. No haces más que entregarlo, y salís en libertad.
Giunta negaba tenerlo, y decía la verdad. Había quemado el recibo.
A los dos o tres días de su encierro, fue a verlo Cuello, el segundo jefe de la Unidad, que realizara una vaga tentativa por salvarlo del fusilamiento. Ahora no podía dar crédito a sus ojos. Le parecía estar viendo un fantasma.
–Pero, ¿cómo hizo? –repetía–. ¿Cómo hizo?
Giunta estaba tan descentrado, a esa altura de las cosas, que trató de disculparse por haber huido. Explicó que había sido una reacción instintiva, ésa de escapar a la muerte; que en realidad, él no había querido... Sí, no había querido ofen­derlos. Cuando el 17 de junio lo trasladaron a la comisaría 1a de San Martín, era una ruina de hombre, al borde de la demencia.
29. UN MUERTO PIDE ASILO

¿Había muerto Benavídez? Sus amigos, basados en el re­lato de Troxler, tenían esperanzas de encontrarlo con vida. En la mañana del 12 de junio tales esperanzas se derrumbaron.
Todos los diarios publicaban un comunicado del gobierno con la lista oficial de “fusilados en la zona de San Martín”. Y en ella aparecía Reinaldo Benavídez.
El más asombrado debió ser él mismo, puesto que se ha­bía salvado...*
Y sin embargo, la explicación era muy simple. Hay que buscarla en la ciega irresponsabilidad con que se procedió desde el principio hasta el fin en esa operación clandestina calificada de fusilamiento.
Basta la simple lectura de la lista de ejecutados en San Martín para comprender que el gobierno no tenía la menor idea de quiénes eran sus víctimas.
A Benavídez, que gozaba de perfecta salud tras huir del basural de José León Suárez, lo daban por muerto. A Brión, en cambio, que había caído, no lo mencionaban en absoluto. A Lizaso lo llamaban “Crizaso”; a Garibotti, “Garibotto”.
Parece mentira que se puedan cometer tantos errores en una lista de apenas cinco nombres, que además correspondían a cinco personas oficialmente ajusticiadas por el gobierno.
Lo curioso es que ninguno de estos macabros errores ha sido rectificado, aun después de que yo los denunciara. Ofi­cialmente, pues, Benavídez sigue estando muerto. Oficial­mente, el gobierno nunca ha tenido nada que ver con Mario Brión.
Pero el 4 de noviembre de 1956, los diarios informaban que el día anterior se había exiliado en Bolivia Reinaldo Be­navídez.
Sí, el mismo.
El “muerto”.

*

A los familiares de las víctimas no se les ahorró molestia, vejación ni incertidumbre alguna.
Un hermano de Lizaso, que por versiones sospechaba su trágico fin, estuvo ambulando de comisaría en comisaría en busca de noticias concretas. A las siete de la mañana del 12 de junio, cuando ya había salido en los diarios la noticia –ade­lantada el 11 a la noche por Radio Mitre– fue a la Unidad Regional San Martín. Allí tuvieron el sangriento cinismo de decirle  que no conocían a Carlitos y mandarlo, en  una búsque­da que  de antemano  sabían


*...del lugar de los hechos, se dirigió hacia el noroeste y luego de recorrer unos 500 metros, se apersonó a un colectivero que tiene su parada en esa zona, solicitándole dinero, ascendiendo al vehículo del mismo ...” Declaración de Troxler y Benavídez, fe­chada en La Paz, Bolivia, el 9 de mayo de 1957, dirigida al autor de este libro.
estéril, a la Brigada de Investiga­ciones. De ahí lo remitieron al Distrito Militar. De ahí a Cam­po de Mayo, donde lo atendió el Jefe del Acantonamiento:
–Lo único que puedo asegurarle –le informó– es que aquí no se ha fusilado a ningún civil.
Fue a la segunda de Florida, luego al ministerio de Ejér­cito. Nadie sabía nada. En la Casa de Gobierno, el general Quaranta se negó a atenderlo. Por fin se compadeció de él un oficial de Aeronáutica, el comandante Vales Garbo, que con un par de fulmíneas órdenes  telefónicas consiguió que los es­birros policiales renunciaran al inocente placer que se esta­ban proporcionando.

*

En Florida, el 11 por la noche, una comisión policial fue a la casa de Vicente Rodríguez a retirar la libreta de enrolamiento del portuario asesinado. Su esposa, que ignoraba to­do aún, recibió el 12 una citación de la Unidad, para el día siguiente.
En la Unidad Regional la hicieron esperar una hora antes de que la atendiera un oficial. Ella no había leído los diarios. Volvió a preguntar por el marido, si estaba preso... El oficial la miró entonces de arriba abajo.
–¿Usted es analfabeta? –preguntó despectivamente. Conste aquí. Consten las ventajas que da el alfabeto para martirizar a una pobre mujer.
–Hubo muchos fusilados –remató el instruido oficial–. Entre ellos, su esposo.
La condujeron en una camioneta al policlínico San Mar­tín. Allí estaba el cadáver de Vicente. Preguntó si podía lle­várselo para velarlo. Le dijeron que no.
–Vuelva con el cajón. Y de aquí derecho al cementerio. Ah, y tiene que ser antes del viernes. Si no, no lo encuentra. Volvió con el ataúd. Y fueron derecho al cementerio. Con custodia. Sólo cuando cayó el último terrón, se retiró el últi­mo policía.

*

En Boulogne, donde vivían Carranza y Garibotti, el trámi­te fue similar, aunque con una curiosa variante. El encargado de retirar las libretas de enrolamiento fue un hombre alto, cor­pulento, moreno, de bigotes, voz ronca y pastosa. Vestía pan­talones claros y chaquetilla corta, color verde oliva: el uni­forme del Ejército Argentino.
Ya no empuñaba una pistola 45 en la mano derecha.
Bajó de un jeep a las 19 del lunes 11 frente a la casa de Garibotti.
–Vengo a buscar la libreta de su esposo –dijo a Florinda Allende, sin presentarse.
–Aquí no está –repuso ella.
–Búsquela. Tiene que estar.
Y entró en la casa.
Un hijo del ferroviario, Raúl Alberto (13 años), estaba sentado en la cerca.
–¿Vos sos hijo de Garibotti? –le preguntó el chófer del jeep.
–Sí.
–¿Ése que mataron?
El muchacho no sabía nada...
La libreta del muerto no apareció y el hombre alto y cor­pulento cruzó la calle y golpeó a la casa de Carranza. Berta Figueroa ignoraba todavía la suerte de su marido y el parade­ro de la libreta.
–Yo no sé nada –dijo–. La tiene que tener él.
–Búsquela, señora, que acá está, porque él dice que está acá –insistió el funcionario militar-policial.
Berta lo hizo entrar y fue en busca del documento.
Fernández Suárez se quedó mirando el gran retrato de Ni­colás Carranza que colgaba de la pared.
A su alrededor, los chicos lo observaban tímidamente, con sus grandes ojos llenos de curiosidad.
–¿Ése era tu papá? –preguntó a Elena “el señor alto” por orden de quien la pequeña, aunque lo ignorase, ya no te­nía papá.
–Sí –repuso.
–¿Cuántos hermanitos son?
–Seis –contestó la niña.
–¿Y vos sos la mayor?
–Sí.
En ese momento volvía Berta Figueroa con la libreta.
–¿Está preso mi marido? –se atrevió, angustiada, a pre­guntar.
–No sé, señora –contestó apresuradamente el jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires–. No sé nada.
Y agregó desde el jeep, con voz más ronca que antes:
–La libreta la piden de La Plata. Es por un trámite.

*

La tarde del 10 de junio un hombre joven, hondamente preocupado, caminaba hacia la calle Franklin, de Florida. En el trayecto lo paró una mujer, a quien no conocía.
–¿Usted es algo de Brión? –le preguntó.
–Hermano –repuso.
–Quédese tranquilo –dijo ella entonces–. Horacio y Mario están bien.
Y antes que él pudiese preguntar más, la desconocida se marchó apresuradamente.
Era una noticia, la primera, desde la desaparición de Mario la noche antes. Los hechos posteriores se encargarían de des­mentirla, pero el misterioso incidente iba a despertar –aun frente a la evidencia– las más crueles e irracionales espe­ranzas.
Un cuñado de Mario no tardó en averiguar que lo habían detenido y fue a la Unidad Regional a preguntar por él. Allí –según una versión indirecta– habría ocurrido un singular episodio.
–¿Cómo era su cuñado? –preguntó el oficial de guardia.
–Era... –comenzó el pariente de Mario, y clavando de golpe la mirada en su interlocutor exclamó asombrado–: Vea, era igual a usted...
Ante esas inesperadas palabras, parece que el oficial fue víctima de una crisis de nervios y rompió a llorar.
El cadáver de Mario estaba en el policlínico San Martín y de allí fue a retirarlo su padre. Apenas se lo dejaron ver unos segundos. De un golpe replegaron la sábana que lo cubría, de otro golpe volvieron a taparlo.
Meses más tarde, don Manuel Brión recibió una misterio­sa llamada telefónica.
–¿Usted es el padre de Mario? –preguntó una voz.
–Sí...
–Quiero hablarle de su hijo.
–¿Quién es usted?
–Soy un marinero. Acabo de volver del sur. Lo espero esta noche junto al paredón de la Escuela de Mecánica...
Mencionó la hora y el lugar exacto. Un temor innombrable impidió al anciano acudir a la ci­ta. Pero desde entonces empezó a dudar de lo que había vis­to en la morgue del policlínico, y sólo las palabras, que ya hemos citado, del sereno del depósito, lo confirmaron en la cruel realidad.*

30. LA GUERRILLA DE LOS TELEGRAMAS

Entretanto, se estaba librando una sorda batalla por la vi­da de Juan Carlos Livraga.
Del policlínico un jeep conducido por el comisario inspector Torres lo lleva a la comisaría 1a de Moreno, donde lo arrojan desnudo a un calabozo, sin asistencia médica y sin alimentos. No le dan entrada en los libros. ¿Para qué? Proba­blemente están esperando capturar a los otros fugitivos para volver a fusilarlo con más tranquilidad. O quieren que se muera solo.
Pero sus familiares no se quedan quietos. Uno de ellos consigue llegar hasta el coronel Arribau. Hay fuertes indicios de que la mediación de este militar impide que se vuelva a ejecutar la pena. Don Pedro Livraga, por su parte, apela directamente a la Casa Rosada. El 11 de junio a las 19 horas, despacha desde Florida el siguiente telegrama colacionado, recibido a las 19.15 horas y dirigido al Excelentísimo Señor Presidente de la Nación, General Pedro Eugenio Aramburu, Casa de Go­bierno, Buenos Aires:

EN MI CARÁCTER PADRE JUAN CARLOS LIVRAGA FUSILADO MADRUGADA DÍA 10 SOBRE RUTA OCHO PERO QUE SOBRE­VIVIÓ SIENDO POSTERIORMENTE ASISTIDO POLICLÍNICO SAN MARTIN DE DONDE FUERA RETIRADO DOMINGO ALREDEDOR 20 HORAS DESCONOCIENDO NUEVO PARADERO RUEGO AN­SIOSAMENTE SU HUMANA INTERVENCIÓN PARA EVITAR SEA NUEVAMENTE AJUSTICIADO ASEGURÁNDOLE SE TRATA CON­FUSIÓN PUES ES AJENO A TODO MOVIMIENTO. COLACIÓNE­SE. PEDRO LIVRAGA.


* El asesinato de Mario Brión fue denunciado por primera vez por mí en “Revolu­ción Nacional” del 19 de febrero de 1957. Esa denuncia me puso en contacto con sus fa­miliares, que aún se resistían a creer en lo irreparable. Las averiguaciones realizadas, infortunadamente, confirmaron su muerte.
La respuesta no tarda en llegar. Es el telegrama N° 1185, despachado de Casa de Gobierno el 12 de junio de 1956 a las 13.23 horas, recibido a las 20.37 horas, y dirigido a don Pe­dro Livraga, Florida, que dice:

REFERENTE TELEGRAMA FECHA 11 INFORMO SU HIJO JUAN CARLOS FUE HERIDO DURANTE TIROTEO ESCAPADO POSTERIORMENTE FUE DETENIDO Y SE ENCUENTRA ALOJADO COMISARIA MORENO. JEFE CASA MILITAR.

Los familiares de Juan Carlos vuelan a la comisaría de Moreno. Y allí se repite la vieja artimaña policial. Juan Car­los –aseguran los mismos empleados que acaban de verlo ti­rado en un calabozo– no ha estado nunca allí. Es inútil que don Pedro Livraga muestre el telegrama de la presidencia: Juan Carlos no está. Ellos no lo conocen. Y hasta ponen un aire profesional de inocencia en lo que dicen. Más tarde, frente al juez, el comisario dirá que nadie fue a visitarlo...
Su familia remueve cielo y tierra. Estérilmente. El mu­chacho no aparece y ya nadie tiene noticias suyas. Con el len­to paso de los días, don Pedro se va haciendo a la dura idea. En Florida todos dan por muerto a su hijo.
Pero Juan Carlos no ha muerto. Sobrevive prodigiosa­mente a sus heridas infectadas, a sus dolores atroces, al ham­bre, al frío, en la húmeda mazmorra de Moreno. Por las no­ches delira. En realidad ya no existen noches y días para él. Todo es un resplandor incierto donde se mueven los fantas­mas de la fiebre que a menudo asumen las formas indelebles del pelotón. Cuando acaso por piedad le dejan a la puerta las sobras del rancho, y se arrastra como un animalito hacia ellas, comprueba que no puede comer, que su destrozada dentadura guarda todavía lacerantes posibilidades de dolor dentro de esa masa informe y embotada que es su rostro.
Y así pasan los días. La venda que le pusieron en el hos­pital se va pudriendo, sola se cae a pedacitos infectos. Juan Carlos Livraga es el Leproso de la Revolución Libertadora.
Nada tendríamos que decir en defensa del entonces comi­sario de Moreno, Gregorio de Paula. Es inútil que un hombre pretenda escudarse en “órdenes superiores” cuando esas ór­denes incluyen el asesinato lento de otro hombre inerme e inocente. Pero un resto de piedad debía quedarle esa noche en que llegó al calabozo trayendo con la punta de los dedos una manta usada hasta entonces para abrigar al perro de la comisaría, la dejó caer sobre Livraga y le dijo:
–Esto no se puede, pibe... Hay órdenes de arriba. Pero te la traigo de contrabando.
Bajo esa manta, Juan Carlos Livraga quedó extrañamente hermanado con el animal que antes cobijara. Era, más que nunca, el perro leproso de la Revolución Libertadora.

*

En su calabozo de la comisaría 1a de San Martín, Giunta escucha una risa larga, que parece venir de lejos, rueda por los pasillos y galerías y de pronto estalla a su lado. Es él mis­mo quien se ríe. Él, Miguel Ángel Giunta. Lo comprueba al llevarse la mano a la boca y sofocar el flujo histérico de la ri­sa que le brota inadvertido de adentro.
Más de una vez ha tenido que reprimirse de este modo, ra­zonar, decirse en voz alta:
–Quieto. Soy yo. No tengo que dejarme llevar...
Pero luego el torbellino lo arrastra nuevamente. Habla so­lo, ríe, llora, divaga y explica, y vuelve a caer en el pozo del terror donde está la silueta de Rodríguez Moreno, alta contra los eucaliptus nocturnos, en la mano una pistola que brilla fríamente, y hombres que retroceden, uno, dos, tres pasos, para hacer puntería con los fusiles. Y luego el zumbido inol­vidable y perverso de las balas, el tropel de los fugitivos, el ¡plop! de un proyectil al penetrar en la carne y el ¡ahhh! des­garrado que suelta un hombre al caer en plena carrera, dos pasos detrás de él Giunta sacude la cabeza entre las manos y murmura:
–Soy yo, estoy bien, soy yo...
Pero cada rumor que escucha en los pasillos renueva su agonía. “Vienen a llevarme”, piensa. “Ahora me fusilan de nuevo.”
El sueño, por fin, lo redime. Hace un frío agudo, mas de algún modo logra dormirse en la cucheta de madera sin cobi­jas. A medianoche lo despierta el grito de los torturados, a quienes les “están dando máquina”.
De él, sin embargo, nadie se ocupa. Ni siquiera le hablan. En los ocho días que permanece en el calabozo, no le llevan un solo plato de comida ni un vaso de agua. Son los presos comunes, que salen a dar el paseo reglamentario, quienes lo salvan de la muerte por hambre. A través de la mirilla de la celda le tiran mendrugos de pan y sobras de alimentos que el prisionero recoge ávidamente del suelo. Para mitigar su sed, discurren un procedimiento de emergencia. Introducen por el agujero el pico de una pava y el sobreviviente bebe a tientas el chorro de agua que cae.
Sus familiares, entretanto, carecen de noticias suyas. La policía practica con ellos el divertido juego de la gallina cie­ga. De la Unidad Regional los mandan a la cárcel de Case­ros, de Caseros al penal de Olmos, de Olmos a la Jefatura de La Plata, de La Plata a la comisaría de Villa Ballester, de Vi­lla Ballester a la Unidad Regional San Martín... es una sema­na de angustia, hasta que finalmente averiguan la verdad: Miguel Ángel está en la 1a de San Martín.
Acuden a verlo, pero sólo al día siguiente les será permi­tido. Y llegarán a tiempo –su esposa, su anciano padre, su primo, su cuñado– para presenciar una lastimosa escena. Apenas han tenido tiempo de abrazarlo, cuando ya se lo lle­van. Y lo sacan a la vía pública, con escolta armada y engri­llado, rumbo a la estación ferroviaria. De nada sirven las sú­plicas de los suyos, buena gente burguesa para quien la sola idea de caminar esposado por las calles es peor que la muer­te. Allá va el extraño grupo, a las doce del día, por las arte­rias céntricas de la ciudad de San Martín: el “temible” preso, los armados esbirros y los llorosos familiares que los siguen. La gente contempla asombrada este espectáculo.
Flaco, barbudo, con mirada de extraviado, espectro de sí mismo, Miguel Ángel Giunta ingresó al penal de Olmos el 25 de junio. Allí la vida empezaría a cambiar para él.

31. LO DEMÁS ES SILENCIO...

El telegrama dirigido a don Pedro Livraga, Florida, decía:

ESTADO DE SALUD DE SU HIJO BIEN EN OLMOS LA PLATA. PUEDE VISITARSE DÍA VIERNES DÍA VIERNES 9 A 11 O DE 13 A 17 HS. SOLO PADRES, HIJOS O HERMANOS MUNIDOS DE SUS CORRESPONDIENTES DOCUMENTOS DE IDENTIDAD. CNEL. VÍCTOR ARRIBAU.

Llevaba el número 110, había sido despachado de Casa de Gobierno a las 19.30 horas y recibido a las 20.37. Era el lu­nes 2 de julio de 1956.

Juan Carlos aún estaba en Moreno. Pero es evidente que ya los hilos de su vida pasaban por la Casa Rosada y no por la Jefatura de La Plata. El martes 3 lo trasladaron a Olmos. Y sus padres –que lo daban por muerto– descontaron ansio­samente los días que faltaban hasta el viernes.
Por fin lo vieron. Les costó trabajo reconocerlo: había rebajado diez kilos, los vendajes le borraban la cara. Desde su llegada al penal, sin embargo, se le brindaba un trato huma­no y adecuada atención médica. En realidad ya había mejo­rado bastante en esos pocos días.
Giunta también se recuperaba de su postración nerviosa. Al principio había sufrido mucho el contacto de los presos co­munes. Decidió entonces hablar con el director del penal y contarle su extraña odisea. El director –un hombre bondado­so, que más tarde fue reemplazado– se quedó pensativo.
–Muchos han traído historias como ésa –repuso al fin–. Pero no siempre son ciertas. Si lo que usted dice es verdad, veremos lo que se puede hacer...
Ordenó su traslado al pabellón de políticos. Allí Giunta se sintió mejor. Los presos eran militantes comunistas y nacio­nalistas, dirigentes obreros, hasta algún periodista, y con ellos por lo menos se podía hablar, aunque a él no le intere­saban las controversias políticas y sindicales.
Después llegó Livraga. Giunta no lo recordaba. Juan Car­los, en cambio, conservaba de él una imagen nítida. La expe­riencia común los acercó. Al principio Livraga había preferi­do permanecer entre los delincuentes comunes: aún temía por su vida, y pensaba que allí pasaba más inadvertido. Después sus aprensiones disminuyeron y pidió pasar al otro pabellón.
Entre los presos circulaba con insistencia el nombre de un letrado platense: el doctor von Kotsch. Se citaban casos de detenidos puestos en libertad merced a su intervención. El doctor Máximo von Kotsch, abogado de 32 años, con activa militancia en el radicalismo intransigente, dedicaba en efec­to su notorio dinamismo a la defensa de presos gremiales. Entre ellos, los numerosos petroleros torturados por la poli­cía bonaerense. Giunta y Livraga pidieron hablar con él, y el doctor von Kotsch escuchó con asombro el relato de lo suce­dido aquella madrugada del 10 de junio en las afueras de Jo­sé León Suárez. En el acto asumió la defensa de los dos sobrevivientes, y vista la falta de proceso judicial –estaban a disposición del Poder Ejecutivo– y de causas reales que jus­tificaran su encarcelamiento, solicitó que fueran puestos en libertad.
La noche del 16 de agosto de 1956, los presos del pabe­llón político se disponían a acostarse, cuando la voz de un guardián reclamó:
–¡Población, silencio! –y luego–: Los que yo vaya nombrando, pasen con todo.
Un estremecimiento corrió por el pabellón. Algunos iban a salir en libertad, otros se quedarían. Todos escuchaban con avidez, mientras los que eran nombrados recogían febrilmen­te sus cosas.
–...Miguel Ángel Giunta... –recitaba el guardián–, Juan Carlos Livraga...
Eran los dos últimos de la lista. Se miraron incrédulos. Se abrazaron. Después se les ocurrió simultáneamente la misma idea. A lo mejor era una trampa para matarlos. Pero a la sali­da del pabellón apoyado en una columna, los esperaba el doctor von Kotsch. Sonreía. Giunta dice que nunca olvidará ese momento.
Esa misma noche el abogado los llevó a la jefatura de Po­licía de La Plata para visar sus órdenes de excarcelación. En la de Giunta, en el rubro “Causa”, había una expresiva línea de guiones escritos a máquina.
Sin causa, en efecto, se había pretendido fusilarlo. Sin cau­sa, se lo había torturado moralmente hasta los límites de la re­sistencia humana. Sin causa, se lo había condenado al ham­bre y la sed. Sin causa, se lo había engrillado y esposado. Y ahora, sin causa, en virtud de un simple decreto que llevaba el N° 14.975, se lo restituía al mundo.

*

Giunta y Livraga debían su libertad y aun su vida –amén de los esfuerzos del doctor von Kotsch– a una circunstancia fortuita. No eran, como ellos creían, los únicos testigos so­brevivientes de la “Operación Masacre”. La policía bonae­rense había tratado de capturar a los demás fugitivos y recu­perar las pruebas, sobre todo los recibos expedidos por la Unidad Regional San Martín, logrado eso, es probable que todo, personas y cosas, hubieran desaparecido en una final y silenciosa hecatombe. Pero la tentativa había fracasado y la “Operación Masacre”, aun eliminando a Giunta y Livraga, iba a ser ampliamente conocida aquí y en el extranjero.
Gavino se había asilado en la embajada de Bolivia antes de que se apagaran los ecos de los últimos fusilamientos. Cuando viajó a aquel país, llevaba consigo el recibo.
Julio Troxler y Reinaldo Benavídez tampoco pudieron ser detenidos. A mediados de octubre se refugiaron en la misma embajada y el 3 de noviembre un avión los condujo a La Paz. El 17 de octubre, un hombre alto y moreno llegaba caminan­do tranquilamente a la entrada de la sede diplomática, en la calle Corrientes al 500. En el acto dos pesquisas de civil se lanzaron sobre él y alcanzaron a manotearlo. Pero ya era tar­de: Juan Carlos Torres, el inquilino del departamento del fon­do, acababa de sustraerse a Fernández Suárez y pisaba suelo extranjero. En junio de 1957, también viajó a Bolivia.
Don Horacio di Chiano estuvo cuatro meses oculto antes de volver temerosamente a su casa de Florida. La experien­cia de terror había dejado hondas huellas en él. Habían que­rido matarlo a mansalva. Durante interminables segundos, había esperado bajo los faros de la camioneta policial el tiro de gracia que no llegó. Sin haber cometido ningún delito, es­taba prófugo. Había perdido su empleo, después de diecisiete años de servicio y ahora estaba dilapidando sus ahorros en el sostén de su familia. Él nunca comprenderá nada de lo ocurrido.
Livraga y Giunta volvieron a trabajar. El primero como albañil, ayudando a su padre; el segundo en su viejo empleo.
El sargento Díaz no escapó del todo a la furia desencade­nada aquella noche de junio. Estuvo largos meses preso en Olmos.
En los cementerios de Boulogne, San Martín, Olivos, Chacarita, modestas cruces recuerdan a los caídos: Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez, Carlos Lizaso, Mario Brión.
En Montevideo, poco tiempo después de conocer la noti­cia, había muerto don Pedro Lizaso, el padre de Carlitos. En sus últimos días le oyeron repetir incesantemente:
–Yo tengo la culpa... Yo tengo la culpa.. .
A fines de 1956, Vicente Damián Rodríguez hubiera sido padre de su cuarto hijo. Su mujer, desesperada y roída por la miseria, se resignó a perderlo.
Dieciséis huérfanos dejó la masacre: seis de Carranza, seis de Garibotti, tres de Rodríguez, uno de Brión. Esas cria­turas en su mayor parte prometidas a la pobreza y el resenti­miento, sabrán algún día –saben ya– que la Argentina li­bertadora y democrática de junio de 1956 no tuvo nada que envidiar al infierno nazi.
Ése es el saldo.
Pero lo que a mi juicio simboliza mejor que nada la irres­ponsabilidad, la ceguera, el oprobio de la “Operación Masa­cre” es un pedacito de papel. Un rectángulo de papel oficial de 25 centímetros de alto por 15 de ancho. Tiene fecha varios meses posterior al 9 de junio de 1956 y está expedido, des­pués del trámite previo en todas las policías provinciales, in­cluso la bonaerense, a nombre de Miguel Ángel Giunta, el fusilado sobreviviente. Sobre el fondo de un escudo celeste y blanco, constan su nombre y el número de su cédula de iden­tidad. Arriba dice: República Argentina - Ministerio del Inte­rior - Policía Federal. Y luego, en letras más grandes, cuatro palabras: “Certificado de Buena Conducta”.