Agrega el
declarante que la comisión encomendada
era
terriblemente ingrata para el que habla, pues salía de
todas las
funciones específicas de la policía.
COMISARIO
INSPECTOR
RODOLFO
RODRÍGUEZ MORENO
PRÓLOGO
La primera noticia sobre los
fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines
de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se hablaba más
de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba
de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura
siciliana.
En ese mismo lugar, seis meses
antes, nos había sorprendido una medianoche el cercano tiroteo con que empezó
el asalto al comando de la segunda división y al departamento de policía, en la
fracasada revolución de Valle. Recuerdo cómo salimos en tropel, los jugadores
de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver
qué festejo era ése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín
nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé
la plaza, me vi solo, y cuando entré a la estación de ómnibus ya fuimos de
nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme de vigilante que se había
parapetado detrás de unas gomas y decía que, revolución o no, a él no le iban
a quitar el arma, que era un notable Mauser del año 1901.
Recuerdo que después volví a
encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante
debía estar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más
tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche
más que otras. Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia
que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que
volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que
la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de
fuego y estábamos en mi casa. Mi casa era peor que el café y peor que la
estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en
los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado
aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un
departamento de policía.
Tampoco olvido que, pegado a la
persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: “Viva la
patria” sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”.
Después no quiero recordar más,
ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido
ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de
Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me
interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?
Puedo. Al ajedrez y a la
literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la
novela “seria” que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago
para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo. La
violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas,
he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es
solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien
kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba.
Seis meses más tarde, una noche
asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
–Hay un fusilado que vive.
No sé qué es lo que consigue
atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé
por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos
Livraga.
Pero después sé. Miro esa cara,
el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca
quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte.
Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito
desgarrador detrás de la persiana.
Livraga me cuenta su historia
increíble; la creo en el acto.
Así nace aquella investigación,
este libro. La larga noche del 9 de junio vuelve sobre mí, por segunda vez me
saca de “las suaves, tranquilas estaciones”. Ahora, durante casi un año no
pensaré en otra cosa, abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco
Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa
en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré
conmigo un revólver, y a cada momento las figuras del drama volverán
obsesivamente: Livraga bañado en sangre caminando por aquel interminable
callejón por donde salió de la muerte, y el otro que se salvó con él disparando
por el campo entre las balas, y los que se salvaron sin que él supiera, y los
que no se salvaron.
Porque lo que sabe Livraga es
que eran unos cuantos y los llevaron a fusilar, que eran como diez y los
llevaron, y que él y Giunta estaban vivos. Ésa es la historia que le oigo
repetir ante el juez, una mañana en que soy el primo de Livraga y por eso puedo
entrar en el despacho del juez, donde todo respira discreción y escepticismo,
donde el relato suena un poco más absurdo, un grado más tropical, y veo que el
juez duda, hasta que la voz de Livraga trepa esa ardua colina detrás de la cual
sólo queda el llanto, y hace ademán de desnudarse para que le vean el otro
balazo. Entonces estamos todos avergonzados, me parece que el juez se conmueve
y a mí vuelve a conmoverme la desgracia de mi primo.
Ésa es la historia que escribo
en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se
me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires
y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse. Es que uno llega a creer
en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia
así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que
está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario
grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las
películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto.
Es cosa de reírse, a doce años
de distancia porque se pueden revisar las colecciones de los diarios, y esta
historia no existió ni existe.
Así que ambulo por suburbios
cada vez más remotos del periodismo, hasta que al fin recalo en un sótano de
Leandro Alem donde se hace una hojita gremial, y encuentro un hombre que se
anima. Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino
simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de película. Y la
historia sale, es un tremolar de hojitas amarillas en los kioscos, sale sin
firma, mal diagramada, con los títulos cambiados, pero sale. La miro con cariño
mientras se esfuma en diez millares de manos anónimas.
Pero he tenido más suerte
todavía. Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se
llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas
pocas líneas. Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo
“hice”, “fui”, “descubrí”, debe entenderse “hicimos”, “fuimos”, “descubrimos”.
Algunas cosas importantes las consiguió ella sola, como los testimonios de los
exiliados Troxler, Benavídez, Gavino. En esa época el mundo no se me presentaba
como una serie ordenada de garantías y seguridades, sino más bien como todo lo
contrario. En Enriqueta Muñiz encontré esa seguridad, valor, inteligencia que
me parecían tan rarificados a mi alrededor.
Así que una tarde tomamos el
tren a José León Suárez, llevamos una cámara y un pianito a lápiz que nos ha
hecho Livraga, un minucioso plano de colectivero con las rutas y los pasos a
nivel, una arboleda marcada y una (x), que es donde fue la cosa. Caminamos como
ocho cuadras por un camino pavimentado, en el atardecer, divisamos esa alta y
obscura hilera de eucaliptos que al ejecutor Rodríguez Moreno le pareció “un
lugar adecuado al efecto”, o sea al efecto de tronarlos, y nos encontramos
frente a un mar de latas y espejismos. No es el menor de esos espejismos la
idea de que un lugar así no puede estar tan tranquilo, tan silencioso y olvidado
bajo el sol que se va a poner, sin que nadie vigile la historia prisionera en
la basura cortada por la falsa marea de metales muertos que brillan
reflexivamente. Pero Enriqueta dice “Aquí fue” y se sienta en la tierra con
naturalidad para que le saque una foto de picnic, porque en ese momento pasa
por el camino un hombre alto y sombrío con un perro grande y sombrío. No sé por
qué uno ve esas cosas. Pero aquí fue, y el relato de Livraga corre ahora con
más fuerza, aquí el camino, allá la zanja y por todas partes el basural y la
noche.
Al día siguiente vamos a ver al
otro que se salvó, Miguel Ángel Giunta, que nos recibe con un portazo en las
narices, no nos cree cuando le anunciamos que somos periodistas, nos pide
credenciales que no tenemos, y no sé qué le decimos, a través de la mirilla,
qué promesa de silencio, qué clave oculta, para que vaya abriendo la puerta de
a poco, y vaya saliendo, cosa que le lleva como media hora, y hable, que le
lleva mucho más.
Es matador escuchar a Giunta,
porque uno tiene la sensación de estar viendo una película que, desde que se
rodó aquella noche, gira y gira dentro de su cabeza, sin poder parar nunca.
Están todos los detallecitos, las caras, los focos, el campo, los menudos
ruidos, el frío y el calor, la escapada entre las latas, y el olor a pólvora y
a pánico, y uno piensa que cuando termine va a empezar de nuevo, como es seguro
que empieza dentro de su cabeza ese continuado eterno, “Así me fusilaron”. Pero
lo que más aflige es la ofensa que el hombre lleva adentro, cómo está lastimado
por ese error que cometieron con él, que es un hombre decente y ni siquiera
fue peronista, “y todo el mundo le puede decir quién soy yo”. Aunque eso ya
no es seguro, porque hay dos Giuntas, éste que habla torrencialmente mientras
se pasa la gran película, y otro que a veces se distrae y consigue sonreír y
hacer un chiste como antes.
Parece que aquí va terminar el
caso, porque no hay más que contar. Dos sobrevivientes, y los demás están
muertos. Uno puede publicar el reportaje a Giunta y volver a aquella partida
que dejó suspendida en el café hace un mes. Pero no termina. A último momento
Giunta se acuerda de una creencia que él tiene, no de algo que sabe, sino de
algo que ha imaginado o que oyó murmurar, y es que hay un tercer hombre que se
salvó.
Entretanto la gran divinidad de
la picana y sus metralletas empieza a tronar desde La Plata. La hojita del
reportaje flota en los pasillos de la Jefatura de Policía, y el teniente
coronel Fernández Suárez quiere saber qué bochinche es ése. El reportaje no
estaba firmado, pero al pie de los originales figuraban mis iniciales. En el
diarito trabajaba un periodista con las mismas iniciales, aunque a él le
tocaron en otro orden: J. W. R. Una madrugada se despierta para contemplar una
interesante concentración de fusiles y otros implementos silogísticos, y su
espíritu experimenta esa gran emoción previa a una verdad por revelarse. Lo
sacan en calzoncillos y lo trasladan en un vuelo a La Plata y a la Jefatura,
lo sientan en un sillón y enfrente está sentado el teniente coronel, que le
dice, “Y ahora por favor, hágame un reportaje a mí. El periodista aclara que no
es a él a quien corresponden esos honores, mientras por lo bajo se acuerda de
mi madre.
La rueda sigue girando, hay que
ir por esos andurriales en busca del tercer hombre, Horacio di Chiano, que se
ha vuelto lombriz y vive bajo tierra. Parece que ya nos conocen en muchas
partes, los chicos por lo menos nos siguen, y un día una nena nos para en la
calle.
–El señor que ustedes buscan
–nos dice–, está en su casa. Les van a decir que no está, pero está.
–¿Y vos sabes por qué venimos?
–Sí, yo sé todo.
Bueno, Casandra.
Nos dicen que no está, pero
está, y hay que ir venciendo las barreras protectoras, las cautelosas deidades
que custodian a un enterrado vivo, esta pared, esta cara que niega y
desconfía. Se pasa del sol de la calle a la sombra del porch, se pide un vaso
de agua y se está adentro, en la obscuridad, se pronuncian palabras-ganzúa,
hasta que la más oxidada del manojo funciona, y don Horacio di Chiano sube la
escalera tomado de la mano de su mujer, que lo trae como un chico.
Así que son tres.
Al día siguiente llega al
periódico una carta anónima y dice que “lograron fugar: Livraga, Giunta y el
ex suboficial Gavino”.
Así que son cuatro. Y Gavino,
dice la carta, “pudo meterse en la embajada de Bolivia y asilarse a aquel
país”.
En la embajada de Bolivia no
encuentro pues a Gavino, pero encuentro a su amigo Torres, que sonríe, cuenta
con los dedos, me dice: “Le faltan dos”, y me habla de Troxler y Benavídez.
Así que son seis.
Y ya que estamos, ¿no serán
siete? Puede ser, me dice Torres, porque había un sargento, con un apellido
muy común, algo así, como García o Rodríguez, y nadie sabe qué ha sido de él.
A los dos o tres días vuelvo a
ver a Torres y le disparo a quemarropa:
–Rogelio Díaz.
Se le ilumina la cara.
–¿Cómo hizo?
Ya no recuerdo cómo hice. Pero
son siete.
Entonces puedo sentarme, porque
ya he hablado con sobrevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados,
prófugos, delatores presuntos, héroes anónimos. En el mes de mayo, tengo
escrita la mitad de este libro. Otra vez el paseo en busca de alguien que lo
publique. Por esa época los hermanos Jacovella han sacado una revista. Hablo
con Bruno, después con Tulio. Tulio Jacovella lee el manuscrito, y se ríe, no
del manuscrito, sino del lío en que se va a meter, y se mete.
Lo demás es el relato que
sigue. Se publicó en “Mayoría”, de mayo a julio de 1957. Después hubo
apéndices, corolarios, desmentidas y réplicas, que prolongaron esa campaña
hasta abril de 1958. Los he suprimido, así como parte de la evidencia que usé
entonces y que reemplazo aquí por otra más categórica. Frente a esta nueva
evidencia, creo que la polémica queda descartada.
Agradecimientos: al doctor
Jorge Doglia, ex jefe de la división judicial de la policía de la provincia,
exonerado por sus denuncias sobre este caso; al doctor Máximo von Kotsch,
abogado de Juan C. Livraga y Miguel Giunta; a Leónidas Barletta, director del
periódico “Propósitos”, donde se publicó la denuncia inicial de Livraga; al
doctor Cerruti Costa, director del desaparecido periódico “Revolución
Nacional”, donde aparecieron los primeros reportajes sobre este caso; a Bruno y
Tulio Jacovella; al doctor Marcelo Sánchez Sorondo, que publicó la primera
edición en libro de este relato; a Edmundo A. Suárez, exonerado de Radio del
Estado por darme una fotocopia del libro de locutores de esa emisora, que
probaba la hora exacta en que se promulgó la ley marcial; al ex terrorista
llamado “Marcelo”, que se arriesgó a traerme información, y poco después fue
atrozmente picaneado; al informante anónimo que firmaba “Atilas”; a la anónima
Casandra, que sabía todo; a Horacio Manigua, que me dio albergue; a los
familiares de las víctimas.
PRIMERA
PARTE: LAS PERSONAS
1.
CARRANZA
Nicolás Carranza no era un
hombre feliz, esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras
acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro.
Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la
tumba, y en la tumba de Nicolás Carranza ya está reseca la tierra.
Por un momento, sin embargo,
pudo olvidar sus preocupaciones. Tras el azorado silencio inicial, un coro de
voces chillonas se alzó para recibirlo. Seis hijos tenía Nicolás Carranza. Los
más pequeños se habrán prendido a sus rodillas. La mayor, Elena, habrá puesto
la cabeza al alcance de la mano del padre. La ínfima Julia Renée –cuarenta
días apenas– dormitaba en su cuna.
Su compañera, Berta Figueroa,
alzó los ojos de la máquina de coser. Le sonrió con mezcla de pena y alegría.
Siempre era igual. Siempre llegaba así su hombre: huido, nocturno, fugaz. A
veces se quedaba una noche, después desaparecía las semanas. Por ahí le hacía
llegar un mensaje: estaba en casa de tal amigo. Y entonces era ella quien iba
a su encuentro, dejando los chicos a alguna vecina, y pasaba con él unas horas
transidas de temor, de zozobra, de la amargura de tener que dejarlo y esperar
el lento paso del tiempo sin noticias suyas.
Era peronista Nicolás Carranza.
Y estaba prófugo.
Por eso, cuando en furtivos
regresos como éste algún chico del barrio le gritaba al encontrarlo: “¡Adiós,
don Carranza!”, él... apresuraba el paso y no contestaba.
–¡Eh, don Carranza! –lo seguía
la curiosidad.
Pero don Carranza –silueta baja
y maciza en la noche– se alejaba rápidamente por la calle de tierra, levantando
hasta los ojos las solapas del sobretodo.
Y ahora estaba sentado en el
sillón del comedor, hamacando en las rodillas a Berta Josefa, de dos años, y a
Carlos Alberto, de tres, y acaso a Juan Nicolás, de cuatro –toda una escalera
de pibes tenía, don Carranza–, hamacándolos e imitando el fragor y el silbato
de los trenes que manejaban hombres como él, gente de esa barriada ferroviaria.
Después conversó con la
preferida, Elena, de once años –alta y espigada para su edad, grandes ojos
pardos–, le contó algo de sus andanzas mezclado con algo de fábula risueña, y
la interrogó con preocupación, con miedo, con ternura, porque, la verdad, se
le hacía un nudo en el corazón cada vez que la miraba, desde que estuvo presa.
Presa durante varias horas,
aunque parezca cuento, la tuvieron en Frías (Santiago del Estero) el 26 de
enero de 1956. El padre la había dejado allí el 25 con familiares de la madre,
aprovechando uno de sus viajes regulares en la línea al Norte del Belgrano,
donde trabajaba como camarero, y había seguido de largo. En Simoca, provincia
de Tucumán, lo detuvieron por una denuncia de distribuir panfletos que nunca
llegó a probarse.
A las ocho de la mañana
siguiente la sacaron a Elena de la casa de sus parientes, la llevaron sola a la
comisaría y la interrogaron durante cuatro horas. ¿Llevaba panfletos su padre?
¿Era peronista su padre? ¿Era un delincuente su padre?
Se enloqueció don Carranza
cuando supo la noticia.
–A mí, que me hagan
cualquier cosa. Pero a una criatura...
Rugía y sollozaba.
Se les disparó en Tucumán.
Y seguramente desde entonces
asomó un brillo peligroso en la mirada de este hombre de rostro firme y
despejado, que antes era de ánimo alegre, aficionado a las diversiones y amigo
preferido de todos los chicos del barrio, propios y ajenos.
Cenaron todos juntos esta noche
del 9 de junio en esa casa del barrio obrero de Boulogne. Después acostaron
los chicos y quedaron solos, él y Berta.
Ella le habló de sus penas, de
sus preocupaciones. ¿El ferrocarril no les quitaría la casa, ahora que él
estaba cesante y prófugo? Era una buena casa, de material, con flores en el
jardín, y allí entraban todos, hasta un par de muchachas fabriqueras que había
tomado como pensionistas para ayudarse. ¿Con qué iban a vivir ella y los
chicos si se la quitaban?
Le habló de sus temores.
Siempre ese temor de que lo agarraran una noche cualquiera y lo golpearan en
cualquier comisara hasta dejarlo idiota. Y le repitió el eterno ruego:
–Entrégate. Si te entregas, a
lo mejor no te pegan. Y de la cárcel se sale, Nicolás...
Él no quería. Se refugiaba en
afirmaciones duras, secas, definitivas:
–No he robado. No he matado. No
soy un delincuente.
La pequeña radio, sobre la
repisa del aparador, transmitía una música popular. Tras un largo silencio
Nicolás Carranza se levantó, descolgó el sobretodo de la percha y lentamente se
lo puso.
Ella volvió a mirarlo con
expresión resignada.
–¿Dónde vas?
–Tengo que hacer. A lo mejor
vuelvo mañana.
–No dormís acá.
–No. Esta noche no duermo acá.
Entró en el dormitorio y fue
besando a todos los chicos, uno por uno: Elena, María Eva, Juan Nicolás, Carlos
Alberto, Berta Josefa, Julia Renée. Después se despidió de su mujer.
–Hasta mañana.
Le dio un beso, salió a la
vereda y dobló a la izquierda. Cruzó la calle B., apenas unos pasos y se detuvo
frente a la casa 32.
Llamó a la puerta.
2.
GARIBOTTI
Casa de muchachones bravos y
ambiente acaso tempestuoso ésta de los Garibotti, en el Barrio Obrero de
Boulogne. El padre, Francisco, era una estampa de hombre: alto, musculoso, cara
cuadrada y enérgica, de ojos un poco hostiles, bigote fino que rebasa
ampliamente las comisuras de los labios.
Hermosa mujer también la madre,
aunque de rasgos duros y plebeyos. Alta, resuelta, de boca algo desdeñosa y
ojos que no sonríen.
Los hijos también son seis,
como los de Carranza, pero ahí termina la semejanza. Varones, los cinco
mayores, desde Juan Carlos que va a cumplir dieciocho, hasta Norberto, que
tiene once.
Delia Beatriz, de nueve, mitiga
un poco ese ambiente cerradamente varonil. Morena, de flequillo, ojos
risueños, el padre se ablanda frente a ella. Una foto en una vitrina la
muestra de guardapolvo blanco, junto al pizarrón escolar.
Toda la familia está
representada en las paredes. Pegadas a una gran cartulina y dentro de un marco
amarillean remotas instantáneas de Francisco y Florinda –son jóvenes y se ríen
en un parque–, fotos de carnet del padre y de los chicos y hasta algunos
rostros fugaces de parientes o amigos. También han estado aquí, como en lo de
Carranza, los infaltables “retrateros” y han dejado, tras un doble marco
“bombé”, una profusión de azules y dorados que pretenden representar a dos de
los muchachos, no adivinamos cuáles.
La pasión decorativa o
recordatoria culmina en la prevista litografía de Gardel, recortado en negro,
el sombrero casi tapándole la cara, el pie apoyado en una silla, pulsando la
guitarra.
Pero es una casa limpia,
sólida, discretamente amoblada, una casa donde puede vivir bien un obrero. Y
“la empresa” les cobra menos de cien pesos de alquiler.
De ahí tal vez que Francisco
Garibotti no quiera meterse en líos. Sabe que las cosas andan mal en el gremio
–interventores militares y compañeros presos–, pero todo eso pasará algún
día. Hay que tener paciencia y esperar.
Treinta y ocho años tiene
Garibotti, y dieciséis de servicio en el Ferrocarril Belgrano. Ahora trabaja
en la línea local.
Esa tarde ha dejado el servicio
alrededor de las cinco y se ha venido directamente a casa.
De los hijos varones, a quien
prefiere es tal vez al segundo. Se llama como él: Francisco, con el agregado
de Osmar. Tiene dieciséis años este muchacho de mirada seria, que también está
por entrar en el ferrocarril.
Hay verdadera camaradería entre
ambos. Al padre le gusta tocar la guitarra y el muchacho canta. Es lo que
hacen esa tarde.
Obscurece pronto estos días de
junio, en pleno invierno.
Cuando quieren acordar, ya es
de noche. La madre pone la mesa para la cena. En la cocina crepita una sartén.
Ya casi ha terminado de cenar
Francisco Garibotti –un bife con huevos fritos comió esa noche– cuando llaman a
la puerta.
Es don Carranza.
¿Qué viene a hacer Nicolás
Carranza?
–Vino a sacármelo. Para que me
lo devolvieran muerto –recordará Florinda Allende con rencor en la voz.
Hablan un rato los dos hombres.
Florinda se ha retirado a la cocina. Presiente que al marido le ha entrado la
comezón de salir esta noche de sábado, y ella va a pelear su derecho, pero en
su dominio, sin la presencia del vecino.
No tarda en entrar Francisco.
–Tengo que salir –dice, sin
mirarla.
–íbamos al cine –le recuerda
ella.
–Sí, es cierto. A lo mejor
tenemos tiempo de ir más tarde.
–Habías quedado en salir
conmigo.
–Vuelvo en seguida. Hago una
diligencia y vuelvo.
–No sé qué diligencia tendrás
que hacer.
–Después te explico. La verdad
–aclara anticipándose al reproche–, a mí también me tiene un poco cansado
éste... Con sus cosas ...
–No parece.
–Mira, es la última vez que le
llevo el apunte. Espérame un rato.
Y como para reafirmar que sale
apenas por un momento, que tiene toda la intención de volver lo antes posible,
grita ya desde la puerta mientras termina de ponerse el sobretodo:
–Si llega Vivas, decile que me
espere. Que voy a hacer una diligencia y vuelvo.
Salen los dos amigos. Caminan
varias cuadras por la larga calle Guayaquil, doblan a la derecha, rumbo a la
estación.
Allí toman el primer local que
va a Florida. Son apenas unos minutos de tren.
No hay testigos de lo que
hablan. Sólo podemos formular conjeturas. Es posible que Garibotti vuelva a
repetir a su amigo el consejo de Berta Figueroa: que se entregue. Es posible
que Carranza a su vez quiera hacerle algún encargo para el caso de que él
llegue a faltar de su casa. Quizá esté enterado del motín que se acerca y se
lo mencione. O le diga simplemente:
–Vamos a casa de un amigo a
escuchar la radio. Van a pasar una noticia...
También caben explicaciones más
inocentes. Una partida de naipes o la pelea de Lausse que se va a transmitir
luego por radio. Algo hubo de todo eso. Lo indudable es que Garibotti ha salido
de mala gana y con el propósito de volver pronto. Si después no lo hace es
porque han logrado conquistar su curiosidad, o su interés, o su inercia. No
lleva armas encima y en ningún momento las tendrá en sus manos.
También Carranza va desarmado.
Se dejará arrestar sin resistencia. Se dejará matar como un chico, sin un solo
movimiento de rebeldía. Pidiendo inútilmente clemencia hasta el balazo final.
Bajan en Florida. Doblan a la
derecha y cruzan las vías. Caminan seis cuadras por la calle Hipólito Yrigoyen.
Atraviesan Franklin. Se detienen –Carranza se detiene– ante una finca con dos
portoncitos de madera pintados de celeste que dan a un mismo jardín.
Entran por el de la derecha. Se
internan por un largo pasillo. Llaman a una puerta.
De Garibotti no volveremos a
tener referencias ciertas. Para que alguna recojamos de Carranza antes del
silencio definitivo, tendrán que pasar muchas horas.
Y muchas cosas incomprensibles.
3.
DON HORACIO
Florida , sobre el F. C.
Belgrano, está a 24 minutos de Retiro. No es lo mejor del partido de Vicente
López, pero tampoco es lo peor. El municipio regatea el agua y las obras
sanitarias, hay baches en los pavimentos, faltan letreros indicadores en las
esquinas, pero el pueblo vive a pesar de todo.
El barrio en que van a ocurrir
tantas cosas imprevistas está a unas seis cuadras de la estación, yendo al
oeste. Ofrece los violentos contrastes de las zonas en desarrollo, donde
confluyen lo residencial y lo escuálido, el chalet recién terminado junto al
baldío de yuyos y de latas.
El habitante medio es un hombre
de treinta a cuarenta años que tiene su casa propia, con un jardín que cultiva
en sus momentos de ocio, y que aún no ha terminado de pagar el crédito
bancario que le permitió adquirirla. Vive con una familia no muy numerosa y
trabaja en Buenos Aires como empleado de comercio o como obrero especializado.
Se lleva bien con los vecinos y propone o acepta iniciativas para el bien
común. Practica deportes –por lo general el fútbol–, conversa los temas
habituales de la política, y bajo cualquier gobierno protesta sin exaltarse
contra el alza de la vida y los transportes imposibles.
Sobre este esquema se da una
gama no muy amplia de variaciones. La vida es tranquila, sin altibajos. Aquí,
en realidad, nunca ocurre nada.
En invierno las calles quedan
semidesiertas a hora temprana. Las esquinas están mal iluminadas y hay que
cruzarlas con precaución para no enfangarse en los charcos provocados por la
falta de desagües. Donde hay un puentecito o una hilera de piedras para facilitar
el cruce, es obra de los vecinos. A veces el agua obscura llega de un cordón a
otro, y más que verse se adivina por el reflejo de alguna estrella o de los
macilentos faroles que languidecen en los porches hasta altas horas. Sólo en la
avenida San Martín se nota algún movimiento: un colectivo que pasa, un letrero
de neón, el frío resplandor celeste del ventanal de un bar.
La casa donde han entrado
Carranza y Garibotti, donde se desarrollará el primer acto del drama y a la que
volverá por último un fantasmal testigo, tiene dos departamentos: uno al frente
y otro al fondo. Para llegar a éste, hay que recorrer un largo pasillo,
limitado a la derecha por una pared medianera y a la izquierda por un alto
cerco de ligustrina. Es tan angosto el corredor, en cuyo extremo se divisa una
puerta metálica de color verde, que sólo se puede caminar en fila india. Conviene
retener el detalle; tiene cierta importancia.
El departamento del fondo está
alquilado a un hombre sobre quien volveremos a último momento. En el del frente
vive con su familia el dueño de toda la finca, don Horacio di Chiano.
Don Horacio es un hombre de
pequeña estatura, moreno, de bigotes y anteojos. Tiene alrededor de cincuenta
años y hace diecisiete que está empleado como electricista en la Ítalo. Sus
aspiraciones son simples: jubilarse y luego trabajar un tiempo por cuenta
propia, antes de retirarse definitivamente.
Su casa trasciende clase media
apacible y satisfecha. Desde los muebles de serie hasta los platos
ornamentales que en las paredes reiteran distraídas sentencias –”Errar es
humano, perdonar es divino”– o alguna audacia ingenua: “El amor hace pasar el
tiempo, el tiempo hace pasar el amor”, hasta la imagen devota que ha colocado
en un rincón la esposa, o la única hija, Nélida, silenciosa muchacha de
veinticuatro años. Lo único notable es cierta abundancia de cortinados, de
almohadones, de alfombras. La señora Pilar –cabellos blancos y modales
apacibles– es tapicera.
Este sábado es para don Horacio
idéntico a otros centenares de sábados. Ha permanecido de guardia en su
empleo. Su trabajo consiste en reparar desperfectos en las instalaciones de los
abonados. A las cinco de la tarde recibe el último reclamo, procedente de
Palermo. Sale hacia allá, arregla la instalación y vuelve a Central. Para
entonces ya es de noche. A las 20.45 comunica telefónicamente su salida a la
oficina de Balcarce y emprende el regreso a su casa.
Nada hay de nuevo en esta
rutina. Es la misma de años y años. Tampoco el mundo es distinto cuando él toma
el tren en la estación Retiro del Belgrano. Los diarios de la noche no traen
noticias de mayor importancia. En los Estados Unidos han operado al general
Einsenhower. En Londres y Washington se comentan las notas de Bulganin sobre el
desarme. San Lorenzo derrota a Huracán en un encuentro anticipado del campeonato
de fútbol. El general Aramburu realiza uno de sus periódicos viajes, esta vez a
Rosario. El interventor federal lo recibe con efusiones líricas: “... ha
llegado la hora de trabajar en paz, de fructificar en paz, de soñar en paz y
de amar en paz...”. El Presidente responde con una frase que al día siguiente
va a repetir, pero en circunstancias distintas: “No teman los temerosos. La
libertad ha ganado la partida”. Más tarde da a los periodistas que lo acompañan
paternales consejos sobre la forma de decir la verdad. Nada nuevo, realmente,
sucede en el mundo. Lo único de algún interés son los cálculos y comentarios
previos a la gran pelea de box que por el título sudamericano se realiza esa
noche en el Luna Park.
El arribo de don Horacio a su
casa coincide con el de otro vecino, que vive cincuenta metros más lejos, sobre
la misma calle Yrigoyen. Es Miguel Ángel Giunta. Se detienen un momento a
conversar. No hay real amistad entre ellos –hace menos de un año que se conocen–, pero sí una relación
cordial de vecinos. Por la mañana suelen tomar juntos el mismo tren. Don
Horacio lo ha invitado más de una vez a entrar en su casa. Giunta no halló
hasta ahora la oportunidad de aceptar, pero esta noche se renueva el
ofrecimiento:
–¿Por qué no viene a escuchar
la pelea después de la cena?
Giunta titubea.
–No le prometo nada. Pero puede
ser.
–Traiga a su señora –insiste
don Horacio.
En realidad, ése es el motivo
por el que vacila Giunta. Esa tarde, al salir, ha dejado a su esposa un poco
indispuesta. Si la encuentra mejor, es posible que venga. Quedan en eso los dos
hombres. Después cada uno se apresura a entrar en su casa. Ha empezado a
apretar el frío. El termómetro marca menos de 4 grados y seguirá bajando.
Son las 21.30. En ese momento,
a treinta kilómetros de allí, en Campo de Mayo, un grupo de oficiales y
suboficiales al mando de los coroneles Cortínez e Ibazeta inician el trágico
levantamiento de junio.
Don Horacio y Giunta lo
ignoran. La mayoría del país también lo ignora y seguirá ignorándolo hasta
después de medianoche.
Radio del Estado, la voz
oficial de la Nación, transmite música de Haydn.
4.
GIUNTA
Giunta, o don Lito como lo
llaman en el barrio, vuelve de Villa Martelli, donde ha pasado la tarde con los
padres. No ha cumplido treinta años Giunta. Es un hombre alto, atildado, rubio,
de mirada clara. Expansivo, gráfico en los gestos y el lenguaje, tiene una
dosis considerable de humor y aun de ironía escéptica. Pero lo que en el acto
se desprende de él es una impresión de honradez sólida, de sinceridad. De todos
los testigos que sobrevivan al drama, ninguno resultará tan convincente, a
ninguno le resultará tan fácil y natural evidenciar su inocencia, mostrarla
concreta y casi tangible. Bastará hablar una hora con él, oírle recordar, ver
la indignación y el evocado espanto que paulatinamente le brotan de adentro,
le asoman a los ojos y hasta le erizan el cabello, para deponer toda
incredulidad.
Hace quince años que trabaja
Giunta como vendedor en una zapatería de Buenos Aires. Importa señalar dos
cualidades menores, recogidas en el oficio. Por un lado, cierta “psicología”
práctica que en oportunidades le permite adivinar deseos e intenciones de sus
clientes, no siempre fáciles, y por extensión, de otras personas. Luego, una
envidiable facultad de fisonomista, adiestrada en el transcurso de los años.
No sospecha –mientras cena en
esa casa apacible, adquirida con su esfuerzo, rodeado del afecto de los
suyos–, que esas cualidades le ayudarán horas más tarde a salir del trance más
amargo de su vida.
5.
DÍAZ: DOS INSTANTÁNEAS
Al departamento del fondo,
entretanto, van llegando algunas personas. En un momento habrá alrededor de
quince hombres jugando a los naipes en torno a dos mesas, escuchando la radio
o conversando. Algunos se irán y vendrán otros. En ciertos casos será difícil
establecer con precisión la cronología de estos arribos y partidas. Y no sólo
la cronología. Hasta la identidad de uno o dos de los protagonistas quedará
finalmente borrosa o ignorada.
Sabemos, por ejemplo, que
alrededor de las 21 aparece un hombre llamado Rogelio Díaz, pero no sabemos con
exactitud quién lo trae ni a qué viene. Sabemos que es un suboficial
(sargento sastre, dicen algunos), retirado de la Marina, pero no sabemos por
qué se ha –o lo han– retirado. Sabemos que vive muy cerca de allí, en Munro,
pero ignoramos si es esa simple proximidad lo que explica su presencia. Sabemos
que está casado y tiene dos o tres chicos, pero más tarde nadie podrá
indicarnos el paradero exacto de su familia. ¿Está comprometido con el
movimiento revolucionario? Puede ser. También puede ser que no.
Lo único preciso, lo único en
que coinciden quienes recuerdan haberlo visto, es en su aspecto físico, un
hombre corpulento, provinciano, muy moreno, de edad indefinible (“Usted sabe
que a los negros es difícil conocerles la edad...”), alegre conversador, que en
un momento estará jugando con entusiasmo al chinchón, y en otro momento muy
distinto –cuando ya todos temen– roncará apacible y estruendosamente en un
banco de la Unidad Regional San Martín, como si no tuviera el más leve peso en
su conciencia. En estas dos instantáneas puede resumirse toda la vida de un
hombre.*
* Cuando mencioné por primera
vez a Díaz en mis notas para “Revolución Nacional” su existencia y
supervivencia eran más bien una hipótesis, que afortunadamente pude luego
comprobar. La persona que me lo había nombrado, sólo recordaba su apellido, y
aun de eso no estaba seguro. Interrogando a un número bastante grande de
testigos secundarios, deduje que efectivamente existió un sargento Díaz.
Curiosamente, nadie recordaba su nombre de pila y casi todos lo daban por
muerto. Hasta que en un semanario encontré una lista de presos en Olmos, donde
figuraba un tal “Díaz Rogelio”. Mis informantes recordaron entonces que ése
–Rogelio– era su nombre de pila. Mientras se publicaba este libro en la revista
“Mayoría”, recogí los siguientes datos adicionales sobre él. Efectivamente era
sargento sastre, santiagueño, estuvo en 1952 en el Batallón 4 de Infantería de
Marina (en Dársena Norte), después pasó a la Escuela Naval de Río Santiago.
6.
LIZASO
Más nítida, más apremiante, más
trágica, aparece la imagen de Carlitos Lizaso. Tiene veintiún años este
muchacho alto, delgado, pálido, de carácter retraído y casi tímido. Pertenece
a una familia numerosa de Vicente López.
En su casa la política ha sido
siempre un tema dominante. Don Pedro Lizaso, el padre, fue radical en una
época. Luego simpatiza con el peronismo. En 1947 lo designan comisionado
municipal, por poco tiempo. Más tarde se opera en él una evolución adversa. A
partir de 1950 está alejado del peronismo y ha de irse alejando cada vez más.
Es prácticamente un opositor cuando se produce la revolución de setiembre.
–Teníamos la secreta esperanza
de que todo iba a cambiar, de que se conservaría lo bueno que hubiera quedado
y se destruiría lo malo –dirá luego un amigo suyo–. Pero después...
Después ya se sabe lo que
ocurre. Una ola revanchista sacude al país. Don Pedro Lizaso, envejecido,
enfermo y desilusionado, vuelve a ser opositor.
Estos cambios se reflejan en
sus hijos varones. En setiembre de 1955, cuando la revolución estremece a
todos y los que no combaten están pegados a la radio, escuchando las noticias
oficiales y las que se filtran del otro bando –¡singular recuerdo! nadie los
fusilará por eso–, alguien le pregunta a Carlos:
–¿Por quién pelearías?
–No sé –responde,
desconcertado–. Por nadie.
–Pero si te obligaran, si
tuvieras que elegir.
Medita un segundo antes de
contestar.
–Creo que por ellos –responde
al fin.
Ellos son los revolucionarios.
Desde entonces ha pasado mucha
agua bajo el puente. Carlos Lizaso parece haber olvidado semejantes
disyuntivas. Lo exterior de su vida es que ha abandonado sus estudios secundarios
para ayudar al padre en su oficina de martillero. Trabaja duramente, tiene
aptitud para ganar dinero, aspira a una posición y está en camino de lograrla a
pesar de su juventud. En sus momentos de descanso, se distrae para jugar al
ajedrez. Es un jugador fuerte, que interviene con éxito en algunos torneos
juveniles.
No es difícil reconstruir sus
movimientos esa tarde del 9 de junio. Primero visita a una hermana. Más tarde
se va a casa de su novia, con quien permanece alrededor de una hora. Son más de
las nueve cuando se despide y se marcha. Toma un colectivo y baja en Florida.
Camina un par de cuadras, se detiene ante la casa de portones celestes, se
aventura por el largo corredor...
¿Qué sabe de la revolución que
estalla en ese mismo momento? Una vez más la contradicción, la duda. Por una
parte, es un muchacho tranquilo, reflexivo. No lleva armas encima ni sabe
manejarlas. Se ha exceptuado del servicio militar y nunca ha tenido un simple
revólver en sus manos.
Por otra parte, adivinamos su
actitud mental ante el proceso político. Un detalle la confirma.
Después que él se marcha, su
novia encuentra en su casa un papel escrito con la letra de Carlos:
“Si todo sale bien esta
noche...”.
Pero todo saldrá mal.
7.
ALARMAS Y PRESENTIMIENTOS
Hay un hombre, por lo menos,
que parece presentirlo. Una, dos, tres veces pasará por la casa para buscar a
Lizaso, para llevárselo, para arrancarlo a la muerte, aunque ese extremo no
pase todavía por la mente de nadie. Y será inútil.
Este hombre –que más tarde se
volcará al terrorismo y se hará llamar “Marcelo”– representa un curioso papel
en los acontecimientos. Es amigo de la familia Lizaso y de otros protagonistas.
Por Carlitos siente una paternal solicitud, un cariño que el tiempo y la
desgracia tornarán amargo. Este hombre sabe lo que está ocurriendo. De ahí que
tema, que quiera llevarse al muchacho. Pero siempre lo encontrará entretenido,
animado, conversando, y se dejará disuadir por la repetida promesa:
–Dentro de diez minutos voy...
“Marcelo” no se queda conforme.
Antes de marcharse por última vez se dirige al hombre a quien estima
responsable de la equívoca situación que parece advertir en el departamento.
Lo conoce. Lo lleva aparte y hablan en voz baja.
–¿Sabe algo toda esta gente?
–No. La mayoría no sabe nada.
–¿Y qué hacen aquí?
–Qué sé yo... Van a escuchar la
pelea.
–Pero usted –insiste “Marcelo”
irritado–, ¿por qué los tiene aquí?
–¿Quiere que los eche? Yo no
soy el dueño de casa.
La discusión llega a ser agria.
“Marcelo” la corta bruscamente:
–Haga lo que quiera. Pero a ese
muchacho –señala con la cabeza a Lizaso, que conversa en un grupo alejado– no
me lo lleva a ninguna parte, ¿me oye?
El otro se encoge de hombros.
–Quédese tranquilo. No lo llevo
a ninguna parte. Además, ya no hay nada esta noche.
8.
GAVINO
“Ya no hay nada esta noche”,
repite Norberto Gavino para sus adentros. Hace rato que la radio tendría que
haber dado la noticia. Por un momento piensa que “Marcelo” tiene razón.
Pero después se olvida. Si no hay nada, tampoco hay peligro para nadie. Muchos
han venido simplemente de visita, gente a quien él ni conoce, sería ridículo
decirles: “Váyanse, estoy por hacer una revolución”.
Porque no hay duda de que
Gavino, aunque a estas horas se encuentre desconectado y no sepa a qué
atenerse, está en el levantamiento.
Hombre de unos cuarenta años,
de estatura mediana pero atlético, suboficial de gendarmería en una época, más
tarde vendedor de terrenos, temperamento vivo, precipitado, propenso a la
jactancia –y a los peligrosos descuidos que ella acarrea en una existencia como
la suya–, Gavino venía conspirando desde bastante tiempo atrás. Y a comienzos
de mayo un lamentable episodio lo confirmó en ese camino. Su esposa,
completamente ajena a esas actividades, fue encarcelada como rehén. Gavino
supo que sólo cuando él se entregase la dejarían en libertad. Y a partir de
ese momento, sólo pensó en la revolución.
Estaba prófugo, desde luego, y
se creía buscado por autoridades militares y policiales. Con sobrada razón.
Todo lo acontecido esa noche, la información periodística aparecida en días
posteriores y otros indicios lo confirman.* No halló nada mejor para eludir el
cerco, que refugiarse en el departamento de su amigo Torres.
Y allí aguardaba ahora,
nerviosamente, la noticia que no llegaría a escuchar.
9.
EXPLICACIONES EN UNA EMBAJADA
Y así llegamos al personaje que
explica gran parte de la tragedia –Torres, el inquilino del departamento del
fondo.
Juan Carlos Torres lleva dos o
tres vidas distintas.
Para el dueño de casa, por
ejemplo, es el simple inquilino, que paga puntual su alquiler y no crea
problemas, aunque a veces desaparece unos días y cuando vuelve no dice dónde ha
estado. Para el vecindario es un muchacho tranquilo, bastante popular, que
acostumbra organizar en su casa “asados” y reuniones a las que asiste gente del
barrio y en las que no se habla de política. Para la policía, en la época
posterior al levantamiento, es un individuo peligroso y escurridizo, vana e
incansablemente buscado...
Yo lo encontré, por fin, muchos
meses más tarde, asilado en una embajada latinoamericana, caminando de un lado
para otro en su forzoso encierro, fumando y contemplando a través de un
ventanal la ciudad tan próxima y tan inaccesible. Volví a verlo varias veces.
Alto y flaco, de abundante cabellera negra, nariz aguileña, ojos obscuros y
penetrantes, me impresionó aun allí adentro como un hombre decidido, parco y
extremadamente cauteloso.
–Yo no tengo por qué mentirle
–me dijo–. Cualquier cosa perjudicial que usted me saque, diré que es falsa,
que a usted ni lo conozco. Por eso no me importa que publique mi nombre
verdadero o no.
Sonrió sin animosidad. Le
expliqué que comprendía las reglas del juego.
* A mediados de 1958, Gavino me
escribió desde Bolivia para manifestar su disconformidad con el breve retrato
que trazo de él, y cuya fuente son otros testigos. Asimismo rechaza
responsabilidad en la muerte de Lizaso, pero yo nunca le atribuí esa responsabilidad.
Parece claro que Lizaso sabía algo de la revolución de Valle, y fue allí por su
propia voluntad.
–A esos muchachos no tenían por
qué fusilarlos –prosiguió entonces–. A mí, vaya y pase, porque yo “estaba” y
en mi casa secuestraron documentación. Nada más que documentación, no armas
como dijeron después. Pero yo me escapé. Y Gavino también se escapó...
Hizo una pausa. Quizá pensaba
en los que no se habían escapado. En los que no tenían nada que ver. Le
pregunté si se había hablado de la revolución.
–Ni remotamente –dijo–. A los
que en realidad estábamos, que éramos Gavino y yo, nos bastaba una mirada para
entendernos. Pero ni él ni yo sabíamos si íbamos a actuar o dónde. Esperábamos
un contacto que no se produjo. Yo me enteré cuando Gavino me pidió la llave del
departamento, porque lo buscaba la policía. Éramos amigos, y se la di. Es
posible que algún otro haya venido porque estaba en la onda y quería saber algo
más.
Su tono se volvió sombrío.
–La desgracia fue que también
cayeron otros muchachos del barrio, que vieron reunión en la casa y entraron a
escuchar la pelea o jugar a las cartas, como de costumbre. En mi casa entraba
cualquiera, aun sin conocerme. Hasta dos “tiras” llegaron esa noche y nadie se
dio cuenta. La verdad es que al mismo Livraga, ése que nombran los diarios, yo
no lo conocía ni recuerdo haberlo visto. La primera vez que lo vi fue en foto.
Un interrogante flotaba pesado
entre nosotros. Juan Carlos Torres se adelantó a contestarlo.
–No les dijimos nada –explicó
pesarosamente– porque la realidad es que hasta ese momento no había nada.
Mientras no tuviéramos noticias concretas, era una noche como cualquiera. Yo
no podía ponerlos sobre aviso, decirles que se fueran, porque iba a despertar
sospechas, y no acostumbro a hablar más de lo necesario.
“Unos minutos más, y cada uno
se habría ido a su casa. Entonces no habría ocurrido nada.”
Unos minutos más. En este caso,
todo girará alrededor de unos minutos más.
10.
MARIO
En el número 1812 de la calle
Franklin vive Mario Brión. Es un chalet con un jardín, casi en una esquina, a
menos de cien metros de la casa fatídica.
Brión tiene treinta y tres años
esa tarde del 9 de junio. Es un hombre de estatura mediana, rubio, con una
calvicie incipiente, de bigotes. Cierta expresión melancólica se desprende
quizá de su rostro ovalado.
Un muchacho serio y trabajador,
dicen los vecinos. Una vida común, sin relieves brillantes, sin deslumbres de
aventura, reconstruimos nosotros. A los quince años se emplea de oficinista,
sin abandonar sus estudios, sigue cursos de inglés, que llegará a hablar con
cierta soltura, se recibe de perito mercantil. Parece haberse fijado un plan
de vida de etapas precisas y las va cumpliendo. Con sus ahorros compra un
terreno, edifica una casa. Sólo entonces decide casarse, con su primera novia.
Más tarde les nace un hijo: Daniel Mario.
Del padre, un español que supo
ganarse la vida en duros oficios, ha heredado un difuso amor a la lectura. Es
una sorpresa encontrar en su biblioteca a Horacio, a Séneca, a Shakespeare, a
Unamuno y Baroja, junto a las frías colecciones contables. También hay allí
esos libros de inevitable procedencia americana y de títulos diversos, que
pueden resolverse en uno –”Cómo triunfar en la vida”–, y ellos indican, por
encima de los dudosos resultados prometidos, cuáles eran las aspiraciones de
Mario: trabajar, progresar, proteger a su familia, tener amigos, ser estimado.
No le hubiera costado trabajo
lograrlo. En la empresa donde estaba se le había ofrecido ya una jefatura de
sección. Ganaba bien: ninguna comodidad faltaba en su casa. Suya era cuanta
iniciativa útil nacía en el vecindario. Un caminito pavimentado que une la
esquina de su casa con la avenida San Martín lo recuerda. Él recolectó el
dinero, él reunió a los vecinos para trabajar domingos y feriados.
Mario Brión –dice la gente– es
un muchacho alegre, amable con todos, un poco tímido. No fuma ni bebe. Sus únicas
diversiones consisten en ir al cine con su esposa, o en jugar al fútbol con
sus amigos del barrio.
Esa noche ha cenado tarde, como
de costumbre. Después ha salido a comprar el diario. También lo hace siempre.
Le gusta leer el diario, en un sillón, mientras escucha algún disco o algún
programa de radio.
En el camino se encuentra con
un amigo o con un conocido. No sabremos con quién.
–Quieren que vaya a oír la
pelea –anuncia a su esposa, Adela, cuando vuelve–. No sé si ir...
Está indeciso. Al fin se
resuelve. Después de todo, él también pensaba escucharla.
Da un beso a su hijo Danny –que
ya tiene cuatro años– y se despide de su mujer.
–Apenas termine, vuelvo.
No se pone sobretodo a pesar
del frío. Sólo lleva una gruesa tricota blanca.
Camina hasta Yrigoyen y se
adentra por el largo pasillo. Un testigo de último momento lo verá parado cerca
del receptor de radio, sonriente y con las manos en los bolsillos, un poco
aislado, un poco ausente de los otros grupos que charlan o juegan a las
cartas.
11.
“EL FUSILADO QUE VIVE”
El número 1624 de la calle
Florencio Varela, en Florida, marca un hermoso chalet de estilo californiano.
Podría ser la residencia de un abogado o de un médico. La ha construido con sus
manos don Pedro Livraga, hombre silencioso, ya entrado en años, que en su
juventud ha sido peón de albañil y que luego, en paulatina maestría del oficio,
ha terminado en constructor.
Tres hijos tiene don Pedro. La
mayor está casada. Los dos varones, en cambio, viven con él. Uno de éstos es
Juan Carlos.
Flaco, de estatura mediana,
tiene rasgos regulares, ojos pardo-verdosos, cabello castaño, bigote, le faltan
unos días para cumplir veinticuatro años.
Sus ideas son enteramente
comunes, las ideas de la gente del pueblo, por lo general acertadas con
respecto a las cosas concretas y tangibles, nebulosas o arbitrarias en otros
terrenos. Tiene un temperamento reflexivo y hasta calculador.
Pensará mucho las cosas y no
dirá lo que no le convenga.
Esto no excluye una curiosidad
instintiva, una impaciencia de fondo, no manifiesta en los actos menudos pero
sí en la forma en que va tratando de adaptarse al mundo. Ha abandonado sus
estudios secundarios al terminar el primer año. Después, durante varios, ha
sido oficinista en la Aeronáutica. Ahora trabaja de colectivero. Más tarde, ya
“resucitado”, acompañará a su padre en trabajos de construcción.
Buen observador es, pero acaso
confía demasiado en sí mismo. En el transcurso de la singular aventura que está
por sobrevenirle, algunas cosas las captará con extraordinaria precisión y
hasta será capaz de trazar diagramas y planos muy exactos. En otras, se
equivocará e insistirá terco en el error.
Ante el peligro se mostrará
lúcido y sereno. Y pasado el peligro, demostrará un coraje moral que debe
señalarse como su principal virtud. Será el único, entre los sobrevivientes o
los familiares de las víctimas, que se atreva a presentarse para reclamar
justicia.
¿Sabe algo, esa tarde del 9 de
junio, de la revolución que estallará después? Ha llegado a su casa antes de
terminar su turno de trabajo, y esto podría parecer sospechoso. Pero el caso es
que se le ha descompuesto el colectivo que maneja –el número 5 de la línea 10
con recorrido en Vicente López–, y la empresa confirmará ese detalle.
¿Sabe algo? Él lo negará
terminantemente. Y añadirá que carece de todo antecedente policial, judicial,
gremial o político. Y esa afirmación también será probada y confirmada.
¿Sabe algo a pesar de todo? Son
muchos en el Gran Buenos Aires los que están en la onda, aunque no piensen
intervenir. Sin embargo, de los numerosos testimonios recogidos, no hay uno
solo que indique a Livraga como comprometido o enterado.
Son más de las diez de la noche
cuando Juan Carlos sale de su casa. Dobla a la derecha y luego toma por la
avenida San Martín en dirección a Franklin, donde hay un bar que frecuenta.
Hace frío y las calles están poco transitadas.
Cierta indecisión lo domina. No
sabe si quedarse jugando una partida de billar o si ir a un baile al que ha
prometido su asistencia.
La casualidad decide por él. La
casualidad que le sale al paso en la persona de su amigo Vicente Rodríguez.
12.
“ME VOY A TRABAJAR...”
Es una torre de hombre este
Vicente Damián Rodríguez, que tiene 35 años, que carga bolsas en el puerto, que
pesado y todo como es juega al fútbol, que guarda algo de infantil en su
humanidad gritona y descontenta, que aspira a más de lo que puede, que tiene
mala suerte, que terminará mordiendo el pasto de un potrero y pidiendo
desesperado que lo maten, que terminen de matarlo, sorbiendo a grandes tragos
la muerte que no acaba de inundarlo por los ridículos agujeros que le hacen
las balas de los máuseres.
Hubiera querido ser algo en la
vida Vicente Rodríguez. Está lleno de grandes ideas, de grandes ademanes, de
grandes palabras. Pero la vida es feroz con gente como él. Solamente ganarla
será un permanente cuesta arriba. Y perderla, un interminable trámite.
Se ha casado, tiene tres chicos
y los quiere, pero es claro, hay que darles de comer y mandarlos al colegio. Y esa
casa pobrísima que alquila, rodeada de ese paredón sucio, con ese terreno
inculto donde picotean las gallinas, no es lo que él imaginaba. Nada es como él
imaginaba.
La sensación de poder que le
dan sus músculos vigorosos nunca puede verla cabalmente trasladada al mundo
objetivo. En alguna época, es cierto, actúa en su sindicato y hasta llega a
delegado, pero luego todo eso se derrumba. Ya no hay sindicato ni hay delegado.
Entonces comprende que él es nadie, que el mundo pertenece a los doctores. El
signo de su derrota es muy claro. En su barrio hay un club, en el club una biblioteca.
Acudirá allí, en busca de esa fuente milagrosa –los libros– de donde parece
fluir el poder.
No sabemos si alcanza a
leerlos, pero del paso de Rodríguez por la época de canibalismo que vivimos,
sólo quedará –aparte de la miseria en que deje a su mujer y sus chicos– una
foto opaca con un sello borroso que dice precisamente “Biblioteca”.
Rodríguez ha salido de su casa
–Yrigoyen 4545– alrededor de las nueve. Y ha salido con mal pie. A su mujer le
dice:
–Me voy a trabajar.
¿Es una mentira inocente para
encubrir una salida más? ¿Oculta algo más serio, es decir su propósito de
intervenir en el movimiento? ¿O realmente va a trabajar? Es cierto que ha
transcurrido más de una hora, pero la calle por donde camina conduce a la
estación, y allí puede tomar un tren que en veinticinco minutos lo conduzca al
puerto, donde podría optar a un turno extraordinario de trabajo.
Será difícil determinarlo. En
este caso como en otros. Por un lado, Rodríguez es opositor, peronista. Por
otro, es un hombre comunicativo, locuaz, a quien le resulta muy difícil callar
algo importante. Y a su mujer, con quien lleva trece años de casados, no le ha
dicho nada. Ni siquiera una insinuación. Le ha dicho solamente: “Me voy a
trabajar”, y se ha despedido en forma normal, sin ningún signo de impaciencia o
nerviosidad.
Por otra parte, conviene
observar su actitud ulterior. Es de absoluta pasividad cuando lo llevan a la
muerte en el carro de asalto. Un sobreviviente que lo conocía bien, observará
más tarde:
–Si el Gordo hubiera querido,
los desparramaba a trompadas a esos milicos...
Cabe suponer que jamás pensó
que lo iban a matar, ni aun a último momento, cuando eso era evidente.
Conversan un momento los dos amigos.
Livraga le ha prestado días antes una valija destinada a llevar los equipos del
club de fútbol en el que ambos juegan.
–¿Cuándo pasas a buscarla?
–pregunta Rodríguez.
–Si querés, vamos ahora.
–De paso, podemos escuchar la
pelea.
Son muchos los que hablan de
esa pelea. Por el título sudamericano de los medianos van a combatir a las
once el campeón Lausse –que acaba de cumplir una campaña triunfal en los
Estados Unidos– y el chileno Loayza.
Livraga es aficionado al boxeo
y no tiene inconveniente en aceptar el ofrecimiento. Se dirigen pues a la casa
de Rodríguez. No sabemos la excusa que éste piensa dar a su mujer, y de todas
maneras no tiene importancia, porque no llegará a darla. Se detiene cincuenta
metros antes, frente a la finca de portones celestes, observa que hay luz en el
departamento del fondo y dice:
–Espérame un momento.
Entra, pero no tarda en volver.
–Podemos escuchar la pelea
aquí. Tienen la radio prendida. –Y aclara:– Son unos amigos.
Livraga se encoge de hombros.
Tanto le da.
Se internan por el largo
pasillo.
13.
LAS INCÓGNITAS
¿Hay alguien más en el
departamento del fondo? Sin duda están Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso,
Gavino, Torres, Brión, Rodríguez y Livraga. “Marcelo” ha estado tres veces y no
volverá. Algunos amigos de Gavino han venido y también se han retirado
temprano. Sabemos por lo menos de un vecino, conocido de Brión, que como él ha
llegado a escuchar la pelea y que a último momento se siente descompuesto, se
va, y se salva.
El desfile no termina allí.
Alrededor de las once menos cuarto se presentan dos desconocidos que –si no
fuera tan trágico lo que va a suceder– plantean una situación de comedia.
Torres cree que son amigos de Gavino. Éste, que son amigos de Torres. Sólo más
tarde, comprenderán que son pesquisas. Permanecen unos momentos, circulando
entre los grupos, explorando la situación. Cuando se hayan alejado, informarán
que no hay armas en el local y que la entrada está expedita.
Necesaria precaución. Porque la
configuración del terreno es tal, que desde la puerta metálica que da acceso al
departamento, un hombre armado con un simple revólver dominaría todo el
pasillo y dificultaría durante minutos enteros la entrada de cualquier enemigo
potencial. Si el arma fuese una pistola ametralladora, la posición podría
mantenerse horas.
Sin embargo cuando llegue la
policía –que en ese mismo momento está requisando un colectivo en la parada de
Puente Saavedra–, nadie ofrecerá la menor resistencia. No se disparará un
solo tiro.
Pero, ¿hay alguien más, aparte
de los ya mencionados? Será difícil encontrar a un testigo que recuerde a
todos; los que podrían hacerlo están ausentes o muertos. Sólo podemos guiarnos
por indicios. Torres, por ejemplo, afirmará que había dos hombres más. Del
primero supo que era suboficial del ejército. Del segundo, ni siquiera eso.
Otros testimonios indirectos
vuelven a mencionar al suboficial. Y precisan: sargento. Las descripciones son
confusas, divergentes. Parece que llegó a último momento... Nadie sabe quién
lo trajo... Casi nadie lo conocía... Alguien sin embargo, volverá a verlo, o
creerá verlo, horas más tarde, en el momento en que recibe un tiro y se
desploma.
¿Y el otro? Ni siquiera sabemos
si existió. Ni cómo se llamaba, ni quién era. Ni si está vivo o muerto.
Con respecto a estos dos
hombres, nuestra búsqueda ha concluido en un callejón sin salida.
Faltan pocos minutos para las
once. La radio está transmitiendo los preliminares de la pelea de box. En el
grupo que juega a las cartas hay un silencio cuando el locutor anuncia la
presencia en el cuadrado del campeón Lausse y del chileno Loayza.
Al departamento del frente,
entretanto, ha llegado Giunta alrededor de las diez y media. La tranquilidad
que reina en la casa de don Horacio es perfecta. La señora Pilar conversa unos
momentos con ellos antes de retirarse a descansar. Su hija Nélida prepara unos
mates para el invitado, mientras don Horacio enciende el receptor.
Si acaso sintoniza un instante
Radio del Estado, la voz oficial de la Nación, comprobará que ha terminado de
transmitir un concierto de Bach y a las 22.59 inicia otro con Ravel...
A esa hora, en la Comisaría 2a
de Florida, han terminado de concentrarse veinte hombres, para un misterioso
procedimiento.
–Algo gordo –piensa el
comisario Pena cuando se entera de quién va a conducir a los hombres.
La palabra revolución no ha
sido todavía pronunciada. Y mucho menos por Radio Splendid, que filtra el rumor
de multitud en el Luna Park y la voz tensa del locutor Fioravanti,
transmitiendo las primeras incidencias del match.
Es un combate corto y violento,
que desde la segunda vuelta queda prácticamente definido. En total, dura menos
de diez minutos. Al promediar el tercer round, el campeón derriba a Loayza por
toda la cuenta.
El dueño de casa y Giunta se
miraron con una sonrisa de satisfacción.
Giunta tomaba una copa de
ginebra y se disponía a marcharse. Desde el dormitorio, la señora Pilar pidió
a su esposo una bolsa de agua caliente. Don Horacio fue a la cocina, llenó la
bolsa y regresaba con ella cuando se oyeron violentos golpes a la puerta.
Parecían asestados con la culata de una pistola o de un fusil.
En el silencio nocturno resonó
el grito:
–¡La policía!
SEGUNDA
PARTE
LOS
HECHOS
14.
¿DONDE ESTA TANCO?
Tan desconcertado está don
Horacio, que no atina a dejar la bolsa. Corre, hace girar la llave en la
cerradura, y antes que termine de sacar la cadena, la puerta es impulsada con
violencia desde afuera, salta el cerrojo y él se ve impelido, rodeado,
desbordado por el tropel de policías y particulares provistos de armas largas y
cortas, que en pocos segundos inundan todas las dependencias y cuyas voces no
tardarán en oírse en el patio y en el pasillo, que conduce al fondo. Todo
sucede con velocidad de relámpago.
Alto, corpulento, moreno, de
bigotes, impresionante de autoridad, es el que manda el grupo. En la mano
derecha empuña una pistola 45. Habla a gritos, con voz ronca y pastosa que por
momentos parece de borracho. Viste pantalones claros y chaquetilla corta,
color verde oliva: es el uniforme del Ejército Argentino.
Don Horacio ha retrocedido,
espantado. Sólo atina a levantar los brazos, sin soltar todavía la bolsa de
agua caliente que ya le quema los dedos. El jefe del grupo se la arranca de un
manotazo.
–¿Dónde está Tanco? –grita.
El dueño de casa lo mira sin comprender.
Es la primera vez que oye el nombre del general rebelde, cuya dramática fuga,
escapando al paredón, se conocerá días más tarde. El jefe lo hace a un lado de
un empellón y se encara con el otro, con Giunta.
Giunta está simplemente
petrificado. Ha permanecido en su silla, con la boca abierta, los ojos
desmesurados, sin atinar a moverse. El jefe se acerca a él y deliberadamente,
delicadamente, le apoya la pistola en la garganta.
–¡No te hagas el piola! –le
dice con voz sorda–. ¡Levanta las manos!
Giunta levanta las manos. Y por
segunda vez escucha esa pregunta indescifrable, que ha de seguir repitiéndose
como una pesadilla. Dónde está Tanco. ¿Dónde está Tanco?
Su atónito silencio le gana un
puñetazo que casi lo voltea de la silla. También ese golpe de izquierda
–protegido por la alevosía del arma que esgrime la derecha– volverá a verse.
Parece un recurso preferido del hombre que lo usa.
La escena ha sido rápida,
electrizante. Igualmente rápida es la secuela, concretada en un crepitar de
órdenes:
–¡A ese viejo y a este otro,
sáquenlos y llévenlos al auto!
Ni tiempo tienen de protestar.
Los sacan y los introducen en el automóvil Plymouth de la comisaría de Florida.
Estacionados sobre la misma acera se encuentran un colectivo rojo y una
camioneta policial celeste, con radio móvil.
Del patio de la finca,
entretanto, ha escapado un hombre –Torres–, y otro –Lizaso– parece haberlo
intentado sin éxito.
El patio pertenece al
departamento del frente, pero tiene comunicación indirecta con el fondo, por
una puertita que se abre sobre el pasillo, en el cerco de ligustrina.
El episodio es confuso, no hay
dos relatos que coincidan. La síntesis que se desprende de todos ellos es que
Torres, acompañado de Lizaso, se encaminaba al departamento de don Horacio, por
el camino habitual para él, a pedir el uso del teléfono, lo que también era
bastante habitual. Fue entonces cuando oyeron y acaso vieron la llegada de la
policía.
Torres no titubea. El patio
tiene una tapia no muy alta. La salva de un salto y huye a través de las fincas
vecinas. En su desesperada carrera, atraviesa cercas y tejados, se desgarra las
ropas, se causa profundas heridas en una mano y en el cuello –nunca sabrá
cómo–, corre cuadras y cuadras en zigzag, toma por fin un colectivo, hasta que
sangrante y exhausto encuentra refugio. En cierto modo, era el primer
sobreviviente.
Sobre Carlitos Lizaso hay tres
versiones. La primera dice que logró llegar hasta una fábrica de caños próxima,
donde el sereno no le permitió esconderse, y de ese modo provocó su captura. La
segunda, que fue apresado en el patio mismo al derrumbarse la tapia bajo su
peso. La última, que ni siquiera intentó evadirse. Lo único cierto es que fue
detenido.
En el departamento del fondo,
mientras tanto, se ha repetido la escena de sorpresa y brutalidad. La policía
entra sin hallar oposición. Nadie mueve un dedo. Nadie protesta ni se resiste.
El vigilante Ramón Madialdea declarará más tarde que aquí se secuestró “un
revólver con cachas de nácar”. Esa arma (si existió) era la única que había en
la casa.
Los hacen salir a la calle, de
a uno. Y allí los está esperando el jefe, que no tarda en repartir nuevos
gritos, trompadas y culatazos a medida que los suben en el colectivo. A Livraga
le martilla fuertemente el estómago con el cañón de la pistola, gritando:
–¿Así que vos ibas a hacer la
revolución? ¿Con esa facha?
A Carlitos Lizaso le ha dicho
lo mismo. A todos les va preguntando el nombre. La mayoría no le significan
nada, se adivina en el gesto desdeñoso, en el “¡Anda, seguí!” con que los
empuja hacia el colectivo. Pero el de Gavino parece toda una revelación para
él. Se le ilumina la cara de alegría.
Lo sujeta fuertemente por el
cuello y de un golpe le introduce el cañón de la pistola en la boca.
–¡Así que vos sos Gavino!
–aulla–. ¡Así que vos...!
El dedo le tiembla sobre el
gatillo. Los ojos le resplandecen.
–Decime dónde lo tenes –ordena
inapelable–. ¡Dónde está Tanco! ¡Pronto, en seguida, porque te mato,
aquí mismo te mato! ¡Mira, no me cuesta nada!
El cañón de la pistola tabletea
entre los dientes de Gavino. Del labio partido le brota un hilo de sangre.
Tiene los ojos vidriados de miedo.
Pero no le dice dónde está
Tanco. O es un héroe, o realmente no tiene la menor idea sobre el paradero del
general rebelde...*
A Giunta y Di Chiano los bajan
del auto y también los cargan en el colectivo. A último momento se agregan tres
hombres más, detenidos en las inmediaciones.
* La reconstrucción de esta
escena está basada en testimonios indirectos. Meses más tarde el propio Gavino,
en declaración firmada que obra en mi poder, la confirmó con estas palabras
“... siendo en su mayoría golpeados, especialmente el suscripto, por el señor
jefe de Policía, quien me aplicó varios culatazos en la cabeza, boca y tetilla
izquierda, hasta hacerme caer al suelo, emprendiéndome él y varios vigilantes a
puntapiés, gritando a viva voz, decí dónde está Tanco o te mato. Cuando se
cansaron de golpearme, el señor Jefe me levantó de los cabellos arrancándome
gran cantidad, diciendo: Así que vos sos el famoso Gavino, esta noche te
fusilamos. A continuación me revisó los bolsillos, quitándome mi cédula de
identidad y unos 500 pesos, que nunca me fueron devueltos”.
Uno es el sereno de la fábrica
de caños. Otro, un chofer que acertaba a pasar por allí. El tercero, un joven
que se despedía de su novia en la puerta de la casa de ésta...
El colectivo, que es el número
40 de la línea 19, se pone en marcha guiado por su conductor habitual, Pedro
Alberto Fernández, a quien se lo han requisado 45 minutos antes. Los prisioneros
no saben dónde van, ni –salvo uno o dos– por qué los llevan.
Pero alguno alcanzará a oír un
revelador fragmento de conversación entre los vigilantes.
“Ése”, el hombre que dirigía el
procedimiento, el militar vestido de uniforme, el imparcial dispensador de
culatazos y trompadas, a quien todos trataban respetuosamente de “señor”,
mientras que a la distancia lo ubican con un apodo más familiar, ese hombre
era el jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires, teniente coronel (R)
Desiderio A. Fernández Suárez.
*
La señora Pilar y su hija creen
estar viviendo una pesadilla que no termina. La casa sigue invadida de hombres
que revisan muebles y cajones, que interrogan, que hablan a gritos. De afuera
llegan todavía las órdenes secas como balazos.
Están llamadas, sin embargo, a
presenciar un raro interludio. Es el señor jefe de Policía que vuelve, que
toma el teléfono y que habla con voz cambiada. Son apenas unos fragmentos de
conversación y un nombre de mujer los que alcanzan a escuchar:
–... Con todo éxito...
Magnífico... Parece que en el sur también se levantaron... Decile a Cacho que
se cuide... Sí, con todo éxito...
Terminada la conversación,
colabora en el registro de la casa. Nélida pretende alejarse del dormitorio
donde el señor jefe de Policía busca entre prendas de ropa interior fabulosos
planes revolucionarios, o quizás al mismo Tanco. Pero él la hace volver, “para
que después no diga que le falta algo”.
La primera etapa de la
“Operación Masacre” ha sido rápida. Son apenas las 23.30. En ese preciso
momento, Radio del Estado, la voz oficial de la Nación, cesa de transmitir
música de Ravel y comienza a pasar el disco 6489/94 de Igor Stravinsky.
15.
LA REVOLUCIÓN DE VALLE
Lejos de allí, el verdadero
alzamiento arde ya furiosamente.
En junio de 1956, el peronismo
derrocado nueve meses antes realizó su primera tentativa seria de retomar el
poder mediante un estallido de base militar con algún apoyo civil activo.
La proclama firmada por los
generales Valle y Tanco fundaba el alzamiento en una descripción exacta del
estado de cosas. El país, afirmaba, “vive una cruda y despiadada tiranía”; se
persigue, se encarcela, se confina; se excluye de la vida cívica “a la fuerza
mayoritaria”; se incurre en “la monstruosidad totalitaria” del decreto 4161 (que
prohibía siquiera mencionar a Perón); se ha abolido la Constitución para liquidar
el artículo 40 que impedía “la entrega al capitalismo internacional de los
servicios públicos y las riquezas naturales”; se pretende someter por hambre a
los obreros a la “voluntad del capitalismo” y “retrotraer el país al más crudo
coloniaje, mediante la entrega al capitalismo internacional de los resortes
fundamentales de su economía”.
Dicho en 1956, esto era no sólo
exacto: era profético. La proclama de Valle estaba singularmente desprovista de
hipocresía. No contenía la habitual invocación a los valores occidentales y
cristianos ni los denuestos contra el comunismo, aunque tampoco pasaba por alto
el asalto a los sindicatos por “elementos reconocidos como agitadores al
servicio de ideologías o intereses internacionales”.
Frente a este análisis, la
parte programática resultaba endeble. Sacrificaba, quizás inevitablemente, el
contenido ideológico al impacto emocional. Proponía en suma un retorno crítico
al peronismo y a Perón a través de medios transparentes: elecciones en un
plazo no mayor de 180 días, con participación de todos los partidos. En lo
económico el programa contradecía típicamente la crítica previa, al asegurar
“plenas garantías para los capitales foráneos invertidos o a invertirse”, etc.
La proclama ilustraba los dos
aspectos que en aquellos tiempos iniciales de la resistencia, caracterizaron al
peronismo: una obvia aptitud para percibir los males que sufre en forma directa
en cuanto fuerza popular mayoritaria; y una notable ambigüedad para
diagnosticar las causas, convertirse en movimiento revolucionario de fondo y
abandonar definitivamente al enemigo las consignas electorales y las bellas
palabras.
Por supuesto Valle actuó, y
entregó su vida, y eso es mucho más que cualquier palabra. La comprensión de
su actitud es hoy más fácil que hace diez años; será más fácil aún en el
futuro; su figura crecerá justicieramente en la memoria del pueblo, junto con
la convicción de que el triunfo de su movimiento hubiera ahorrado al país la
vergonzosa etapa que le siguió, esta segunda década infame que estamos
viviendo.
La historia del levantamiento
es corta. Entre el comienzo de las operaciones y la reducción del último foco
revolucionario transcurren menos de doce horas.
En Campo de Mayo los rebeldes
encabezados por los coroneles Cortínez e Ibazeta se han apoderado de la
agrupación infantería de la escuela de suboficiales y la agrupación servicios
de la 1a división blindada; pero la ocupación de la escuela de suboficiales
fracasa después de un corto tiroteo y el grupo atacante queda aislado.*
A las once de la noche un grupo
de suboficiales se sublevan en la Escuela de Mecánica del Ejército, pero deben
rendirse después de un tiroteo.
En Avellaneda, en las inmediaciones
del Comando de la Segunda Región Militar, se producen dos o tres escaramuzas
entre rebeldes y policías. Éstos toman algunos prisioneros. Después irrumpen en
la Escuela Industrial y sorprenden al teniente coronel José Irigoyen, con un
grupo que pretendía instalar allí el comando de Valle y una emisora
clandestina. La represión es fulminante. Dieciocho civiles y dos militares son
sometidos a juicio sumario en la Unidad Regional de Lanús. Seis de ellos serán
fusilados: Irigoyen, el capitán Costales, Dante Lugo, Osvaldo Albedro y los
hermanos Clemente y Norberto Ros. Dirige este procedimiento el subjefe de Policía
de la provincia, capitán de corbeta aviador naval Salvador Ambroggio.
* Puede encontrarse un relato
detallado de las operaciones y de la represión subsiguiente en el libro de
Salvador Feria Mártires y verdugos, publicado en 1964.
Los tiros de gracia corren por
cuenta del inspector mayor Daniel Juárez. Con fines intimidatorios, el
gobierno anunció esa madrugada que los fusilados eran dieciocho.
En La Plata, una bomba lanzada
contra una zapatería céntrica parece ser la señal que aguardan los rebeldes
para entrar en acción. En el regimiento 7, el capitán Morganti subleva la
compañía bajo su comando. Grupos de civiles toman las centrales telefónicas. En
las calles céntricas, numerosos transeúntes estupefactos ven pasar varios
tanques Sherman, seguidos por camiones cargados con tropas que a toda velocidad
se dirigen al Comando de la Segunda División y el Departamento de Policía. En
éste hay apenas veinte vigilantes mal armados. Ni el jefe ni el subjefe se
encuentran en él. El primero está revisando los muebles de don Horacio di
Chiano, en Florida. El segundo, dirigiendo la represión en Avellaneda y Lanús.
Va a comenzar la lucha más espectacular
de toda la intentona revolucionaria. Se dispararán alrededor de cien mil tiros,
según un cálculo oficioso. Habrá media docena de muertos y unos veinte heridos.
Pero las fuerzas rebeldes, cuya superioridad material es a primera vista
abrumadora en ese momento, no conseguirían ni el más efímero de los éxitos.
Noventa y nueve de cada cien
habitantes del país ignoran lo que está pasando. En la misma ciudad de La
Plata, donde el tiroteo se prolonga incesantemente toda la noche, son muchos
los que duermen y sólo a la mañana siguiente se enteran.
A las 23.56 Radio del Estado,
la voz oficial de la Nación, deja de ofrecer música de Stravinsky y pone en el
aire la marcha con que cierra habitualmente sus programas. La voz del
“speaker” se despide hasta el día siguiente a la hora de costumbre. A las 24
se interrumpe la transmisión. Todo ello consta en el Libro de Locutores de
Radio del Estado, en uso entonces, en la página 51, rubricada por el locutor
Gutenberg Pérez.
No se ha pronunciado una sola
palabra sobre los acontecimientos subversivos. No se ha hecho la más remota
alusión a la ley marcial, que como toda ley debe ser promulgada, anunciada
públicamente antes de entrar en vigencia.
A las 24 horas del 9 de junio
de 1956, pues, no rige la ley marcial en ningún punto del territorio de la
Nación.
Pero ya ha sido aplicada. Y se
aplicará luego a hombres capturados antes de su imperio, y sin que exista –como
existió, en Avellaneda– la excusa de haberlos sorprendido con las armas en la
mano.
16.
“A VER SI TODAVÍA TE FUSILAN...”
El colectivo con los
prisioneros de Florida, entretanto, se ha dirigido al sudoeste. Cruza el límite
del partido de Vicente López y entra en el de San Martín. La actitud de los
vigilantes de la custodia es correcta o despreocupada. Algunos detenidos
conversan entre sí.
–¿Por qué nos llevarán?
–interroga uno.
–Y qué sé yo... –contesta
otro–. Será por jugar a las cartas.
–Me huele mal. El grandote dijo
algo de una revolución.
Los más desconcertados son don
Horacio y Giunta. Porque ellos ni siquiera jugaban a las cartas. Gavino, que
no los conoce pero que podría ilustrarlos, guarda silencio. Desmelenado y
aturdido, enjugándose la sangre del labio, él sabe por qué los llevan.
Llegan a San Martín, dejan
atrás la estación y la plaza y se detienen en la calle 9 de Julio, frente a un
edificio con vigilantes armados en la puerta. Algunos ya se ubican. Están en
la Unidad Regional de Policía. El viaje ha durado menos de veinte minutos.
Otros veinte minutos, acaso
media hora, permanecen sentados en el colectivo antes de que los hagan bajar.
Ven salir a la gente del cine más próximo. Los transeúntes los miran con
curiosidad. No hay señales de agitación en ninguna parte.
A las 0.11 del 10 de junio de
1956, Radio del Estado reanuda sorpresivamente su transmisión, con la cadena
oficial. Por espacio de veintiún minutos propala una selección de música
ligera. Es el primer indicio oficial de que algo serio ocurre en el país.
Entretanto, la casa fatídica de
Florida vuelve a cobrarse dos imprevisibles víctimas. Julio Troxler y Reinaldo
Benavídez vienen en busca de algún amigo a quien suponen allí. No hacen más que
recorrer el pasillo y llamar al departamento del fondo –extrañamente silencioso
y obscuro– cuando la puerta se abre de golpe y aparecen un sargento y dos
vigilantes que les apuntan con sus armas.
Julio Troxler apenas se inmuta,
a pesar de la sorpresa. Es un hombre alto, atlético, que en todas las
alternativas de esa noche revelará una extraordinaria serenidad.
Veintinueve años tiene Troxler.
Dos hermanos suyos están en el Ejército, uno de ellos con el grado de mayor. Él
mismo siente quizá cierta vocación militar, mal encauzada, porque donde al fin
ingresa como oficial es en la policía bonaerense. Rígido, severo, no transige
sin embargo con los “métodos” –con las brutalidades– que le toca presenciar y
se retira en pleno peronismo. A partir de entonces vuelca su disciplina y
capacidad de trabajo en estudios técnicos. Lee cuanto libro o revista encuentra
sobre las especialidades que le interesan –motores, electricidad,
refrigeración–. Justamente es un taller de equipos de refrigeración el que
instala en Munro y con el que empieza a prosperar.
Troxler es peronista, pero
habla poco de política. Cuantos lo trataron lo describen como un hombre
sumamente parco, reflexivo, enemigo de discusiones. Una cosa es indudable:
conoce a la policía y sabe cómo tratar con ella.
La descripción que podemos dar
de Reinaldo Benavídez es aun más somera. Tiene alrededor de treinta años, es de
estatura mediana, rostro franco y agradable. Por esa época es dueño de un
almacén en sociedad, en Belgrano, y vive con los padres. A Benavídez va a
sucederle algo increíble, algo que aun ubicado en esa noche de singulares
aventuras y experiencias, parece arrancado de una exuberante novela. Pero ya
volveremos sobre ello.
–Por singular coincidencia –que
después va a repetirse– Julio Troxler conoce al sargento que le ha salido al
paso y que le apunta con su arma. Tal vez por eso han quedado un instante
inmóviles los dos, observándose.
–¿Qué hubo? –pregunta Troxler.
–No sé. Tengo que llevarlos.
–¿Cómo me vas a llevar? ¿No te
acordás de mí? –Sí, señor. Pero tengo que llevarlo. Es una orden que tengo.
Se aleja un instante el
sargento. Va al departamento del frente, para pedir instrucciones por teléfono.
Quedan solos los dos detenidos con los vigilantes. Es cierto que están desarmados,
pero si se lo proponen pueden tal vez reducirlos y escapar. Horas más tarde, en
circunstancias más difíciles, casi imposibles, obrarán ambos con prodigiosa decisión
y sangre fría. Ahora se quedan quietos. Es evidente que no sospechan nada
grave.
Y se dejan llevar no más.
Los puestos policiales están en
estado de alarma desde temprano. En la segunda de Florida, el comisario Pena
tiene sintonizado un receptor en su despacho.
A las 0.32 en punto, Radio del
Estado interrumpe la música de cámara y transmitiendo en cadena nacional
anuncia que se va a dar lectura a un comunicado de la Secretaría de Prensa de
la Presidencia de la Nación, promulgando dos decretos.
Dice así el dramático anuncio:
“Considerando que la situación
provocada por elementos perturbadores del orden público obliga al gobierno
provisional a adoptar con serena energía las medidas adecuadas para asegurar
la tranquilidad pública en todo el territorio de la Nación, así como el normal
cumplimiento de las finalidades de la Revolución Libertadora, por ello, el
presidente provisional de la Nación Argentina, en ejercicio del Poder
Legislativo, decreta con fuerza de ley:
“Artículo 1o -
Declárase la vigencia de la ley marcial en todo el territorio de la Nación.
“Art. 2o - El
presente decreto-ley será refrendado por el Excelentísimo señor Vicepresidente
Provisional de la Nación, y los señores ministros, secretarios de Estado, en
los departamentos de Aeronáutica, Ejército, Marina e Interior.
“Art.- 3o - De
forma.
“Fdo.: Aramburu, Rojas,
Hartung, Krause, Ossorio Arana y Landaburu”.
El segundo decreto,
considerando que la ley marcial “constituye una medida cuya aplicación debe ser
reglamentada para conocimiento de la población” dispone las normas y
circunstancias en que se llevará a la práctica.
Recién ha terminado de escuchar
el anuncio el comisario cuando le traen a los dos detenidos. Y lo mismo que el
sargento, tiene un movimiento de sorpresa al ver a Troxler, a quien conoce y
aprecia.
–¿Qué haces vos por acá?
El otro sonríe, encogiéndose de
hombros, y explica lo sucedido sin darle importancia. Seguramente un error...
Conversan unos momentos. Después el comisario recibe una llamada telefónica.
–Te piden de la Unidad –y
agrega–: Che, a ver si todavía te fusilan... Hace un momentito pasaron la ley
marcial.
Se ríen los dos.
Pero el comisario se queda
preocupado.
17.
“PÓNGANSE CONTENTOS”
0.45. En la Unidad Regional han
bajado a los prisioneros del colectivo. Los llevan por una larga galería y los
introducen en una oficina situada a la izquierda, donde hay varios bancos de
plaza, de color verde, en los que van tomando asiento. El edificio parece en
refacciones. Las paredes de esa habitación están recién pintadas, y todavía
quedan por ahí algunos elementos de pintura.
Al principio no les ponen
vigilancia a los detenidos, que tejen toda clase de conjeturas. Livraga se
sienta junto a su amigo Rodríguez y lo primero que hace es preguntarle:
–Gordo, ¿estás metido en algo
vos?
Rodríguez se encoge de hombros.
–Sé tanto como vos.
Giunta y don Horacio están
perplejos. Lo que más les intriga es aquella pregunta que han oído varias
veces repetida: ¿Dónde está Tanco?
Los tres detenidos fuera de la
casa, en los alrededores, se deshacen en explicaciones y lamentos. Uno repite
incansablemente que él fue a cenar con unos amigos, volvió y al pasar por
allí lo agarraron. Otro, que estaba en la puerta de la casa de su novia,
despidiéndose... El sereno de la fábrica de caños, un viejo que todavía tiene
puestas las botas de goma, farfulla un italiano incomprensible.
Mario Brión piensa en su
esposa, que ha de estar esperándolo, sin saber nada: él nunca ha llegado tan
tarde.
¿Se acuerda Carlitos Lizaso de
aquel mensaje que dejó a su novia? “Si todo sale bien esta noche...”
Garibotti se lamenta de haberle
hecho caso a su amigo Carranza, que está abatido y silencioso a su lado. Vaya a
saber ahora cuándo los van a soltar, tal vez a la madrugada o al mediodía
siguiente... Carranza, a su vez, recuerda las palabras de Berta: “Entrégate,
entrégate...”. Bueno, ya está entregado. Los demás puede que salgan, pero
él... Apenas pidan sus antecedentes, está sonado. Tal vez piensa en aquel día
en que se les disparó a los milicos tucumanos. La puerta está sin custodia y
aunque la galería es larga, no hay nadie a la vista. Tal vez con un poco de
suerte... Pero no, Berta tiene razón. Es hora ya de entregarse y que hagan con
él lo que quieran.
Matar no lo van a matar, por
unos panfletos y unas conversaciones...
Gavino está preocupado. A él
tampoco lo van a soltar, ahora que lo tienen. Y sabe bien por qué lo tienen. Le
tocarán uno o dos años de cárcel, hasta que se vaya el gobierno y den una
amnistía. En una de ésas lo mandan al sur. Bueno, tal vez mejor así... ahora
tal vez suelten a su mujer... y no que lo maten en una noche como ésta. ¿Habrá
estallado...?
En ese momento se asoma un
oficial y dirigiéndose a los dos o tres que están más cerca, pregunta:
–Muchachos, ¿ustedes son
detenidos políticos?
Y ante la respuesta dubitativa,
agrega:
–Pónganse contentos. Estalló la
revolución y ya no tenemos comunicación con La Plata.
La Plata es el único lugar
donde se combate en regla. El jefe de la sublevación, coronel Cogorno, ataca
durante toda la noche el Comando de la Segunda División y la Jefatura de
Policía. Las fuerzas atacantes incluyen la compañía del 7, tres tanques al
mando del mayor Pratt y dos o tres centenares de civiles.
Los tanques se emplazan frente
a la jefatura, pero por algún motivo inexplicado sólo consiguen disparar dos
cañonazos contra el edificio. Adentro hay veintitrés hombres: después serán
treinta y cinco.
El tiroteo de armas menores,
hasta ametralladoras pesadas, es violentísimo, pero los sitiadores no llegan a
lanzar un asalto en regla. A lo mejor esperan algo que nunca se produce. Lo
cierto es que el coronel Piñeiro, desde adentro, se aguanta toda la noche.
El Comando de la Segunda
División, a dos cuadras de la Jefatura, está proporcionalmente mucho más
protegido. Tiene alrededor de cincuenta hombres y una ametralladora pesada en
posición dominante –sobre los fondos de la calle 54, entre 3 y 4– con lo que se
mantiene a raya a la compañía sublevada del 7.
Entre esos hombres que están
defendiendo al Gobierno con las armas en la mano, recordaremos a uno que no
figuró en los diarios.
Se llama Juan Carlos Longoni.
Es (era) inspector de policía, un tipo flaco, cara de piedra, mirada dura y
pocas palabras. Cesante en el peronismo, lo reincorporan en 1955. Pasa a ser
ayudante del jefe de la División Judicial, que es el doctor Doglia...
Esa noche Longoni está
durmiendo en su casa cuando oye los primeros tiros. Se levanta y sale
vistiéndose a la calle. Para un taxi y se hace llevar a la zona de lucha. En
lo más denso del tiroteo, el taxista se desmaya del susto. Longoni lo deja en
la Asistencia, sigue solo, y logra meterse en el Comando. Pide un arma y un
puesto de combate. Le entregan una Halcón y le dan a elegir el puesto que
quiera. Toda la noche pelea.
Ése es el hombre a quien siete
meses más tarde el jefe de Policía de la provincia dejará cesante –¡otra vez
cesante!– por secundar a Doglia en sus denuncias sobre este caso. El caso de
los prisioneros que en la Unidad Regional San Martín seguían aguardando su
incierto destino.
18.
“CALMA Y CONFIANZA”
1.45. En el despacho del jefe
de la Unidad Regional San Martín, inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno, también
está encendida la radio. El decreto de ley marcial se ha vuelto a propalar a
las 0.45, 0.50, 1.15, 1.35. Ahora lo están pasando nuevamente.
Hace alrededor de quince
minutos se ha difundido el Comunicado N° 1 de la Vicepresidencia de la Nación,
donde por primera vez se informa al país con algún detalle sobre lo que está
ocurriendo.
En
nombre del señor presidente provisional –reza el texto– se comunica al pueblo
de la República que a las 23 del día sábado se produjeron levantamientos
militares en algunas unidades de la provincia de Buenos Aires.
Inmediatamente
el Ejército, la Marina y la Aeronáutica, apoyados por la Gendarmería Nacional,
la Prefectura y la Policía, iniciaron operaciones para sofocar el intento de
rebelión. Se ha decretado el imperio de la ley marcial en todo el territorio de
la República.
Se
recomienda a la población tener calma y confianza en la fuerza y consolidación
de la Revolución Libertadora.
Firmado:
Isaac F. Rojas, contraalmirante, vicepresidente provisional.
Uno de los prisioneros ha
pedido permiso para ir al baño; en el trayecto, el vigilante que lo acompaña lo
entera de lo que está pasando.
Hay consternación en el grupo
cuando este hombre vuelve con la noticia que confirma de manera definitiva
todos los indicios, las sospechas, los temores que han ido creciendo desde las
once de la noche anterior, cuando por primera vez oyeron la palabra “revolución”,
en boca del propio jefe de Policía. Gavino se pone pálido.
–¿A qué hora? –insiste–. ¿A qué
hora?
–Parece que recién no más –le
contestan.
Gavino lanza un suspiro de
alivio. Sabe que no pueden hacerle nada. Está detenido antes de la ley marcial
y por lo tanto no puede haberla violado.
Mario Brión tiene un
presentimiento funesto.
–A ver si todavía nos matan...
Todos lo miran de reojo. Hay un
silencio. Después hablan varios al mismo tiempo:
–Yo fui a cenar a casa de unos
amigos, y cuando volvía..., cuando volvía...
–¿Está prohibido despedirse de
la novia? Yo no hice nada, yo no sé nada, a mí tienen que dejarme salir...
En el inextricable italiano del
viejo sereno se destaca ahora una palabra, martillada a intervalos regulares “revoluzione...
revoluzione...”.
Dos súbitos guardias armados
con carabina imponen silencio desde la puerta. En todo el vasto edificio se ha
producido un cambio apenas perceptible, pero siniestro. La actitud antes
despreocupada de los vigilantes se torna hosca, ceñuda. Voces, repiquetear de
pasos en la galería adquieren singulares resonancias. Después, prolongados
silencios.
Ajeno a todo, desparramado
sobre un banco, como un gran Neptuno negro, el sargento Díaz ronca
estertorosamente. Su amplio tórax asciende y desciende con pausado ritmo. El
sueño le barniza el rostro con una máscara impasible.
Los demás empiezan a mirarlo
con fastidio, con espanto.
19.
QUE NADIE SE EQUIVOQUE...
2.45. Rodríguez Moreno tiene un
mal palpito. ¿Porqué a él, justamente a él, tenían que caerle estos pobres
diablos? Y sin embargo, hay como una misteriosa justificación, una fidelidad
del destino en la misión que le va a tocar.
Hombre imponente, duro, de
accidentada y tempestuosa carrera es Rodríguez Moreno. La tragedia lo sigue
como un perro devoto. Ya antes de 1943, estando al frente de una comisaría de
Mar del Plata, aparece complicado, según versiones, en un hecho escalofriante.
Un linyera es golpeado brutalmente en un calabozo y arrojado luego a una
playa, completamente desnudo en una noche de crudo invierno. Muere de frío.
Parece que a Rodríguez Moreno lo procesan y hasta lo encarcelan en Dolores.
Pero después sale en libertad. Porque era inocente, dicen sus defensores. Por
influencias políticas, sostienen sus detractores. El episodio queda obscuro y
olvidado.
Y ahora esto. Y más tarde, a
fines de 1956, de nuevo en Mar del Plata, donde lo han trasladado como jefe de
la Unidad Regional, se hablará de un episodio similar. Un carterista chileno
muerto a cachiporrazos en un calabozo. ¿Tiene algo que ver Rodríguez Moreno?
Dicen que no... Pero el desastre lo sigue. A comienzos de 1957, en un
procedimiento dirigido por él, un vigilante cae acribillado a tiros de
ametralladora por sus propios compañeros. Un infortunado accidente, dicen los
diarios.
Junto a él, esa noche del 9 de
junio, está el segundo jefe de la Unidad, comisario Cuello. Un hombre bajo,
nervioso, sobre quien circulan también contradictorias versiones.
–Vamos a tomarles declaración
–dispone Rodríguez Moreno.
Los detenidos empiezan a desfilar
individualmente, en dos tandas. Una va al propio despacho del Jefe. Otra, a la
oficina del oficial sumariante.
Juan Carlos Livraga está
inquieto. No quiere creer que su amigo Vicente Rodríguez lo haya engañado, pero
una intolerable sospecha le ronda por la cabeza. Por eso, cuando Rodríguez
vuelve de declarar, se levanta, apresuradamente y pasa antes de que lo llamen.
Quiere ser interrogado por la misma persona, averiguar lo que ha dicho su
amigo, ampararse en el testimonio de éste.
El interrogatorio es largo,
minucioso. Le preguntan si sabía algo de la revolución. Contesta que no. Hace
un detallado relato de su llegada a la casa del procedimiento. Subraya que ha
ido sólo a escuchar la pelea. Un empleado condensa todo en un par de líneas
escritas a máquina.
Le muestra una pila de
brazaletes, de color celeste y blanco, con dos letras estampadas: P. V. Le
preguntan si los ha visto antes. Contesta que no. El dactilógrafo escribe otro
renglón. Le muestran un revólver. Le preguntan si es suyo. La pregunta asombra
a Livraga. El arma no le pertenece, pero lo raro es que ellos no sepan de quién
es.
Dos o tres líneas más se
agregan a la declaración. La hoja, una larga hoja, se curva sobre el rodillo y
cae hacia atrás. Livraga observa que contiene otras declaraciones anteriores a
la suya. En la posición que se halla, frente al dactilógrafo, alcanza sin
embargo a descifrar algunos renglones invertidos. Se tranquiliza cuando ve:
“Rodríguez ... casualidad ... amigo ... pelea ... ignora ...”. Rodríguez ha declarado
lo mismo que él. Otros testimonios son similares. A Giunta, el fisonomista,
lo interroga un oficial “gordito, de pelo enrulado, de bigote a la americana”.
Gavino sabe perfectamente que
no le van a creer si dice que él también estaba por casualidad en el
departamento de Torres. Busca alguien que lo secunde. Se pone de acuerdo con
Carranza. Y ambos declaran que son simpatizantes peronistas, que presumían el
estallido del motín y fueron a escuchar la noticia por radio.
–¿Qué hacía usted en esa casa?
–le preguntan a Di Chiano.
–Qué iba a hacer... Es mi casa.
–¿Qué hacía?
–Estaba con mi familia,
escuchando la radio.
–¿Nada más?
–Nada más.
A Troxler y Benavídez los
tienen desde su llegada en otra dependencia, sin mezclarlos con los primeros.
Sus testimonios son los más breves. Al fin y al cabo no han hecho más que ir y
llamar a una puerta.
–¿Qué hacen con nosotros?
–pregunta uno de ellos.
–Creo que los mandan a La Plata
–le responden ambiguamente.
A las 2.53 la cadena nacional
de radiodifusión ha conectado con el despacho del vicepresidente de la Nación,
contraalmirante Rojas, y éste en persona lee el Comunicado N° 2, informando
que se ha dominado el motín en la Escuela de Mecánica del Ejército y que se
está retomando la Escuela de Suboficiales de Campo de Mayo.
“Que nadie se equivoque
–concluye–. La Revolución Libertadora cumplirá inexorablemente sus fines”.
3.45. Han terminado los
interrogatorios. Dos oficiales se paran a conversar cerca de la puerta.
–A estos cosos –dice uno,
volviendo la cabeza–, si el asunto se da vuelta los largamos en seguida...
Pero el asunto no se da vuelta.
Todo lo contrario. En La Plata disminuye el tiroteo. Los rebeldes comprenden la
imposibilidad de tomar la Jefatura o el Comando: la carrera con el tiempo está
perdida. Un avión naval que arroja una bengala provoca corridas y deserciones.
Es apenas un anticipo de lo que va a ocurrir cuando las primeras luces permitan
el vuelo de máquinas gubernamentales. En Río Santiago se alista la infantería
de marina. El propio jefe de Policía se ha puesto finalmente en camino
llevando refuerzos.
En la Unidad Regional los
prisioneros, nerviosos y soñolientos, tiritan en los bancos. El frío es
intenso. Desde las 3, el termómetro marca 0 grados. Parece que ya no los van a
mover de aquí esta noche. Algunos tratan de acurrucarse para dormitar.
Es entonces cuando empiezan a
llamarlos de nuevo, de a uno. El primero que vuelve explica que le han sacado
todo lo que llevaba encima: dinero, el reloj, hasta las llaves. Y muestra el
recibo que le dieron.
Algunos alcanzan a precaverse.
Livraga, por ejemplo, que tiene cuarenta pesos, esconde treinta en una media.
Le entregan recibo por “Un reloj White Star, llavero, diez pesos y un
pañuelo”. (Firma el oficial Albarello.)
A Benavídez le reciben “Doscientos
diecinueve con cuarenta y cinco, documentos y elementos varios”. A Giunta,
quince pesos, un pañuelo y cigarrillos.
El que tiene más dinero es
Carlitos Lizaso. Varios testigos lo han visto salir de Vicente López esa tarde
con más de dos mil pesos en la billetera. Incluso hubo quien le aconsejó no
llevar una suma tan grande consigo. En la Unidad Regional le hacen constar la
entrega de sólo setenta y ocho pesos.
¿Acaso ha imitado la actitud de
Livraga? Puede ser. Lo cierto es que esos dos mil pesos desaparecerán
finalmente, en un bolsillo u otro. Y no será el único caso. Sólo una pequeña
parte del botín recogido esa noche –dinero, relojes, anillos– volverá a poder
de sus dueños.
La atmósfera se hace cada vez
más pesada entre los detenidos. Una cosa es ya evidente: no piensan soltarlos.
20.
¡FUSILARLOS!
4.45. Parece que Rodríguez
Moreno estuviera tratando de ganar tiempo. No ha de resultarle muy agradable
salir con semejante noche para matar a diez o quince infelices. Personalmente
está convencido de que más de la mitad no tienen nada que ver. Y aun los otros
le inspiran dudas. Nerviosos partes se cambian entre él y el jefe de Policía,
que ya ha llegado a La Plata. Las instrucciones son terminantes: fusilarlos.
La alternativa: quedar incluido él mismo en la ley marcial. Parece que hasta
se habla de mandarle un delegado con tropas.
A las 4.47 se difunde el
Comunicado N° 3 de la Vicepresidencia de la República:
“Campo de Mayo se rindió. La
Plata, prácticamente dominada. En Santa Rosa, el regimiento de caballería se
alista para reducir el último foco. Han sido ejecutados dieciocho rebeldes
civiles que pretendieron asaltar una comisaría en Lanús”.
La infantería de Marina y la
Escuela de Policía levantan el asedio de la Jefatura. Los rebeldes se dispersan.
Fernández Suárez llega a la Casa de Gobierno, donde el coronel Bonnecarrere ha
tenido que limitarse toda la noche a escuchar el tiroteo cercano, y se
encamina con él a la Jefatura. Están subiendo la amplia escalinata que da a la
plaza Rivadavia cuando Fernández Suárez se dirige a un subordinado y en voz que
todos escuchan da la orden:
–¡A esos detenidos de San
Martín, que los lleven a un descampado y los fusilen!
Parece que no basta. Fernández
Suárez debe acudir personalmente al transmisor.
Rodríguez Moreno recibe la
orden. Inapelable. Y se decide.
21.
“LE DABA PECADO...”
A último momento, hay tres que
tienen suerte. El sereno, “el hombre que fue a cenar” y “el hombre que se
despedía de la novia”. Los llaman aparte, les devuelven documentos y efectos
personales, los dejan en libertad.
Rodríguez Moreno dirá más tarde
que los liberó “por su propia cuenta” y que la orden de fusilamiento los incluía.
A los demás los hacen salir a
la calle. Frente a la Unidad hay estacionado un carro de asalto, uno de esos
camiones azules con carrocería abierta a ambos lados y bancos transversales de
madera. Detrás, a algunos metros de distancia, espera una camioneta policial.
Junto a ella un hombre de baja estatura, enfundado en un impermeable, se
restriega nerviosamente las manos. Es el comisario Cuello.
Los prisioneros reciben orden
de subir al camión. Todavía alguno vuelve a preguntar:
–¿Adonde nos llevan?
–Quédense tranquilos –llega la
artera respuesta–. Los trasladamos a La Plata.
Ya casi han subido todos. En
ese momento sucede una escena curiosa. Es Cuello, que en un brusco impulso
grita:
–¡Señor Giunta!
Giunta se da vuelta,
sorprendido, y camina hacia él.
Ahora hay casi un acento de
súplica en la voz baja y reconcentrada de Cuello.
–Pero, señor Giunta... –mueve
un poco los brazos, con las manos crispadas–, pero usted ¿estaba en esa casa?
¿Realmente estaba?
Giunta comprende en un
relámpago que le está pidiendo que diga que no. Apenas una sílaba para
soltarlo, para arreglar su situación de cualquier manera. La cara de Cuello le
sorprende: tensa, los ojos un poco extraviados, un músculo incontrolable
palpitándole en una mejilla (“Él sabía que yo era inocente. Le daba pecado mandarme
a morir”, dirá más tarde Giunta en su gráfico lenguaje).
Pero Giunta no puede mentir.
Mejor dicho: no sabe por qué tiene que mentir.
–Sí, yo estaba.
El policía se lleva la mano a
la cabeza. Es un gesto que dura una fracción de segundo. Pero es extraño...
Después recobra el dominio de sus nervios.
–Está bien –dice secamente–.
Vaya.
Giunta no olvidará la escena. A
lo largo de minutos y minutos la irá elaborando sin darse cuenta. Él ya va
condicionado, inconscientemente prevenido para lo que pueda ocurrir. Tiene el
hábito profesional de observar caras, estudiar sus reflejos y reacciones. Y lo
que acaba de ver en el rostro de Cuello es todavía informe, nebuloso, pero
inquietante.
Ya están todos arriba. Y otra
vez surge el enigma: ¿cuántos eran? Diez, calculó Livraga. Diez, repetirá don
Horacio di Chiano. Pero no los han contado. Once, dirá Gavino. Once, estimarán
también Benavídez y Troxler.* Pero es evidente que son más de diez y más de
once, porque además de ellos cinco, están Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso,
Giunta, Brión y Rodríguez. Doce por lo menos. Doce, calculará Giunta, y lo confirmará
Rodríguez Moreno, quien, sin embargo, menciona a alguien “con apellido
extranjero, parecido a Carnevali, que luego se asiló en una embajada”. Doce o
trece, declara Cuello. Pero Juan Carlos Torres, basándose en testimonios
indirectos, hablará de catorce. Y el jefe de Policía de la provincia, meses
más tarde, también hablará de catorce detenidos en Florida. Si existieron esos
dos hombres adicionales, uno de ellos debió ser el anónimo suboficial que
menciona Torres.
¿Y los vigilantes? Son trece,
según un testimonio. Parece que van al mando de un cabo Albornoz, de la
subcomisaría de Villa Ballester, a juzgar por información obtenida de otra
fuente. ¿Es el mismo a quien verá más tarde Livraga en singulares
circunstancias? No lo sabemos.
Una cosa llama fuertemente la
atención. Los policías van armados de simples máuseres. Para la misión que
llevan, y en las circunstancias en que la van a cumplir, es casi incomprensible.
¿Se trata de una oportunidad, una “aliviada” que consciente o
inconscientemente va a darles Rodríguez Moreno a los prisioneros? ¿O es que no
existen fusiles ametralladoras en la Unidad Regional? Enigma de difícil
respuesta. Lo indudable es que gracias a esa afortunada circunstancia –y a
otras igualmente extrañas que veremos luego– la mitad de los condenados
salvarán la vida.
Éstos no saben que están
condenados, sin embargo, y esa inaudita crueldad debe subrayarse en la tabla de
agravantes y atenuantes. No se les ha dicho que los van a matar. Más aún, hasta
último momento habrá quien pretenda engañarlos.
Los vigilantes colocan las
cortinas de loneta que cierran la carrocería y el vagón policial, seguido por
la camioneta donde viajan Cuello, Rodríguez Moreno y el oficial Cáceres, se
pone en marcha en dirección noroeste, por la calle 9 de Julio y su
continuación Balcarce, que a su vez se prolonga en la ruta 8. Recorre 2100
metros –unas quince cuadras pobladas– antes de salir al primer descampado, que
tiene unos mil metros de largo. Allí la ruta oblicua hacia el oeste.
*En su declaración, Gavino
nombra a los presos, inclusive a “N. N. un hombre joven, de aproximadamente 35
años, rubio y de bigotes”, que debe ser Giunta. Pero omite a Mario Brión. En
cambio, la declaración conjunta de Troxler y Benavídez (también en mi poder)
nombra a “Mario N.”, pero omite a Giunta. La explicación que se me ocurre es
ésta: Gavino, Troxler y Benavídez no conocían con anterioridad a Brión ni a
Giunta. Entre estos dos, hay cierto parecido físico. Al verlos en momentos
sucesivos dentro de la penumbra del camión, llegaron a identificar el uno con
el otro, haciendo de dos personas una sola.
Los prisioneros no tienen
oportunidad de observar estos detalles topográficos. Van como en una celda, en
una obscuridad casi completa. Lo único que pueden ver es el rectángulo de camino
pavimentado que allá adelante les permite el parabrisas.
Hace un frío cruel. La
temperatura se mantiene en cero grados. Los que más sufren son Giunta, que
lleva una simple campera, y Brión con su tricota blanca. Están sentados frente
a frente, sobre la izquierda, Brión en el primer banco doble, de espaldas al
conductor, y Giunta en el segundo, mirando hacia adelante. Uno de los broches
de la cortina que cierra la puerta está roto, y la tela flamea con golpes
secos, dejando entrar un helado chorro de viento, cortante como un cuchillo.
Se turnan los dos para sujetarla y hablan en voz baja.
–Yo creo que nos matan, don
Lito –dice Brión.
Giunta va masticando el
incidente con Cuello, pero trata de consolar a su vecino.
–No piense en esas cosas, don
Mario. No oyó que nos llevan a La Plata...
Si pudieran ver, se darían
cuenta de que se alejan cada vez más de su presunto destino. Al lado de Giunta
va don Horacio. Él también cree que los llevan a La Plata. Enfrente tiene a
Vicente Rodríguez, silencioso y pensativo. Gavino va junto a Carranza. El
primero teme. El segundo está confiado. Confiado también, seguro, casi
optimista dentro de las circunstancias, parece Juan Carlos Livraga. Él es
colectivero, conoce bien las rutas, tendría que darse cuenta de que no los
llevan adonde dicen. Sin embargo, no observa nada.
En los bancos de atrás viajan
Lizaso, Díaz, Benavídez, Troxler... Éste va tenso, alerta, tratando de espiar
el mínimo indicio que le permita ubicarse. Conoce bien a los vigilantes, está
acostumbrado a tratarlos y mandarlos. ¿Por qué ninguno quiere mirarlo de
frente? Algo les habrá visto Julio Troxler para sentirse tan desconfiado.
El camión entra nuevamente en
zona poblada. A la izquierda hay casas más o menos dispersas en un trecho de
mil metros. Luego aparecen también a la derecha. La ruta corta en diagonal
lotes y calles a lo largo de mil metros más. Y de pronto se amplía, se bifurca.
Troxler casi da un salto. Acaba de reconocer el lugar. Están en el cruce de la
ruta 8 y el camino de cintura. Por lo tanto, no sólo no van a La Plata, sino
que se dirigen en sentido contrario. Y la ruta 8 conduce a Campo de Mayo. Y en
Campo de Mayo...
Un singular incidente
interrumpe sus deducciones. El chófer se ha descompuesto. Para el camión, baja,
parece que devuelve. Hay consultas con los que vienen en la camioneta.
Uno de los prisioneros –es
Benavídez– ofrece su colaboración.
–Si quieren, manejo yo –dice
con toda inocencia–. Yo sé manejar.
No le hacen caso. Sube el
chófer. Vuelven a arrancar.
“Y en Campo de Mayo... “,
piensa Troxler. Pero se equivoca. Porque el carro de asalto dobla a la
derecha, en ángulo recto, toma el camino de cintura, ¡va hacia el norte!
Es incomprensible.
22.
EL FIN DEL VIAJE
Realmente es incomprensible.
¿Qué piensa Rodríguez Moreno? Siguiendo al oeste por la ruta 8, a unas diez
cuadras de allí empieza un descampado de cuatro o cinco kilómetros, un
verdadero desierto en la noche, que hasta tiene un puente sobre un río... Un
escenario perfecto para lo que se planea. Y sin embargo, dobla al norte, hacia
José León Suárez, se interna en una zona semipoblada, donde sólo hay baldíos
de tres o cuatro cuadras de largo.
¿Es estupidez? ¿Es anticipado
remordimiento? ¿Puede ignorar la zona? ¿Es un inconsciente impulso de buscar
testigos para el crimen que va a cometer? ¿Quiere brindar una posibilidad
“deportiva” a los condenados, librarlos al destino, a la suerte, a la astucia
de cada uno? ¿Quiere de este modo absolverse, delegando el fin de cada cual en
manos de la fatalidad? ¿O quiere todo lo contrario: apaciguarlos, para que resulte
más fácil darles muerte?
Hay uno por lo menos que no se
apacigua. Es Troxler. Y al fin ha conseguido que uno de los guardianes lo mire
y le sostenga la mirada. Pero hace algo más ese vigilante anónimo. Con la
rodilla le da un golpe rápido, deliberado, inequívoco. Una señal.
Troxler, pues, ya sabe. Pero
decide jugar una carta audaz, forzar una decisión o por lo menos poner sobre
aviso a los otros.
–¿Qué pasa? –pregunta en voz
alta–. ¿Por qué me toca?
Pánico se refleja en la mirada
del policía. Ya está arrepentido de lo que hizo. El cabo lo mira con
suspicacia.
–Por nada, señor –contesta
atropelladamente–. Fue sin querer.
El camión se ha detenido.
–¡Bajen seis! –ordena el cabo.
Don Horacio es el primero en descender,
por la derecha del camión. Lo siguen Rodríguez, Giunta, Brión, Livraga y algún
otro, custodiados por igual número de vigilantes. Por primera vez pueden
observar los alrededores. Están sobre un camino de asfalto. Hay campo a ambos
lados. Frente a ellos, del lado en que bajaron, la cuneta está anegada, y
detrás hay un alambrado. El sitio, a pesar de todo, es casi perfecto.
Pero entonces vuelve a surgir
una voz de orden desde la camioneta policial estacionada detrás:
–No, aquí no. ¡Más adelante!
Los suben y se reanuda la
marcha. Troxler recomienza su angustioso oficio mudo. Ahora trata de captar la
mirada de los otros detenidos, combinarse con ellos, alertarlos para un
desesperado golpe de mano. Pero es inútil. Los demás parecen aturdidos,
resignados, idiotizados. Todavía no creen, no pueden creer... Sólo Benavídez da
la impresión de responderle. Está alerta como él, tenso y expectante.
Trescientos metros anda el
camión antes de pararse por última vez. Y ésta es la definitiva. Casi treinta
minutos ha durado el viaje de siete kilómetros.
Bajan los mismos prisioneros.
También Carranza y Gavino. Tal vez Garibotti y Díaz. Troxler afirmará luego que
arriba quedan con él Benavídez, Lizaso y el suboficial anónimo.* Otros
testimonios son confusos, divergentes, contaminados todavía por el pánico.
A la derecha del camino,
obscuro y desierto, nace una callecita pavimentada que conduce a un Club
Alemán.
* O acaso “Mario N.”, es decir
Brión, cuyo apellido ignoraba Troxler. Pero otros sobrevivientes aseguraron
que Mario bajó con ellos. La contradicción –típica de situaciones semejantes–
permanece insoluble hasta ahora.
De un lado la calle tiene una
hilera de eucaliptus, que se recortan altos y tristes contra el cielo
estrellado. Del otro, a la izquierda, se extiende un amplio baldío, un
depósito de escorias, el siniestro basural de José León Suárez, cortado de
zanjas anegadas en invierno, pestilente de mosquitos y bichos insepultos en
verano, corroído de latas y chatarra.
Por el borde del baldío hacen
caminar a los detenidos. Los vigilantes los empujan con los cañones de los
fusiles. La camioneta entra en la calle y les alumbra las espaldas con los
faros.
Ha llegado el momento...
23.
LA MATANZA
...Ha llegado el momento. Lo
señala un diálogo breve, impresionante.
–¿Qué nos van a hacer?
–pregunta uno.
–¡Camine para adelante! –le
responden.
–¡Nosotros somos inocentes!
–gritan varios.
–No tengan miedo –les
contestan–. No les vamos a hacer nada.
¡NO LES VAMOS A HACER NADA!
Los vigilantes los arrean hacia
el basural como a un rebaño aterrorizado. La camioneta se detiene,
alumbrándolos con los faros. Los prisioneros parecen flotar en un lago vivísimo
de luz. Rodríguez Moreno baja, pistola en mano.
A partir de ese instante el
relato se fragmenta, estalla en doce o trece nódulos de pánico.
–Disparemos, Carranza –dice
Gavino–. Yo creo que nos matan.
Carranza sabe que es cierto.
Pero una remotísima esperanza de estar equivocado lo mantiene caminando.
–Quedémonos... –murmura–. Si
disparamos, tiran seguro.
Giunta camina a los tumbos,
mirando hacia atrás, un brazo a la altura de la frente para protegerse del
destello que lo encandila.
Livraga se va abriendo hacia la
izquierda, sigilosamente. Paso a paso. Viste de negro. De pronto, lo que parece
un milagro: los reflectores dejan de molestarlo. Ha salido del campo
luminoso. Está solo y casi invisible en la obscuridad. Diez metros más adelante
se adivina una zanja. Si puede llegar...
La tricota de Brión brilla,
casi incandescente de blanca.
En el carro de asalto Troxler
está sentado con las manos apoyadas en las rodillas y el cuerpo echado hacia
adelante. Mira de soslayo a los dos vigilantes que custodian la puerta más
cercana. Va a saltar...
Frente a él Benavídez tiene en
vista la otra puerta.
Carlitos, azorado, sólo atina a
musitar:
–Pero, cómo... ¿Así nos matan?
Abajo Vicente Rodríguez camina
pesadamente por el terreno accidentado y desconocido. Livraga está a cinco metros
de la zanja. Don Horacio, que fue el primero en bajar, también ha logrado
abrirse un poco en la dirección opuesta.
–¡Alto! –ordena una voz.
Algunos se paran. Otros avanzan
todavía unos pasos. Los vigilantes, en cambio, empiezan a retroceder, tomando
distancia, y llevan la mano al cerrojo de los máuseres.
Livraga no mira hacia atrás,
pero oye el golpe de la manivela. Ya no hay tiempo para llegar a la zanja. Va
a tirarse al suelo.
–¡De frente y codo con codo!
–grita Rodríguez Moreno.
Carranza se da vuelta, con el
rostro desencajado. Se pone de rodillas frente al pelotón.
–Por mis hijos... –solloza–. Por
mis hi...
Un vómito violento le corta la
súplica.
En el camión Troxler ha tendido
la flecha de su cuerpo. Casi toca las rodillas con la mandíbula.
–¡Ahora! –aulla y salta
hacia los dos vigilantes.
Con una mano aferra cada fusil.
Y ahora son ellos los que temen, los que imploran:
–¡Las armas no, señor! ¡Las
armas no!
Benavídez ya está de pie y toma
de la mano a Lizaso.
–¡Vamos, Carlitos!
Troxler les junta las cabezas a
los vigilantes y tira uno a cada lado, como muñecos. Da un salto y se pierde en
la noche.
El anónimo suboficial (¿o es un
fantasma?) tarda en reaccionar. Se incorpora a medias. Desde la punta del
coche un tercer vigilante lo está cubriendo con el fusil. Se oye el tiro. El
suboficial hace ¡Aaaah!, y vuelve a sentarse, como estaba. Pero muerto.
Benavídez salta. Siente los
dedos de Carlitos que se deslizan entre los suyos. Con desesperada impotencia
comprende que el chico se le queda, sepultado bajo los tres cuerpos que se le
echan encima.
Abajo, los policías oyen el
tiro a retaguardia y por una fracción de segundo titubean. Algunos se dan
vuelta.
Giunta no espera más. ¡Corre!
Gavino hace lo mismo.
El rebaño empieza a
desgranarse.
–¡Tírenles! –vocifera Rodríguez
Moreno.
Livraga se arroja de cabeza al
suelo. Más allá, Di Chiano también se zambulle.
La descarga atruena la noche.
Giunta siente una bala junto al
oído. Detrás oye un impacto, un gemido sordo y el golpe de un cuerpo que cae.
Probablemente es Garibotti. Con prodigioso instinto, Giunta hace cuerpo a
tierra y se queda inmóvil.
A Carranza, que sigue de
rodillas, le apoyan el fusil en la nuca y disparan. Más tarde le acribillan
todo el cuerpo.
Brión tiene pocas posibilidades
de huir con esa tricota blanca que brilla en la noche. Ni siquiera sabemos si
lo intenta.
Vicente Rodríguez ha hecho
cuerpo a tierra una vez. Ahora oye los vigilantes que se acercan corriendo.
Trata de levantarse, pero no puede. Se ha cansado en los primeros treinta
metros de fuga y no es fácil mover el centenar de kilos que pesa. Cuando al fin
se incorpora, es tarde. La segunda descarga lo voltea.
Horacio di Chiano dio dos
vueltas sobre sí mismo y se quedó inmóvil, como si estuviera muerto. Oye silbar
sobre su cabeza los proyectiles destinados a Rodríguez. Uno pica muy cerca de
su rostro y lo cubre de tierra. Otro le perfora el pantalón sin herirlo.
Giunta permanece unos treinta
segundos pegado al suelo, invisible. De pronto salta como una liebre,
zigzagueando. Cuando presiente la descarga, vuelve a tirarse. Casi al mismo
tiempo oye otra vez el alucinante zumbido de las balas. Pero ya está lejos. Ya
está a salvo. Cuando repita su maniobra, ni siquiera lo verán.
Díaz escapa. No sabemos cómo,
pero escapa.* Gavino corre doscientos o trescientos metros antes de pararse.
En ese momento oye otra serie de detonaciones y un alarido aterrador, que
perfora la noche y parece prolongarse hasta el infinito.
–Dios me perdone, Lizaso –dirá
más tarde, llorando, a un hermano de Carlitos–. Pero creo que era su hermano.
Creo que él vio todo y fue el último en morir.
Sobre los cuerpos tendidos en
el basural, a la luz de los faros donde hierve el humo acre de la pólvora,
flotan algunos gemidos. Un nuevo crepitar de balazos parece concluir con ellos.
Pero de pronto Livraga, que sigue inmóvil e inadvertido en el lugar en que
cayó, escucha la voz desgarradora de su amigo Rodríguez, que dice:
–¡Mátenme! ¡No me dejen así!
¡Mátenme!
Y ahora sí, tienen piedad de él
y lo ultiman.
24.
EL TIEMPO SE DETIENE
Horacio di Chiano no se mueve.
Está tendido de boca, los brazos flexionados a los flancos, las manos apoyadas
en el suelo a la altura de los hombros. Por un milagro no se le han roto los
anteojos que lleva puestos. Ha oído todo –los tiros, los gritos– y ya no
piensa. Su cuerpo es territorio del miedo que le penetra hasta los huesos:
todos los tejidos saturados de miedo, en cada célula la gota pesada del miedo. No
moverse. En estas dos palabras se condensa cuanta sabiduría puede atesorar
la humanidad. Nada existe fuera de ese instinto ancestral.
¿Cuánto tiempo hace que está
así, como muerto? Ya no lo sabe. No lo sabrá nunca. Sólo recuerda que en cierto
momento oyó las campanas de una capilla próxima. ¿Seis, siete campanadas?
Imposible decirlo. Acaso eran soñados aquellos sones lentos, dulces y tristes
que misteriosamente bajaban de las tinieblas.
A su alrededor se dilatan
infinitamente los ecos de la espantosa carnicería, las corridas de los
prisioneros y los vigilantes, las detonaciones que enloquecen el aire y
reverberan en los montes y caseríos más cercanos, el gorgoteo de los moribundos.
Por fin, silencio. Luego el
rugido de un motor. La camioneta se pone en marcha. Se para. Un tiro. Silencio
otra vez. Torna a zumbar el motor en una minuciosa pesadilla de marchas y
contramarchas.
* En lo que respecta a Díaz...
los deponentes no recuerdan en qué momento bajó, pero lo cierto es que cuando
ellos lo hicieron, Díaz ya no estaba en el camión; es muy posible que... en un
descuido de los agentes haya bajado...” Declaración conjunta de Benavídez y
Troxler.
Don Horacio comprende, en un
destello de lucidez. El tiro de gracia. Están recorriendo cuerpo por
cuerpo y ultimando a los que dan señales de vida. Y ahora...
Sí, ahora le toca a él. La
camioneta se acerca. El suelo, bajo los anteojos de don Horacio, desaparece en
incandescencias de tiza. Lo están alumbrando, le están apuntando. No los ve,
pero sabe que le apuntan a la nuca.
Esperan un movimiento. Tal vez
ni eso. Tal vez le tiren lo mismo. Tal vez les extrañe justamente que no se
mueva. Tal vez descubran lo que es evidente, que no está herido, que de ninguna
parte le brota sangre. Una náusea espantosa le surge del estómago. Alcanza a
estrangularla en los labios. Quisiera gritar. Una parte de su cuerpo –las
muñecas apoyadas como palancas en el suelo, las rodillas, las puntas de los
pies– quisiera escapar enloquecida. Otra –la cabeza, la nuca– le repite: no
moverse, no respirar.
¿Cómo hace para quedarse
quieto, para contener el aliento, para no toser, para no aullar de miedo?
Pero no se mueve. El reflector
tampoco. Lo custodia, lo vigila, como en un juego de paciencia. Nadie habla en
el semicírculo de fusiles que lo rodea. Pero nadie tira. Y así transcurren
segundos, minutos, años...
Y el tiro no llega.
Cuando oye nuevamente el motor,
cuando desaparece la luz, cuando sabe que se alejan, don Horacio empieza a
respirar, despacio, despacio, como si estuviera aprendiendo a hacerlo por
primera vez.
Más cerca de la ruta
pavimentada, Livraga también se ha quedado quieto, pero infortunadamente para
él, en una posición distinta. Está caído de espaldas, cara al cielo, con el
brazo derecho estirado hacia atrás y la barbilla apoyada en el hombro...
Además de oír, él ve mucho de
lo que pasa: los fogonazos de los tiros, los vigilantes que corren, la exótica
contradanza de la camioneta que ahora retrocede despacio en dirección al
camino. Los faros empiezan a virar a la izquierda, hacia donde él está. Cierra
los ojos.
De pronto siente un
irresistible escozor en los párpados, un cosquilleo caliente.
Una luz anaranjada en la que
bailan fantásticas figuritas violáceas le penetra la cuenca de los ojos.
Por un reflejo que no puede
impedir, parpadea bajo el chorro vivísimo de luz.
Fulmínea brota la orden:
–¡Dale a ése, que todavía
respira! Oye tres explosiones a quemarropa. Con la primera brota un surtidor de
polvo junto a su cabeza. Luego siente un dolor lacerante en la cara y la boca
se le llena de sangre.
Los vigilantes no se agachan
para comprobar su muerte.
Les basta ver ese rostro
partido y ensangrentado.
Y se van creyendo que le han
dado el tiro de gracia. No saben que ése (y otro que le dio en el brazo) son
los primeros balazos que le aciertan.
El fúnebre carro de asalto y la
camioneta de Rodríguez Moreno se alejan por donde vinieron.
La “Operación Masacre” ha
concluido.
25.
EL FIN DE UNA LARGA NOCHE
Los fugitivos se desbandaron
por el campo nocturno.
Gavino no ha parado de correr.
Salta charcos y zanjas, llega a un camino de tierra, ve casas a lo lejos, se
interna por calles que no conoce, tropieza con una vía férrea, la sigue, llega
a las inmediaciones de la estación Chilavert, del Mitre, milagrosamente
encuentra un colectivo, lo toma...
Es el primero que busca asilo
en una embajada latinoamericana, en plena vigencia de la ley marcial. La
terrible aventura había terminado para él.
No así para Giunta, a quien le
esperaba todavía una pesadilla inagotable. Apenas llegó a zona poblada, buscó
refugio en el jardín de una casa. Adentro había luz encendida y movimiento.
Casi todo el vecindario de José León Suárez estaba despierto con el tiroteo.
No hizo más que entrar el
aterrado fugitivo en el jardín, cuando se abrió una ventana y apareció una
mujer gritando:
–¡Ni se atreva, ni se atreva!
–y agregó, dando media vuelta y dirigiéndose al parecer al dueño de casa–:
¡Dale vos, ya que se salvó!
Giunta no espera oír más. El
mundo debe parecerle enloquecido esta noche. Todos quieren matarlo...
Franquea la cerca de un salto y
reanuda su desesperada carrera. Ahora elude las zonas transitadas, camina
deliberadamente por calles de tierra.
No puede evitar un encuentro,
sin embargo. Son tres muchachos parados en un esquina, que lo miran pasar con
curiosidad. Con voz entrecortada les cuenta algo de lo sucedido y les pide
dinero, aunque sea unas monedas para tomar cualquier medio de transporte y
alejarse de ese infierno. En esos noctámbulos encuentra un corazón menos duro.
Uno le da un peso, otro un billete de diez.
Giunta, como Gavino, llega a la
estación Chilavert. Probablemente ninguno de los dos sabía que ése era el
nombre de otro fusilado, el vencido de Caseros... Se dirige a la ventanilla y
pide un boleto. –¿Para dónde? –pregunta el empleado. Giunta lo mira con
asombro. No tiene la menor idea. No sabe siquiera dónde está. Debe ser todo un
espectáculo este hombre de ojos desencajados, pelos de punta y rostro cubierto
de sudor en esta noche helada, que pide un boleto y no sabe con qué destino.
–¿Para dónde? –repite el
empleado, mirándolo con curiosidad.
–Para cualquier parte...
¿Adonde va esta línea?
–A Retiro.
–Eso es. A Retiro. Déme un
boleto para Retiro. Recibe el boleto. Se apoya contra una pared. Cierra los
ojos y respira hondo. Cuando vuelve a abrirlos, hay en la plataforma tres
desconocidos que lo miran, lo miran...
Los tres parecen clavar los
ojos en un mismo punto. Giunta baja la cabeza y descubre sus zapatos
embarrados, sus pantalones desgarrados por la fuga.
Pero ya llega el tren. Sube de
un salto. Los desconocidos suben tras él. Giunta empieza a caminar a lo largo
de los vagones. Dos de aquellos hombres se han sentado. Pero el tercero lo
sigue, casi pisándole los talones.
Giunta obra con enorme lucidez:
aminora el paso, deja que el otro prácticamente lo toque y de golpe se sienta
–más bien se deja caer como una piedra– en el primer banco que encuentra a la
derecha.
El desconocido también se
sienta. A la misma altura del coche vacío, en el asiento de la izquierda.
Giunta no mira a su
perseguidor. Clava los ojos en la obscura ventanilla, para tratar de descubrir
los movimientos de la imagen reflejada en ella. Casi da un brinco. Porque el
Otro –¿será casualidad?– hace lo mismo, lo está “relojeando” en su propia
ventanilla.
¿No terminará nunca esta noche?
Giunta está desesperado. El tren deja atrás Villa Ballester. El desconocido
sigue observándolo con disimulo. Llegan a Malaver. Unos minutos, y están en
San Andrés.
Una vez más el instinto de
Giunta acude en su favor. En un relámpago se decide. Deja que el tren se ponga
en marcha, que cobre velocidad. Entonces se levanta de un salto, corre a la
puerta, la abre de un tirón, baja los escalones de la plataforma y se tira...
Es milagroso que no se mate.
Apenas apoya un pie, el suelo le exige brincos gigantescos, que nunca ha dado
en su vida. En su carrera de muñeco dislocado –diez metros, veinte metros– va
rozando una cerca de ligustrina que le deja largos rasguños en un brazo. Pero
el tren ya está lejos, se pierde en la obscuridad como un gusano luminoso.
Y Giunta está –o se cree– a
salvo.
*
Julio Troxler se ha escondido
en una zanja próxima. Espera que pase el tiroteo. Ve alejarse los vehículos
policiales. Entonces hace algo increíble. ¡Vuelve!
Vuelve arrastrándose
sigilosamente y llamando en voz baja a Benavídez, que escapara con él del carro
de asalto. Ignora si se ha salvado.
Llega junto a los cadáveres y
los va dando vuelta uno a uno –Carranza, Garibotti, Rodríguez–, mirándoles la
cara en busca de su amigo. Con dolor reconoce a Lizaso. Tiene cuatro tiros en
el pecho y uno en la mejilla. Pero no encuentra a Benavídez.*
Los cuerpos están tibios
todavía. Seguramente no ve a Horacio di Chiano,
que sigue haciéndose el muerto a alguna distancia. Comprende que ya no tiene
qué hacer allí y empieza a caminar en dirección a José León Suárez.
Casi está llegando a la
estación, cuando ve venir a Livraga, tambaleándose y cubierto de sangre. En el
mismo instante un oficial del destacamento de policía próximo iba al encuentro
del herido, gritando: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”.
–Nos fusilaron..., nos pegaron
unos tiros –farfullaba Livraga, entre insultos e incoherencias.
* Troxler refiere que “... encontró
sobre el camino... en el lugar que estaba el camión, a Carlos Lizaso, que se
encontraba de cubito dorsal, con medio cuerpo sobre la ruta y el resto sobre la
banquina ... comprobó que se encontraba sin vida ... cruzó la ruta, encontrando
en el camino que conduce al Club Alemán, sobre el lado izquierdo, a Rodríguez;
en el centro de la calle, junto a un gran charco de sangre, a Carranza, y sobre
el lado derecho ... otro cadáver que no pudo identificar...”.
El oficial lo sujetó por las
axilas, ayudándolo a caminar hacia el destacamento. En el camino, pasó junto a
Troxler.
Y por tercera vez en esta
noche, el ex oficial de policía se vio reconocido por uno de sus antiguos
colegas.
–¡Hola, Troxler! ¿Cómo te va?
–grita el otro al pasar. –Bien. Ya lo ves... –contesta.
Está por seguir de largo cuando
ve que se acerca un camión con soldados del Ejército. Como siempre, Julio
Troxler hace lo más natural: se dirige a una reducida cola de madrugadores que
esperan un ómnibus de la Costera y se incorpora a ella. No piensa tomar el
ómnibus –por otra parte no tiene ni cinco centavos–, pero sabe que ahí llama
menos la atención.
Parece fatalidad. Porque el
camión se para justo frente a la cola. Y sin bajar, un oficial grita:
–Muchachos, ¿ustedes no oyeron
unos tiros?
La pregunta parece formulada a
todos, pero es a Troxler a quien mira el oficial, es a él a quien se dirige,
por un motivo muy sencillo: es el más alto de la fila.
Troxler se encoge de hombros.
–Que yo sepa... –dice.
El camión se va. Troxler
abandona su puesto en la fila y empieza a caminar. No tiene con qué tomar un
colectivo; un sentido elemental de cautela le impide pedir dinero a un
desconocido, o aun permiso para telefonear a sus amigos...
Está exhausto y aterido. Desde
la noche anterior no prueba bocado. Camina once horas seguidas por el Gran
Buenos Aires, convertido en desierto sin agua ni albergue para él, el
sobreviviente de la masacre.
Son las seis de la tarde cuando
llega a un refugio seguro.
26.
EL MINISTERIO DEL MIEDO
El “tiro de gracia” que le
aplicaron a Livraga le atravesó la cara de parte a parte, destrozándole el
tabique nasal y la dentadura, pero sin interesar ningún órgano vital. Su juventud
y su buen estado atlético le prestaron un servicio incalculable: en ningún
momento perdió el sentido, aunque el rostro se le iba hinchando y le dolía
mucho. El intenso frío de la helada parecía mantenerlo despierto.
Oye una nueva descarga.
Probablemente es la ejecución de Lizaso, la única que parece haber tenido un
desarrollo formal. Algunos indicios permiten suponer que los vigilantes lo sujetaron
hasta último momento, formaron el pelotón ante él e hicieron fuego en la forma
reglamentaria. El infortunado muchacho no atinó a un gesto de fuga. O lo más
probable, en el trance decisivo prefirió enfrentar valerosamente a sus
ejecutores. Lo cierto es que recibió la descarga de frente, en pleno pecho.
Cuando escucha los vehículos
policiales que se alejan, Livraga espera. Todavía no se mueve. Sólo cuando han
transcurrido varios minutos trata de incorporarse. Apoya el brazo derecho en
el suelo, tiene otro balazo.
A partir de entonces empieza un
calvario infinito en que el miedo y el sufrimiento físico se sucederán y
llegarán a identificarse. Habrá un momento en que Livraga lamentará haberse
salvado.
Logra incorporarse. Camina. Se
interna en el basural, por donde viera escapar a Giunta, buscándolo.
Hay algo de insensato y de
patético en esta búsqueda. Es como si ya no pudiera creer más en nadie de este
mundo, como si el único en quien pudiese confiar fuera aquel hombre que ha
pasado por la misma experiencia. (Mucho más tarde encontrará por fin a Giunta
–en Olmos.)
Después de un largo rodeo a
campo traviesa, vuelve a la ruta.
Va dejando un largo reguero de
sangre. Se acerca a un poblado. Hay algunas luces. Ve el letrero de una
estación ferroviaria: José León Suárez.
Una persona trata de interrogarlo,
pero él sigue, sin responder. Está exhausto. Va a caer. Alguien alcanza a
tomarlo entre sus brazos.
Es un oficial de policía.
En ese momento debió pensar
Livraga en una pesadilla infinita donde fuera cíclicamente arrestado, fusilado,
arrestado, fusilado...
Sin embargo, se había
encontrado al fin con un ser humano.
El oficial –a quien ya hemos
visto saludando a Troxler– ni siquiera le preguntó por qué estaba herido.
Lo cargó apresuradamente en un
jeep, puso un vigilante a su lado para que lo cuidase y, colocándose ante el
volante, salió disparando rumbo al hospital más próximo.
En la ruta pasaron ante los
cadáveres.
El oficial detuvo la marcha y
ordenó al agente que bajara a investigar.
–Están muertos –anunció el
policía.
El oficial se volvió hacia
Livraga.
–Decime la verdad, pibe, ¿qué
pasó?
En vez de contestar, Livraga
vomitó una bocanada de sangre.
El oficial no titubeó más.
Dejando al agente parado en la
ruta, apretó el acelerador a fondo.
27.
UNA IMAGEN EN LA NOCHE
Don Horacio ignora cuánto
tiempo estuvo haciéndose el muerto. ¿Media hora, una hora? Su noción del tiempo
era definitivamente otra.
Sólo sabe que no se movió del
sitio donde había caído hasta que empezó a aclarar. Y para entonces debían ser
las siete y media. El sol del 10 de junio salió a las 7.57.
Alzó la cabeza y vio el campo
todo blanco.
En el horizonte se divisaba un
árbol aislado. Nueve meses más tarde comprobó con sorpresa que no era un solo
árbol, sino el ramaje de varios, cortado por una ondulación del terreno, que
producía esa ilusión óptica. Incidentalmente, el detalle probó a quien esto
escribe –por si alguna duda me quedaba– que don Horacio había estado allí.
El único sitio desde donde se
observa ese extraño espejismo, es el escenario del fusilamiento.*
A un costado del “árbol
fantasma”, al borde del pueblo de José León Suárez, vio la capilla cuyas
campanadas escuchó cuando le iban a dar el tiro de gracia...
Se puso de pie y echó a correr
dificultosamente en esa dirección. Estaba entumecido. El frío era brutal. A
las 8.10 se registrarían tres décimas bajo cero.
En el camino se encontró con
una zanja fangosa, insalvable para él. Tuvo que arrancar una chapa de zinc de
una pila de basura y ponerla sobre el fondo, a modo de puente.
Salió del baldío y se internó
en el pueblo. Caminó unas ocho cuadras. Le parecieron dos. Por una calle
transversal vio venir un colectivo. Le pareció rojo. Era amarillo. Creyó que
era el número 4. Era el número 1.
Subió.
–¿Adonde va? –preguntó, como
Giunta.
–A Liniers.
En un bolsillo chico del
pantalón había salvado de la voracidad policial una pequeña suma de dinero.
Con ella pudo pagar su boleto. Parece fábula, le dieron un boleto capicúa...
Bajó en Liniers. Entró en un
bar. Pidió café. No había, estaban calentando la máquina. Fue a otro bar. Allí
le dieron un café doble y una caña doble.
Sólo entonces le pareció que el
alma le volvía al cuerpo.
*
¿Cómo escapó el sargento Díaz?
Sólo podemos conjeturarlo. Lo cierto es que dos meses después de la masacre
estaba con vida, escondido en una casa de Munro. Allí lo detuvo el comisario
de Boulogne. Lo mandaron a Olmos. Es el único sobreviviente con el que nunca
pude comunicarme.
¿Y el “suboficial X”? ¿Existió?
¿Quién era el hombre al que Troxler y Benavídez vieron balear en el camión?
¿Uno de los doce que ya conocemos, pero desconocido para ellos? La incógnita
subsiste hasta hoy.
Cinco muertos seguro dejó la
masacre, un herido grave y seis sobrevivientes.
*
Había salido el sol sobre el
tétrico escenario del fusilamiento. Los cadáveres estaban dispersos en las inmediaciones de la ruta. Algunos habían caído
en una zanja, y la sangre
*Me había intrigado mucho ese
rasgo topográfico, que don Horacio mencionaba y que yo nunca lograra observar
en mis tres o cuatro visitas el basural. Hasta que fui un día con él. Y de
pronto, tras buscarlo ambos un buen rato, lo vi. Era fascinante, algo
digno de un cuento de Chesterton. Desplazándose unos cincuenta pasos en
cualquier dirección, el efecto óptico desaparecía, el “árbol” se descomponía en
varios. En ese momento supe –singular demostración– que me encontraba en el
lugar del fusilamiento.
que tenía el agua estancada
parecía convertirla en un alucinante río donde flotaban hilachas de masa
encefálica. Tiempo después vaciaron allí un camión de alquitrán y otro de
cal...
Por todas partes había cápsulas
de máuser. Durante muchos días los chicos de la zona las vendieron a los
visitantes curiosos. En varias casas lejanas quedaron impactos de balas
perdidas.
Los primeros en detenerse junto
al camino aquella mañana fueron los desprevenidos pobladores que iban a sus
ocupaciones. Después se corrió la voz por el pueblo y una muchedumbre
espantada y sombría se fue congregando en torno al pavoroso espectáculo.
En voz baja circulaban las más
absurdas versiones.
–Eran estudiantes –aseguraba
uno.
–Sí, iban a asaltar Campo de
Mayo... –decía otro.
Los más guardaban silencio. Los
hombres se descubrían, alguna mujer se persignaba.
Luego todos vieron acercarse
por el camino un automóvil nuevo, largo y reluciente, que frenó de golpe ante
el grupo. Una mujer asomó la cabeza por la ventanilla.
–¿Qué sucede? –preguntó.
–Esa gente... Que la han
fusilado –le contestaron.
Ella tuvo un gesto irónico.
–¡Muy bien hecho! –comento–.
Tendrían que matarlos a todos.
Hubo un silencio estupefacto.
Después algo describió una parábola y fue a reventar en una nubecita de tierra
contra la bruñida carrocería. Al primer cascote siguió otro, y luego un
diluvio. Rugiendo enfurecida, la multitud rodeó el automóvil. El chófer atinó a
apretar el acelerador a fondo.
Hasta las diez de la mañana
permanecieron los muertos a la intemperie. A esa hora vino una ambulancia y los
llevó al policlínico San Martín, donde fueron arrojados sin miramientos a un
galpón. Rodríguez estaba acribillado, Garibotti tenía un solo tiro, en la
espalda. Carranza, muchos, inclusive en las piernas...
El sereno del depósito estaba
acostumbrado a ver cadáveres. Cuando llegó esa tarde, sin embargo, hubo algo
que le impresionó vivamente. Uno de los fusilados tenía los brazos abiertos a
los flancos, y el rostro caído sobre el hombro. Era un rostro ovalado, de
cabello rubio y naciente barba, con una mueca melancólica y un hilo de sangre
en la boca.
Tenía una tricota blanca, era
Mario Brión y parecía un Cristo.*
El hombre se quedó un momento
atontado. Después, le cruzó los brazos sobre el pecho.
28.
“TE LLEVAN”
El oficial de policía condujo a
Livraga al policlínico San Martín, donde le hicieron las primeras curas. Juan
Carlos no perdió el conocimiento: durante horas, médicos y enfermeras le oyeron
repetir su historia. Después lo llevaron a la Sala de Recuperación, situada en
el tercer piso.
* Textuales palabras del sereno
al padre de Mario muchos meses después.
Las enfermeras, arriesgando sus
puestos –y acaso más: aún regía la ley marcial–, protegen al herido en todas
las formas imaginables. Una llama por teléfono, clandestinamente, al padre de
Juan Carlos y le dice que venga a verlo en seguida, porque está
“descompuesto”. Otra esconde sus ropas; sabe que Livraga dice la verdad y
presume que el suéter perforado de bala en el brazo puede ser una prueba. Otra
oculta el recibo de la Unidad Regional San Martín, que más tarde iba a servir
de cabeza de proceso.
La madre de Juan Carlos está
recién operada en un hospital, y no la enteran de la noticia. Don Pedro
Livraga, en cambio, acude en seguida a ver a su hijo, acompañado de dos primos
y del cuñado de éste. Y estas cuatro personas firman en el libro de entradas
foliado del policlínico una declaración en la que consta que han visto con vida
a Juan Carlos y que su estado, aunque de cierta gravedad, no permite suponer en
absoluto un desenlace fatal.
Acertada precaución, porque esa
tarde, o esa noche –para Livraga el tiempo es ya la mera sucesión del dolor–
un cabo de la policía provincial viene a asumir su custodia, y al hallarse
frente a él, lo mira y remira fijamente como si no quisiera creer que está
vivo.
A Livraga le resulta vagamente
familiar la cara del policía. No podría jurarlo, pero le parece que lo ha
visto antes. ¿Acaso es el cabo Albornoz, que mandaba el pelotón? La pregunta no
tiene mayor importancia.
Pero el cabo –un hombre moreno–
es lengua larga. Comenta con las enfermeras:
–A éste lo van a llevar de
nuevo. No se lo digan, pobre.
Las enfermeras se lo dicen. Y
recomienza el suplicio.
El policía, entretanto, busca
algo. El recibo. Pide las ropas de Livraga. No se las dan. Se vuelve
fastidioso, exige directamente ese papelito que es la prueba del crimen. Nadie
sabe nada.
Nadie, salvo don Pedro Livraga,
que al volver esa noche a su casa lo encuentra misteriosamente en un bolsillo
de su sobretodo.
Y lo guarda, hasta que seis
meses más tarde llega a manos del juez.
Entretanto, la vida de Juan
Carlos está suspendida del más tenue de los hilos. No hay la menor duda de que
la policía provincial quiera acabar con él, el testigo. Pero antes debe resolver
el “pequeño” problema de los otros sobrevivientes, buscados con encarnizamiento.
Si puede capturarlos a todos, volverá a ejecutarlos, tomando mayores
precauciones... Pero si uno solo escapa a la red, será inútil eliminar a los
demás.
Livraga ya no resiste, ya no
protesta. Cuando esa noche lo ponen en una camilla y una enfermera le dice
llorando: “Pibe, te llevan”, ya está vencido. Tanto penar para morirse uno.
Lo sacan tapado con una sábana,
como a un muerto. Lo suben a un jeep y lo llevan.
*
En San Andrés, Giunta tomó un
colectivo que lo condujo a casa de su hermano, en Villa Martelli, donde
encontró refugio y desahogó sus nervios contando la increíble historia.
Por la noche durmió en casa de
los padres, y el lunes 11 de junio acudió a su trabajo. Pensaba que su odisea
había terminado. Cuando esa tarde volvió a Florida, sin embargo, su mujer le
informó que había pasado la policía a buscarlo. Ella les dijo que estaba en
casa de sus padres.
Giunta, que hasta ese momento
se había portado con toda lucidez, ahora comete una tontería. Quiere
presentarse a aclarar su situación. Fue a entregarse a la casa paterna. Sabía
que allí lo esperaban, y en efecto, no alcanzó a entrar porque lo detuvieron
antes.
Lo que ocurrió a partir de
entonces es todo un capítulo en la historia de nuestra barbarie.
Primero lo llevaron a la
seccional de Munro, y de ahí a la Unidad Regional. Lo encerraron con llave en
una especie de cocina. Con él entró un guardián armado que lo hizo sentar en un
rincón y lo estuvo apuntando interminablemente con una pistola.
–¡Si avanzas un paso, te
levanto la tapa de los sesos! –le informaba a intervalos regulares–. ¡Si
hablas, te levanto la tapa de los sesos! ¡Si haces un gesto, te levanto la tapa
de los sesos!
Su vocabulario era más bien
limitado, pero convincente. De a ratos, sin embargo, lo incitaba:
–Anda, movete, así te puedo
pegar un tiro.
El prisionero no ensayaba el
menor ademán. De tanto en tanto el otro parecía cansarse y enfundaba el arma.
Pero después volvía a su divertido juego. Lo empujaban deliberadamente a la
locura. En los cambios de guardia se producían conversaciones en voz baja,
calculadas para parecer secretas y al mismo tiempo para que el detenido
alcanzara a oírlas:
–Esta noche “sale”...
–murmuraba uno.
–¿Para dónde! –contestaba
otro con una risita.
–Dos veces no se salva ninguno.
No le daban de comer, salvo
algún sandwich, con intervalos de horas. Cuando quiso dormir, tuvo que
tenderse en las heladas baldosas. Gritos que llegaban de afuera le cortaban el
penoso sueño.
–¡Cuidaaado, que se escaaapa!
¡Cierren todas las ventanas!
Parece que lo incitaban a la
fuga. Al fin y al cabo no era tan difícil. No estaba en un verdadero calabozo.
Giunta no se dejó tentar.
Acaso lo incitaban al suicidio.
En una oportunidad lo pasaron a otro cuarto del primer piso, con ventanal al
patio.
–Y no se le ocurra escaparse
por ahí –le dijo un oficial, señalando la accesible ventana–. Porque si no se
mata del golpe... En fin, es una opinión.
Desde el primer momento
trataron de recuperar el recibo que le entregaron en la misma Unidad la
madrugada del 10. Cuando fracasaron las amenazas, apelaron a la seducción. Un
oficial joven trataba de persuadirlo con buenas razones:
–Mira, tu situación ya está
aclarada, pero necesitamos ese recibo. No haces más que entregarlo, y salís en
libertad.
Giunta negaba tenerlo, y decía
la verdad. Había quemado el recibo.
A los dos o tres días de su
encierro, fue a verlo Cuello, el segundo jefe de la Unidad, que realizara una
vaga tentativa por salvarlo del fusilamiento. Ahora no podía dar crédito a sus
ojos. Le parecía estar viendo un fantasma.
–Pero, ¿cómo hizo? –repetía–. ¿Cómo
hizo?
Giunta estaba tan descentrado,
a esa altura de las cosas, que trató de disculparse por haber huido. Explicó
que había sido una reacción instintiva, ésa de escapar a la muerte; que en
realidad, él no había querido... Sí, no había querido ofenderlos. Cuando el 17
de junio lo trasladaron a la comisaría 1a de San Martín, era una
ruina de hombre, al borde de la demencia.
29.
UN MUERTO PIDE ASILO
¿Había muerto Benavídez? Sus
amigos, basados en el relato de Troxler, tenían esperanzas de encontrarlo con
vida. En la mañana del 12 de junio tales esperanzas se derrumbaron.
Todos los diarios publicaban un
comunicado del gobierno con la lista oficial de “fusilados en la zona de San
Martín”. Y en ella aparecía Reinaldo Benavídez.
El más asombrado debió ser él
mismo, puesto que se había salvado...*
Y sin embargo, la explicación
era muy simple. Hay que buscarla en la ciega irresponsabilidad con que se
procedió desde el principio hasta el fin en esa operación clandestina
calificada de fusilamiento.
Basta la simple lectura de la
lista de ejecutados en San Martín para comprender que el gobierno no tenía la
menor idea de quiénes eran sus víctimas.
A Benavídez, que gozaba de
perfecta salud tras huir del basural de José León Suárez, lo daban por muerto.
A Brión, en cambio, que había caído, no lo mencionaban en absoluto. A Lizaso lo
llamaban “Crizaso”; a Garibotti, “Garibotto”.
Parece mentira que se puedan
cometer tantos errores en una lista de apenas cinco nombres, que además
correspondían a cinco personas oficialmente ajusticiadas por el gobierno.
Lo curioso es que ninguno de
estos macabros errores ha sido rectificado, aun después de que yo los
denunciara. Oficialmente, pues, Benavídez sigue estando muerto. Oficialmente,
el gobierno nunca ha tenido nada que ver con Mario Brión.
Pero el 4 de noviembre de 1956,
los diarios informaban que el día anterior se había exiliado en Bolivia
Reinaldo Benavídez.
Sí, el mismo.
El “muerto”.
*
A los familiares de las
víctimas no se les ahorró molestia, vejación ni incertidumbre alguna.
Un hermano de Lizaso, que por
versiones sospechaba su trágico fin, estuvo ambulando de comisaría en comisaría
en busca de noticias concretas. A las siete de la mañana del 12 de junio,
cuando ya había salido en los diarios la noticia –adelantada el 11 a la noche
por Radio Mitre– fue a la Unidad Regional San Martín. Allí tuvieron el
sangriento cinismo de decirle que no
conocían a Carlitos y mandarlo, en una
búsqueda que de antemano sabían
*...del lugar de los hechos, se
dirigió hacia el noroeste y luego de recorrer unos 500 metros, se apersonó a un
colectivero que tiene su parada en esa zona, solicitándole dinero, ascendiendo
al vehículo del mismo ...” Declaración de Troxler y Benavídez, fechada en La
Paz, Bolivia, el 9 de mayo de 1957, dirigida al autor de este libro.
estéril, a la Brigada de
Investigaciones. De ahí lo remitieron al Distrito Militar. De ahí a Campo de
Mayo, donde lo atendió el Jefe del Acantonamiento:
–Lo único que puedo asegurarle
–le informó– es que aquí no se ha fusilado a ningún civil.
Fue a la segunda de Florida,
luego al ministerio de Ejército. Nadie sabía nada. En la Casa de Gobierno, el
general Quaranta se negó a atenderlo. Por fin se compadeció de él un oficial de
Aeronáutica, el comandante Vales Garbo, que con un par de fulmíneas
órdenes telefónicas consiguió que los esbirros
policiales renunciaran al inocente placer que se estaban proporcionando.
*
En Florida, el 11 por la noche,
una comisión policial fue a la casa de Vicente Rodríguez a retirar la libreta
de enrolamiento del portuario asesinado. Su esposa, que ignoraba todo aún,
recibió el 12 una citación de la Unidad, para el día siguiente.
En la Unidad Regional la
hicieron esperar una hora antes de que la atendiera un oficial. Ella no había
leído los diarios. Volvió a preguntar por el marido, si estaba preso... El
oficial la miró entonces de arriba abajo.
–¿Usted es analfabeta?
–preguntó despectivamente. Conste aquí. Consten las ventajas que da el alfabeto
para martirizar a una pobre mujer.
–Hubo muchos fusilados –remató
el instruido oficial–. Entre ellos, su esposo.
La condujeron en una camioneta
al policlínico San Martín. Allí estaba el cadáver de Vicente. Preguntó si
podía llevárselo para velarlo. Le dijeron que no.
–Vuelva con el cajón. Y de aquí
derecho al cementerio. Ah, y tiene que ser antes del viernes. Si no, no lo
encuentra. Volvió con el ataúd. Y fueron derecho al cementerio. Con custodia.
Sólo cuando cayó el último terrón, se retiró el último policía.
*
En Boulogne, donde vivían
Carranza y Garibotti, el trámite fue similar, aunque con una curiosa variante.
El encargado de retirar las libretas de enrolamiento fue un hombre alto, corpulento,
moreno, de bigotes, voz ronca y pastosa. Vestía pantalones claros y
chaquetilla corta, color verde oliva: el uniforme del Ejército Argentino.
Ya no empuñaba una pistola 45
en la mano derecha.
Bajó de un jeep a las 19 del
lunes 11 frente a la casa de Garibotti.
–Vengo a buscar la libreta de
su esposo –dijo a Florinda Allende, sin presentarse.
–Aquí no está –repuso ella.
–Búsquela. Tiene que estar.
Y entró en la casa.
Un hijo del ferroviario, Raúl
Alberto (13 años), estaba sentado en la cerca.
–¿Vos sos hijo de Garibotti?
–le preguntó el chófer del jeep.
–Sí.
–¿Ése que mataron?
El muchacho no sabía nada...
La libreta del muerto no
apareció y el hombre alto y corpulento cruzó la calle y golpeó a la casa de
Carranza. Berta Figueroa ignoraba todavía la suerte de su marido y el paradero
de la libreta.
–Yo no sé nada –dijo–. La tiene
que tener él.
–Búsquela, señora, que acá
está, porque él dice que está acá –insistió el funcionario
militar-policial.
Berta lo hizo entrar y fue en
busca del documento.
Fernández Suárez se quedó
mirando el gran retrato de Nicolás Carranza que colgaba de la pared.
A su alrededor, los chicos lo
observaban tímidamente, con sus grandes ojos llenos de curiosidad.
–¿Ése era tu papá? –preguntó a
Elena “el señor alto” por orden de quien la pequeña, aunque lo ignorase, ya no
tenía papá.
–Sí –repuso.
–¿Cuántos hermanitos son?
–Seis –contestó la niña.
–¿Y vos sos la mayor?
–Sí.
En ese momento volvía Berta
Figueroa con la libreta.
–¿Está preso mi marido? –se
atrevió, angustiada, a preguntar.
–No sé, señora –contestó
apresuradamente el jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires–. No sé
nada.
Y agregó desde el jeep, con voz
más ronca que antes:
–La libreta la piden de La
Plata. Es por un trámite.
*
La tarde del 10 de junio un
hombre joven, hondamente preocupado, caminaba hacia la calle Franklin, de
Florida. En el trayecto lo paró una mujer, a quien no conocía.
–¿Usted es algo de Brión? –le
preguntó.
–Hermano –repuso.
–Quédese tranquilo –dijo ella
entonces–. Horacio y Mario están bien.
Y antes que él pudiese
preguntar más, la desconocida se marchó apresuradamente.
Era una noticia, la primera,
desde la desaparición de Mario la noche antes. Los hechos posteriores se
encargarían de desmentirla, pero el misterioso incidente iba a despertar –aun
frente a la evidencia– las más crueles e irracionales esperanzas.
Un cuñado de Mario no tardó en
averiguar que lo habían detenido y fue a la Unidad Regional a preguntar por él.
Allí –según una versión indirecta– habría ocurrido un singular episodio.
–¿Cómo era su cuñado? –preguntó
el oficial de guardia.
–Era... –comenzó el pariente de
Mario, y clavando de golpe la mirada en su interlocutor exclamó asombrado–:
Vea, era igual a usted...
Ante esas inesperadas palabras,
parece que el oficial fue víctima de una crisis de nervios y rompió a llorar.
El cadáver de Mario estaba en
el policlínico San Martín y de allí fue a retirarlo su padre. Apenas se lo
dejaron ver unos segundos. De un golpe replegaron la sábana que lo cubría, de
otro golpe volvieron a taparlo.
Meses más tarde, don Manuel
Brión recibió una misteriosa llamada telefónica.
–¿Usted es el padre de Mario?
–preguntó una voz.
–Sí...
–Quiero hablarle de su hijo.
–¿Quién es usted?
–Soy un marinero. Acabo de
volver del sur. Lo espero esta noche junto al paredón de la Escuela de
Mecánica...
Mencionó la hora y el lugar
exacto. Un temor innombrable impidió al anciano acudir a la cita. Pero desde
entonces empezó a dudar de lo que había visto en la morgue del policlínico, y
sólo las palabras, que ya hemos citado, del sereno del depósito, lo confirmaron
en la cruel realidad.*
30.
LA GUERRILLA DE LOS TELEGRAMAS
Entretanto, se estaba librando
una sorda batalla por la vida de Juan Carlos Livraga.
Del policlínico un jeep
conducido por el comisario inspector Torres lo lleva a la comisaría 1a
de Moreno, donde lo arrojan desnudo a un calabozo, sin asistencia médica y sin
alimentos. No le dan entrada en los libros. ¿Para qué? Probablemente están
esperando capturar a los otros fugitivos para volver a fusilarlo con más
tranquilidad. O quieren que se muera solo.
Pero sus familiares no se
quedan quietos. Uno de ellos consigue llegar hasta el coronel Arribau. Hay
fuertes indicios de que la mediación de este militar impide que se vuelva a
ejecutar la pena. Don Pedro Livraga, por su parte, apela directamente a la Casa
Rosada. El 11 de junio a las 19 horas, despacha desde Florida el siguiente
telegrama colacionado, recibido a las 19.15 horas y dirigido al Excelentísimo
Señor Presidente de la Nación, General Pedro Eugenio Aramburu, Casa de Gobierno,
Buenos Aires:
EN MI
CARÁCTER PADRE JUAN CARLOS LIVRAGA FUSILADO MADRUGADA DÍA 10 SOBRE RUTA OCHO
PERO QUE SOBREVIVIÓ SIENDO POSTERIORMENTE ASISTIDO POLICLÍNICO SAN MARTIN DE
DONDE FUERA RETIRADO DOMINGO ALREDEDOR 20 HORAS DESCONOCIENDO NUEVO PARADERO
RUEGO ANSIOSAMENTE SU HUMANA INTERVENCIÓN PARA EVITAR SEA NUEVAMENTE
AJUSTICIADO ASEGURÁNDOLE SE TRATA CONFUSIÓN PUES ES AJENO A TODO MOVIMIENTO.
COLACIÓNESE. PEDRO LIVRAGA.
* El asesinato de Mario Brión
fue denunciado por primera vez por mí en “Revolución Nacional” del 19 de
febrero de 1957. Esa denuncia me puso en contacto con sus familiares, que aún
se resistían a creer en lo irreparable. Las averiguaciones realizadas,
infortunadamente, confirmaron su muerte.
La respuesta no tarda en
llegar. Es el telegrama N° 1185, despachado de Casa de Gobierno el 12 de junio
de 1956 a las 13.23 horas, recibido a las 20.37 horas, y dirigido a don Pedro
Livraga, Florida, que dice:
REFERENTE
TELEGRAMA FECHA 11 INFORMO SU HIJO JUAN CARLOS FUE HERIDO DURANTE TIROTEO
ESCAPADO POSTERIORMENTE FUE DETENIDO Y SE ENCUENTRA ALOJADO COMISARIA MORENO.
JEFE CASA MILITAR.
Los familiares de Juan Carlos
vuelan a la comisaría de Moreno. Y allí se repite la vieja artimaña policial.
Juan Carlos –aseguran los mismos empleados que acaban de verlo tirado en un
calabozo– no ha estado nunca allí. Es inútil que don Pedro Livraga muestre el
telegrama de la presidencia: Juan Carlos no está. Ellos no lo conocen. Y hasta
ponen un aire profesional de inocencia en lo que dicen. Más tarde, frente al
juez, el comisario dirá que nadie fue a visitarlo...
Su familia remueve cielo y
tierra. Estérilmente. El muchacho no aparece y ya nadie tiene noticias suyas.
Con el lento paso de los días, don Pedro se va haciendo a la dura idea. En
Florida todos dan por muerto a su hijo.
Pero Juan Carlos no ha muerto.
Sobrevive prodigiosamente a sus heridas infectadas, a sus dolores atroces, al
hambre, al frío, en la húmeda mazmorra de Moreno. Por las noches delira. En
realidad ya no existen noches y días para él. Todo es un resplandor incierto
donde se mueven los fantasmas de la fiebre que a menudo asumen las formas
indelebles del pelotón. Cuando acaso por piedad le dejan a la puerta las sobras
del rancho, y se arrastra como un animalito hacia ellas, comprueba que no puede
comer, que su destrozada dentadura guarda todavía lacerantes posibilidades de
dolor dentro de esa masa informe y embotada que es su rostro.
Y así pasan los días. La venda
que le pusieron en el hospital se va pudriendo, sola se cae a pedacitos
infectos. Juan Carlos Livraga es el Leproso de la Revolución Libertadora.
Nada tendríamos que decir en
defensa del entonces comisario de Moreno, Gregorio de Paula. Es inútil que un
hombre pretenda escudarse en “órdenes superiores” cuando esas órdenes incluyen
el asesinato lento de otro hombre inerme e inocente. Pero un resto de piedad
debía quedarle esa noche en que llegó al calabozo trayendo con la punta de los
dedos una manta usada hasta entonces para abrigar al perro de la comisaría, la
dejó caer sobre Livraga y le dijo:
–Esto no se puede, pibe... Hay
órdenes de arriba. Pero te la traigo de contrabando.
Bajo esa manta, Juan Carlos
Livraga quedó extrañamente hermanado con el animal que antes cobijara. Era, más
que nunca, el perro leproso de la Revolución Libertadora.
*
En su calabozo de la comisaría
1a de San Martín, Giunta escucha una risa larga, que parece venir de
lejos, rueda por los pasillos y galerías y de pronto estalla a su lado. Es él
mismo quien se ríe. Él, Miguel Ángel Giunta. Lo comprueba al llevarse la mano
a la boca y sofocar el flujo histérico de la risa que le brota inadvertido de
adentro.
Más de una vez ha tenido que
reprimirse de este modo, razonar, decirse en voz alta:
–Quieto. Soy yo. No tengo que
dejarme llevar...
Pero luego el torbellino lo
arrastra nuevamente. Habla solo, ríe, llora, divaga y explica, y vuelve a caer
en el pozo del terror donde está la silueta de Rodríguez Moreno, alta contra
los eucaliptus nocturnos, en la mano una pistola que brilla fríamente, y
hombres que retroceden, uno, dos, tres pasos, para hacer puntería con los
fusiles. Y luego el zumbido inolvidable y perverso de las balas, el tropel de
los fugitivos, el ¡plop! de un proyectil al penetrar en la carne y el ¡ahhh!
desgarrado que suelta un hombre al caer en plena carrera, dos pasos detrás de
él Giunta sacude la cabeza entre las manos y murmura:
–Soy yo, estoy bien, soy yo...
Pero cada rumor que escucha en
los pasillos renueva su agonía. “Vienen a llevarme”, piensa. “Ahora me fusilan
de nuevo.”
El sueño, por fin, lo redime.
Hace un frío agudo, mas de algún modo logra dormirse en la cucheta de madera
sin cobijas. A medianoche lo despierta el grito de los torturados, a quienes
les “están dando máquina”.
De él, sin embargo, nadie se
ocupa. Ni siquiera le hablan. En los ocho días que permanece en el calabozo, no
le llevan un solo plato de comida ni un vaso de agua. Son los presos comunes,
que salen a dar el paseo reglamentario, quienes lo salvan de la muerte por
hambre. A través de la mirilla de la celda le tiran mendrugos de pan y sobras
de alimentos que el prisionero recoge ávidamente del suelo. Para mitigar su
sed, discurren un procedimiento de emergencia. Introducen por el agujero el
pico de una pava y el sobreviviente bebe a tientas el chorro de agua que cae.
Sus familiares, entretanto,
carecen de noticias suyas. La policía practica con ellos el divertido juego de
la gallina ciega. De la Unidad Regional los mandan a la cárcel de Caseros, de
Caseros al penal de Olmos, de Olmos a la Jefatura de La Plata, de La Plata a la
comisaría de Villa Ballester, de Villa Ballester a la Unidad Regional San
Martín... es una semana de angustia, hasta que finalmente averiguan la verdad:
Miguel Ángel está en la 1a de San Martín.
Acuden a verlo, pero sólo al
día siguiente les será permitido. Y llegarán a tiempo –su esposa, su anciano
padre, su primo, su cuñado– para presenciar una lastimosa escena. Apenas han
tenido tiempo de abrazarlo, cuando ya se lo llevan. Y lo sacan a la vía
pública, con escolta armada y engrillado, rumbo a la estación ferroviaria. De
nada sirven las súplicas de los suyos, buena gente burguesa para quien la sola
idea de caminar esposado por las calles es peor que la muerte. Allá va el
extraño grupo, a las doce del día, por las arterias céntricas de la ciudad de
San Martín: el “temible” preso, los armados esbirros y los llorosos familiares
que los siguen. La gente contempla asombrada este espectáculo.
Flaco, barbudo, con mirada de
extraviado, espectro de sí mismo, Miguel Ángel Giunta ingresó al penal de Olmos
el 25 de junio. Allí la vida empezaría a cambiar para él.
31.
LO DEMÁS ES SILENCIO...
El telegrama dirigido a don
Pedro Livraga, Florida, decía:
ESTADO
DE SALUD DE SU HIJO BIEN EN OLMOS LA PLATA. PUEDE VISITARSE DÍA VIERNES DÍA
VIERNES 9 A 11 O DE 13 A 17 HS. SOLO PADRES, HIJOS O HERMANOS MUNIDOS DE SUS
CORRESPONDIENTES DOCUMENTOS DE IDENTIDAD. CNEL. VÍCTOR ARRIBAU.
Llevaba el número 110, había
sido despachado de Casa de Gobierno a las 19.30 horas y recibido a las 20.37.
Era el lunes 2 de julio de 1956.
Juan Carlos aún estaba en
Moreno. Pero es evidente que ya los hilos de su vida pasaban por la Casa Rosada
y no por la Jefatura de La Plata. El martes 3 lo trasladaron a Olmos. Y sus
padres –que lo daban por muerto– descontaron ansiosamente los días que
faltaban hasta el viernes.
Por fin lo vieron. Les costó
trabajo reconocerlo: había rebajado diez kilos, los vendajes le borraban la
cara. Desde su llegada al penal, sin embargo, se le brindaba un trato humano y
adecuada atención médica. En realidad ya había mejorado bastante en esos pocos
días.
Giunta también se recuperaba de
su postración nerviosa. Al principio había sufrido mucho el contacto de los
presos comunes. Decidió entonces hablar con el director del penal y contarle
su extraña odisea. El director –un hombre bondadoso, que más tarde fue reemplazado–
se quedó pensativo.
–Muchos han traído historias
como ésa –repuso al fin–. Pero no siempre son ciertas. Si lo que usted dice es
verdad, veremos lo que se puede hacer...
Ordenó su traslado al pabellón
de políticos. Allí Giunta se sintió mejor. Los presos eran militantes
comunistas y nacionalistas, dirigentes obreros, hasta algún periodista, y con
ellos por lo menos se podía hablar, aunque a él no le interesaban las
controversias políticas y sindicales.
Después llegó Livraga. Giunta
no lo recordaba. Juan Carlos, en cambio, conservaba de él una imagen nítida.
La experiencia común los acercó. Al principio Livraga había preferido
permanecer entre los delincuentes comunes: aún temía por su vida, y pensaba que
allí pasaba más inadvertido. Después sus aprensiones disminuyeron y pidió pasar
al otro pabellón.
Entre los presos circulaba con
insistencia el nombre de un letrado platense: el doctor von Kotsch. Se citaban
casos de detenidos puestos en libertad merced a su intervención. El doctor
Máximo von Kotsch, abogado de 32 años, con activa militancia en el radicalismo
intransigente, dedicaba en efecto su notorio dinamismo a la defensa de presos
gremiales. Entre ellos, los numerosos petroleros torturados por la policía
bonaerense. Giunta y Livraga pidieron hablar con él, y el doctor von Kotsch
escuchó con asombro el relato de lo sucedido aquella madrugada del 10 de junio
en las afueras de José León Suárez. En el acto asumió la defensa de los dos
sobrevivientes, y vista la falta de proceso judicial –estaban a disposición del
Poder Ejecutivo– y de causas reales que justificaran su encarcelamiento,
solicitó que fueran puestos en libertad.
La noche del 16 de agosto de
1956, los presos del pabellón político se disponían a acostarse, cuando la voz
de un guardián reclamó:
–¡Población, silencio! –y
luego–: Los que yo vaya nombrando, pasen con todo.
Un estremecimiento corrió por
el pabellón. Algunos iban a salir en libertad, otros se quedarían. Todos
escuchaban con avidez, mientras los que eran nombrados recogían febrilmente
sus cosas.
–...Miguel Ángel Giunta...
–recitaba el guardián–, Juan Carlos Livraga...
Eran los dos últimos de la
lista. Se miraron incrédulos. Se abrazaron. Después se les ocurrió
simultáneamente la misma idea. A lo mejor era una trampa para matarlos. Pero a
la salida del pabellón apoyado en una columna, los esperaba el doctor von
Kotsch. Sonreía. Giunta dice que nunca olvidará ese momento.
Esa misma noche el abogado los
llevó a la jefatura de Policía de La Plata para visar sus órdenes de excarcelación.
En la de Giunta, en el rubro “Causa”, había una expresiva línea de guiones
escritos a máquina.
Sin causa, en efecto, se había
pretendido fusilarlo. Sin causa, se lo había torturado moralmente hasta los
límites de la resistencia humana. Sin causa, se lo había condenado al hambre
y la sed. Sin causa, se lo había engrillado y esposado. Y ahora, sin causa, en
virtud de un simple decreto que llevaba el N° 14.975, se lo restituía al mundo.
*
Giunta y Livraga debían su
libertad y aun su vida –amén de los esfuerzos del doctor von Kotsch– a una
circunstancia fortuita. No eran, como ellos creían, los únicos testigos sobrevivientes
de la “Operación Masacre”. La policía bonaerense había tratado de capturar a
los demás fugitivos y recuperar las pruebas, sobre todo los recibos expedidos
por la Unidad Regional San Martín, logrado eso, es probable que todo, personas
y cosas, hubieran desaparecido en una final y silenciosa hecatombe. Pero la
tentativa había fracasado y la “Operación Masacre”, aun eliminando a Giunta y
Livraga, iba a ser ampliamente conocida aquí y en el extranjero.
Gavino se había asilado en la
embajada de Bolivia antes de que se apagaran los ecos de los últimos
fusilamientos. Cuando viajó a aquel país, llevaba consigo el recibo.
Julio Troxler y Reinaldo
Benavídez tampoco pudieron ser detenidos. A mediados de octubre se refugiaron
en la misma embajada y el 3 de noviembre un avión los condujo a La Paz. El 17
de octubre, un hombre alto y moreno llegaba caminando tranquilamente a la
entrada de la sede diplomática, en la calle Corrientes al 500. En el acto dos
pesquisas de civil se lanzaron sobre él y alcanzaron a manotearlo. Pero ya era
tarde: Juan Carlos Torres, el inquilino del departamento del fondo, acababa
de sustraerse a Fernández Suárez y pisaba suelo extranjero. En junio de 1957,
también viajó a Bolivia.
Don Horacio di Chiano estuvo
cuatro meses oculto antes de volver temerosamente a su casa de Florida. La
experiencia de terror había dejado hondas huellas en él. Habían querido
matarlo a mansalva. Durante interminables segundos, había esperado bajo los
faros de la camioneta policial el tiro de gracia que no llegó. Sin haber
cometido ningún delito, estaba prófugo. Había perdido su empleo, después de
diecisiete años de servicio y ahora estaba dilapidando sus ahorros en el sostén
de su familia. Él nunca comprenderá nada de lo ocurrido.
Livraga y Giunta volvieron a
trabajar. El primero como albañil, ayudando a su padre; el segundo en su viejo
empleo.
El sargento Díaz no escapó del
todo a la furia desencadenada aquella noche de junio. Estuvo largos meses
preso en Olmos.
En los cementerios de Boulogne,
San Martín, Olivos, Chacarita, modestas cruces recuerdan a los caídos: Nicolás
Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez, Carlos Lizaso, Mario Brión.
En Montevideo, poco tiempo
después de conocer la noticia, había muerto don Pedro Lizaso, el padre de
Carlitos. En sus últimos días le oyeron repetir incesantemente:
–Yo tengo la culpa... Yo tengo
la culpa.. .
A fines de 1956, Vicente Damián
Rodríguez hubiera sido padre de su cuarto hijo. Su mujer, desesperada y roída
por la miseria, se resignó a perderlo.
Dieciséis huérfanos dejó la
masacre: seis de Carranza, seis de Garibotti, tres de Rodríguez, uno de Brión.
Esas criaturas en su mayor parte prometidas a la pobreza y el resentimiento,
sabrán algún día –saben ya– que la Argentina libertadora y democrática de
junio de 1956 no tuvo nada que envidiar al infierno nazi.
Ése es el saldo.
Pero lo que a mi juicio
simboliza mejor que nada la irresponsabilidad, la ceguera, el oprobio de la
“Operación Masacre” es un pedacito de papel. Un rectángulo de papel oficial de
25 centímetros de alto por 15 de ancho. Tiene fecha varios meses posterior al 9
de junio de 1956 y está expedido, después del trámite previo en todas las
policías provinciales, incluso la bonaerense, a nombre de Miguel Ángel Giunta,
el fusilado sobreviviente. Sobre el fondo de un escudo celeste y blanco,
constan su nombre y el número de su cédula de identidad. Arriba dice:
República Argentina - Ministerio del Interior - Policía Federal. Y luego, en
letras más grandes, cuatro palabras: “Certificado de Buena Conducta”.